La educación formal y la presencia en el espacio público son derechos fundamentales prohibidos sistémicamente para el género femenino bajo el régimen talibán

La educación formal y la presencia en el espacio público son derechos fundamentales prohibidos sistémicamente para el género femenino bajo el régimen talibán Saifurahman Safi Gtres.

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El auge de las 'bacha posh' en Afganistán: niñas que fingen ser varones en busca de una libertad corta y peligrosa

Se cumplen cinco años de la llegada de los talibán al poder y la situación de la población femenina es crítica.

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Juanita Pérez
Publicada

Han pasado cinco años desde aquel fatídico 15 de agosto de 2021 cuando los talibán llegaron por segunda vez al poder. Durante este tiempo —y para sorpresa de nadie— la situación de las mujeres ha ido empeorando paulatinamente.

La grave cercenación de sus derechos y su invisibilidad forzosa ha sido calificada por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch como un auténtico apartheid de género cuyo objetivo es la erradicación sistemática de la población femenina en la vida pública.

Se les ha prohibido acceder a la educación secundaria y universitaria, se ha expulsado a la mayoría de sus trabajos, no se les permite acceder a parques, gimnasios…

No pueden viajar solas, ni siquiera pueden hablar o cantar fuera de sus hogares. Y, además, se ha establecido como obligatorio el burka o el niqab que las tapa completamente: una cárcel de tela de la que no pueden escapar.

Es en este escenario vuelve a emerger con fuerza una de las paradojas más profundas de la sociedad afgana: la práctica del bacha posh (vestida como un niño).

Ante la imposibilidad absoluta de que las mujeres trabajen o estudien, muchas familias recurren a esta tradición centenaria que permite camuflar a sus hijas como varones.

Una metamorfosis forzada que se convierte en la única llave para cruzar el umbral de casa, conseguir alimentos y rozar la libertad en un país donde tener los cromosomas XX es casi un delito.

La vida en Afganistán bajo el régimen talibán.

La vida en Afganistán bajo el régimen talibán. Semenova Maria Gtres.

En Afganistán, el nacimiento de una niña se considera históricamente como una herida en el patrimonio familiar. En su tejido social opera el código de honor llamado Pashtunwali y un patriarcado inflexible que reduce el valor de la mujer a su capacidad como gestante y a las labores domésticas.

Dentro de este contexto cultural, donde carecer de un hijo varón despoja a los hogares de estatus, herencia y seguridad económica, ellas quedan reducidas a la invisibilidad legal y social.

Y es en esta asfixia estructural donde nace esta figura. Analizamos el tema con dos voces afganas que conocen bien esta dura realidad. Una de ellas es la periodista Khadija Amin, que asegura: "Las niñas piensan que ser niño es un privilegio. Dicen que por qué han nacido niñas, que tendrían que haber sido niños para tener derechos".

El inicio

La transformación física de una bacha posh comienza aproximadamente a los siete años, con un ritual casero y silencioso. Se le corta el cabello, se sustituyen sus túnicas tradicionales por pantalones holgados y camisas de lino.

Esta metamorfosis les concede una ventana de libertades insólita: pueden jugar fútbol en la calle, correr sin la obligación de cubrirse el rostro y conseguir empleo en comercios.

El peligro al que se exponen estas niñas es una constante histórica.

"Es un riesgo muy grande. Si las pillan, es ilegal y muy peligroso. Hace unos meses detuvieron a una niña, Nuria, que trabajaba en un restaurante vestida de chico. Desapareció y todavía no se sabe dónde está", advierte Khadija Amin, escritora y activista afgana refugiada en España.

Para estas pequeñas, el espacio público se convierte en un teatro, donde aprenden a observar el lenguaje corporal de los hombres, a adoptar una postura rígida, a ocupar espacio físico en la calle en lugar de encogerse como se les exige.

Esta disociación diaria entre lo que ven en sus espejos dentro de casa y lo que proyectan fuera altera por completo las dinámicas del juego y el desarrollo natural de la niñez.

Una bacha posh no tiene tiempo para la inocencia; su infancia está condicionada por la necesidad de traer dinero al hogar al final de cada jornada laboral.

Una herencia arraigada

Esta práctica tiene dos vertientes muy marcadas que conviven dentro de la estructura familiar afgana. Por un lado, la herencia tradicional dicta que las familias compuestas exclusivamente por hijas pueden recurrir a esta transformación para sentir que tienen un hijo varón, mitigando ese estigma social de carecer de descendencia masculina.

Es un mecanismo para salvaguardar el orgullo y el estatus frente a la comunidad.

Mientras que la otra circunstancia que lleva a las familias a tomar esta decisión es garantizar la alimentación del hogar en un contexto de penuria económica extrema.

Esta dualidad demuestra que la estructura de dominación de género en el país precede a los regímenes actuales, estando incrustada en el tejido cultural de la región.

Niños asisten a una clase en un aula domiciliaria en la provincia de Khost, Afganistán, el 19 de agosto de 2024.

Niños asisten a una clase en un aula domiciliaria en la provincia de Khost, Afganistán, el 19 de agosto de 2024. Gtres.

Identidad infantil

Esta transición forzada plantea una encrucijada jurídica internacional que sitúa a la infancia de Afganistán en un limbo absoluto. Según UNICEF, la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada en 1989, es el tratado internacional más ratificado de la historia, debido a que reconoce explícitamente el derecho fundamental a la identidad en dos artículos.

El siete, exige la inscripción inmediata tras el nacimiento, el derecho a un nombre y a una nacionalidad, mientras que el ocho obliga al Estado a preservar dichos elementos y las relaciones familiares.

En Afganistán, el fenómeno de los bacha posh choca de frente con un sistema donde la existencia legal es un privilegio ausente.

"Sólo 4 de cada 10 niños menores de cinco años están registrados oficialmente en el país, lo que convierte al 60% restante en seres invisibles ante la ley", añade Rocío Gutiérrez, especialista de Programas Internacionales de UNICEF España.

Esto priva a los menores de su reconocimiento inmediato y de la protección jurídica elemental frente al daño y la explotación.

El anonimato registral bloquea el acceso a servicios públicos vitales como las campañas de vacunación, la atención sanitaria y la educación formal, exponiendo a las niñas a redes criminales.

Para un bacha posh, asumir una identidad masculina falsa en la calle agrava esta desconexión legal.

La menor se disuelve en una doble invisibilidad: carece de un registro oficial como niña y opera bajo un perfil varonil que no existe en ningún documento legal, quedando completamente desprotegida ante el sistema.

UNICEF defiende de forma tajante que todos los niños y niñas deben tener garantizados sus derechos fundamentales en todo momento y lugar, sin importar su condición o género.

Sin embargo, en el territorio afgano, el acceso a la movilidad, a la educación básica o a la simple vida pública depende por completo de un género percibido y fingido, no de la realidad biológica de la menor.

Una niña solamente puede ostentar derechos humanos básicos si camina disfrazada de hombre, una distorsión que transforma los derechos universales en prebendas exclusivas asociadas al rol masculino.

Fotografía de archivo de niñas afganas en una clase en un centro de educación básica en la capital de Afganistán, Kabul

Fotografía de archivo de niñas afganas en una clase en un centro de educación básica en la capital de Afganistán, Kabul Saifurahman Safi Europa Press.

Estrategia de supervivencia

La realidad clínica e histórica demuestra que el motor de esta práctica no es un conflicto con la identidad biológica de origen, sino una respuesta adaptativa extrema frente a un entorno legal y social que imposibilita el desarrollo de la mujer.

"En muchos casos, la psique de una niña que enfrenta este tipo de sucesos experimenta una conmoción mental y emocional, desarrollando mecanismos de defensa para gestionar la contradicción", explica Mirley García Ortiz, psicóloga especialista en Pedagogía y Desarrollo Humano y experta en Trastornos Emocionales y Afectivos.

Las menores recurren a la disonancia cognitiva, una herramienta psicológica que les permite convivir con dos ideas contrapuestas en su cabeza: quiénes son realmente en la intimidad del hogar y qué rol masculino deben asumir de cara al exterior para garantizar la aceptación social y la subsistencia.

"En estos casos, no sería realmente una disforia de género, sino una estrategia psicológica adaptativa frente al contexto que la niña tuvo que vivir", detalla García Ortiz.

Cuando las pequeñas verbalizan el deseo de ser varones, no están rechazando su cuerpo de manera intrínseca sino exteriorizando una contradicción interna producida por un entorno segregador.

"Están expresando su deseo de libertad; la libertad se convierte en algo tan valioso y significativo que puede llevar a la persona a repensar su género, no por un deseo real, sino por su anhelo de experimentar la libertad", argumenta la psicóloga.

El cerebro infantil de un bacha posh realiza una ecuación lógica muy simple pero devastadora para su salud mental: el cuerpo de mujer equivale a opresión y encierro, mientras que el masculino equivale a movimiento, respeto y comida.

Ante esta dicotomía, la mente de la niña abraza el rol masculino no por una convicción interna sobre su identidad sexual, sino como un escudo protector. Las actitudes de chico y los pantalones son, en realidad, un uniforme de supervivencia.

La identidad original queda congelada en un rincón oscuro de la mente, oculta bajo capas de ropa y expectativas sociales que aprenden a ejecutar con una precisión asombrosa.

Esta oscilación constante entre el privilegio masculino fuera de casa y la complicidad del secreto dentro del hogar impide la consolidación de un autoconcepto estable, sembrando las semillas de una crisis de identidad profunda que estallará de manera inevitable en los años venideros.

Wahida, una afgana de 14 años, estudiando en su casa tras quedar fuera de la escuela por ley.

Wahida, una afgana de 14 años, estudiando en su casa tras quedar fuera de la escuela por ley. MUZAMEL AZIZI UNICEF.

Demolición de oportunidades

La crisis humanitaria en Afganistán mantiene dimensiones catastróficas que golpean con especial saña a los hogares con menores a su cargo. Los datos de UNICEF son contundentes: más de 11 millones de niños y niñas afganos necesitan ayuda humanitaria urgente para sobrevivir.

Las restricciones continuas en el acceso al empleo y la educación para ellas empeoran estas métricas día tras día, recortando de raíz las oportunidades de subsistencia de las familias y empujándolas a utilizar a sus hijas bajo el rol de bacha posh como el único sostén económico disponible.

"La situación para las niñas y adolescentes afganas en general es dramática en relación al cumplimiento de sus derechos", expone Rocío Gutiérrez, especialista de Programas Internacionales de UNICEF España.

En los últimos años, desde el regreso del régimen talibán más de un millón han visto prohibido por completo su derecho a asistir a la escuela, aprender y formarse.

Esta exclusión del sistema de enseñanza destruye cualquier oportunidad de desarrollo individual y las condena al analfabetismo y a la dependencia de estructuras rígidamente patriarcales.

La falta de formación para las mujeres ha provocado una reducción del 9% en el número de profesoras en activo y ha generado una escasez crítica de trabajadoras sanitarias cualificadas en el territorio.

Esta ausencia de doctoras y matronas implica que las niñas y mujeres afganas dejan de recibir atención médica esencial, revisiones básicas y apoyo ginecológico. Por esto, la niña que trabaja vestida de varón sabe que al regresar a su identidad biológica entrará en un sistema sanitario desmantelado donde su salud carece de prioridad.

Una joven en su casa.

Una joven en su casa. Semenova Maria Gtres.

Regreso a la opresión

La experiencia de ser una bacha posh posee una fecha de caducidad biológica e ineludible: la llegada de la pubertad.

Entre los 12 y los 14 años, cuando los cambios físicos se vuelven imposibles de ocultar en una sociedad rígidamente segregada, la ficción debe terminar de golpe para proteger el honor de la familia y salvaguardar la integridad de la menor.

Con el fin de retrasar este momento, algunas familias vendan el pecho de las niñas con telas apretadas intentando estirar un par de años más la posibilidad de traer ingresos económicos a casa. Pero el proceso biológico es inexorable y el final siempre llega.

Las niñas experimentan una pérdida de estatus radical: de ser ciudadanos con derecho a transitar el espacio público, pasan a ser seres desprovistos de autonomía.

"Si la libertad que ella percibió es tan reforzante, agradable y significativa, puede generarle rechazo por las cualidades femeninas", advierte Mirley García Ortiz.

La transición forzada de vuelta al rol doméstico tradicional desmantela el autoconcepto construido durante la infancia. Esta involución súbita genera cuadros severos de frustración crónica, indefensión aprendida y desesperanza.

Las menores se ven obligadas a reaprender a caminar, a vestir prendas como el burka que restringen su movilidad y su campo de visión, y a asumir una posición de sumisión frente a los hombres de su entorno.

La descompresión psicológica que ocurre en este periodo de desmantelamiento de la identidad es traumática.

La niña que antes corría y gritaba en los mercados de abastos ahora debe aprender a bajar la mirada, a modular su voz para que no sea escuchada por extraños y a permanecer en silencio en las esquinas de la casa.

El choque cultural inverso que viven dentro de sus propias familias es brutal; de la noche a la mañana, la madre que la alentaba a ser fuerte y audaz en la calle le exige que sea sumisa, silenciosa.

Resistencia sobre el terreno

La respuesta humanitaria internacional opera en condiciones de extrema hostilidad en el territorio. Organizaciones como UNICEF mantienen presencia en Afganistán desde 1949, desplegando equipos humanos sobre el terreno que intentan reconstruir la red de protección de la infancia.

A pesar de estos esfuerzos institucionales, el vacío de futuro para las niñas que alcanzan la edad límite de la identidad artificial sigue siendo un muro insalvable.

"Prohibir que las niñas afganas vayan a la escuela priva a toda una nación de su potencial y condena a las niñas, a sus familias y a sus comunidades a la pobreza", remarca Rocío Gutiérrez.

La historia de las bacha posh es el grito desesperado de una infancia que prefiere borrar su propio nombre antes que renunciar a su derecho elemental a respirar en libertad.