Si probáis a enseñar a un cachorrito a dar la pata cuando se la pidáis, seguramente no os cueste mucho trabajo. Otra cosa es que intentéis hacerlo con un perro mayor. Probablemente lo más que consigáis al tenderle la mano sea que apoye en ella el hocico y os mire con cara de preguntarse qué demonios quieres que haga. Eso es así, y no es algo que sólo ocurra en los perros. A las personas nos pasa igual, aprendemos con mucha más facilidad de pequeños que de mayores. Por eso se suele decir que los niños son esponjas de conocimiento, porque son mucho más rápidos que nosotros si se disponen a aprender un idioma, un instrumento musical o cualquier otra habilidad nueva.  Pasa algo parecido con la memoria. De pequeños éramos capaces de aprendernos la lista de Pokémons por orden alfabético, por tonalidades, agrupados en tipos, generaciones o lo que nos diera la gana. Y si de mayores intentamos memorizar una lista de diez cosas con un nombre más o menos complicado, lloramos desconsolados. Precisamente porque a los humanos nos pasa igual, existen muchos estudios acerca de nuestras capacidades cognitivas a través de los años, pero no pasa lo mismo con los perros. Por eso, Lisa Wallis y Friederike Range, del Instituto de Investigación Messerli, de Viena, han realizado un estudio de este tipo en el que los canes son los protagonistas.

¿Cómo empezaron el estudio?

Para la realización del estudio, estos investigadores tomaron 85 perros de la raza Border Collie, con edades que oscilaban entre los cinco meses y los trece años.  La elección de la raza no fue al azar, pues estos perros son conocidos por aprender muy rápido, razón por la cual se les suele entrenar como perros pastores.

Una vez separados por edades, se les sometió a una serie de pruebas que evaluaban el aprendizaje, el razonamiento lógico y la memoria.

Resultados

La primera de estas pruebas consistía en mostrarles en una pantalla táctil una serie de ocho cuadrados, al pulsar cuatro de los cuáles se les daba una recompensa. Se comprobó que los perros jóvenes aprendían mucho antes qué cuadros tenían premio, mientras que los mayores necesitaban más tiempo para lograrlo. Esto no sólo demuestra un aprendizaje más lento, sino que también se traduce en una mente menos flexible para cambiar hábitos. A los humanos nos pasa lo mismo. Si no me creéis, explicadle a un señor mayor que debería dejar su carajillo de por las mañanas, a ver qué caso os hace.

Esta menor flexibilidad, en cambio, resultó ser beneficiosa para los perros mayores en la prueba de razonamiento lógico. Ésta consistía en mostrarles sólo dos cuadros: uno nuevo y otro de los que no tenían recompensa en la prueba anterior. Por lo tanto, lo lógico sería que, como ya lo conocen y saben que “no es bueno”,  elijan el otro por eliminación. Los más jóvenes tardaron más en hacerlo, mientras que los mayores, más propicios a no cambiar los viejos hábitos, lo asociaron inmediatamente.

En cuanto a las pruebas de memoria, consistieron en mostrarles los mismos ocho cuadros que al principio, pero seis meses después. Curiosamente, no aparecieron diferencias significativas entre los perros más jóvenes y los mayores.

Por lo tanto, de este estudio se pueden extraer varias conclusiones. Por un lado, que el único problema causado por el deterioro cognitivo que muestran los perros mayores es el aprendizaje de cosas nuevas; aunque, todo sea dicho, al final aprenden, así que no desistáis en enseñar a dar la patita a vuestros perros mayores.  Por otro lado, que éste deterioro no impide que los perros de más edad eviten volver a cometer los mismos errores que en el pasado. Y es que, en los perros, como en los humanos, sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Vía: Science daily

Fuente: Springer