Carmen Domingo, autora de 'La soledad fue el precio'.

Carmen Domingo, autora de 'La soledad fue el precio'. Esteban Palazuelos

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Carmen Domingo, sobre la mujer a la sombra de Suárez: "Ella rechazaba la etiqueta de 'musa de la Transición'"

En La soledad fue el precio, la autora se adentra en la trayectoria de Carmen Díez de Rivera, jefa de gabinete del presidente.

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Carmen Domingo es escritora y ensayista, especializada en el estudio y la recuperación de figuras femeninas relevantes en la historia reciente.

En su libro La soledad fue el precio, galardonado con el Premio Comillas 2026, reconstruye la figura de Carmen Díez de Rivera, conocida popularmente como la musa de la Transición. Fue, sin duda, una figura política clave en la democratización de España tras la dictadura franquista.

Perteneciente a la alta aristocracia e hija biológica de Ramón Serrano Suñer —aunque legalmente su padre era el marqués de Llanzol—, su vida personal estuvo marcada por una profunda tragedia juvenil al descubrir que el hombre con el que pretendía casarse era su medio hermano, hecho que la llevó a ingresar en un convento y dedicarse a causas sociales.

Tras licenciarse en Ciencias Políticas y trabajar en Radio Nacional de España, se convirtió en jefa del Gabinete Técnico de la Presidencia del Gobierno durante el mandato de Adolfo Suárez, desempeñando un papel determinante en la sombra para tender puentes con la oposición antifranquista y lograr la legalización del Partido Comunista de España en 1977.

Posteriormente, fue eurodiputada por el PSOE, destacando siempre por su independencia de criterio, su perfil vanguardista y su compromiso inquebrantable con la democracia.

A través de una investigación rigurosa y de numerosos testimonios, Domingo se adentra en su trayectoria política y personal para poner en valor su papel en un momento decisivo de la historia de España.

El ensayo combina el análisis histórico con una mirada cercana, con el objetivo de recuperar una figura que, pese a su importancia, no siempre ha sido reconocida como merece.

En primer lugar, enhorabuena por el premio. Imagino que habrá sido una doble satisfacción: por el galardón en sí y por dar visibilidad a una mujer poco conocida para la mayoría y a la que, quizá, no se le ha hecho la justicia que merece. ¿Cómo has vivido este reconocimiento?

Llevo muchos años trabajando en poner en valor la labor de las mujeres y, en este caso, al tratarse de una figura de nuestro pasado inmediato, me parecía de justicia hacerlo.

Se trata de alejarla de esa imagen vinculada a la prensa del corazón, que parece ser donde la hemos colocado, y situarla en la esfera de lo político, que es donde creo que debe estar. Tuvo un papel muy importante.

Nace en un entorno aristocrático muy vinculado al franquismo, pero su trayectoria vital y política va en otra dirección. ¿Cómo se construye esa distancia entre origen y elección?

Esa distancia, además de sus condicionantes personales, es bastante frecuente en mucha gente que orbita en la izquierda en esos años: personas que vienen de familias cercanas al franquismo y que evolucionan hacia la izquierda y, posteriormente, hacia una socialdemocracia. No es un caso extraordinario en ese sentido, aunque en Carmen sí hubo otros factores que la acercaron más a ese cambio.

La escritora, retratada para su entrevista con Magas.

La escritora, retratada para su entrevista con Magas. Esteban Palazuelos

Carmen ha sido recordada de forma fragmentaria, entre tópicos y anécdotas personales. Al enfrentarse a su vida en profundidad, ¿qué imagen te resultó más injusta o más alejada de quien realmente fue?

Lo que más injusto me pareció es que no se pusiera en valor la tenacidad laboral y el compromiso político, democrático y de Estado, que fue uno de los motores de toda su vida, y que es bastante meritorio, sobre todo en los tiempos en los que estamos viviendo.

Antes de incorporarse a la política española, pasa por ciudades como París o Oxford, y también en Costa de Marfil. ¿Qué mirada sobre el mundo trae de vuelta?

Una muy distinta a la que se había llevado. Nace en una familia aristocrática, en un entorno confortable, sin problemas y sin conocer la realidad que tiene alrededor. La llegada a África es para ella un revulsivo: descubre que lo suyo es algo muy concreto y poco frecuente frente a realidades mucho más duras.

Niños que no tienen zapatos, escuelas que no tienen recursos, poblados sin agua corriente. Y cuando regresa a España, se da cuenta de que esa España cerrada en la que había vivido no se corresponde con la realidad de la calle.

Cuando llega al entorno de Adolfo Suárez, coincide con un momento muy decisivo. ¿Qué papel empieza a desempeñar y cómo evoluciona dentro de ese núcleo?

Es un momento clave de la política española, lo que los historiadores han llamado el tardofranquismo. Ella entra como secretaria de Suárez cuando él está en RTVE. Su evolución junto a él es algo que probablemente ni ella misma esperaba.

Se va produciendo una relación de complementariedad: Suárez adquiere cada vez más peso político y ella empieza a ser consciente de todo lo que puede aportar, de conocimientos que otros en su entorno no tenían. Y ahí comienza a desempeñar un papel cada vez más relevante.

Mencionas también un episodio que puede parecer anecdótico —ese café con Santiago Carrillo— pero que tiene consecuencias políticas. ¿Qué papel juega ahí y en el proceso de legalización del Partido Comunista?

El encuentro con Carrillo en Barcelona es fundamental y se produce en un momento en el que se está decidiendo qué partidos deben legalizarse. Ni el Rey ni Suárez tenían claro que el PC se fuera a legalizar. De hecho, Suárez tranquiliza a militares y a la ultraderecha asegurando que, tal como estaban sus estatutos, no lo haría, aunque deja abierta la posibilidad de modificarlos para encajarlo después en la ley de asociaciones políticas.

En ese contexto, el gesto de Carmen es clave. No es una conversación discreta: es un café en un acto público, con fotógrafos. Esa imagen traslada el debate a la esfera pública y obliga a posicionarse. Es una puesta en escena muy medida para defender que sin la legalización del Partido Comunista sería muy difícil construir una democracia plena en España.

¿Qué habilidades tenía para moverse en ese entorno?

Tenía, en primer lugar, conocimiento. Un gran dominio de idiomas, por ejemplo. Pero también una enorme visión de futuro. No sé si llamarlo "armas políticas", pero sí una capacidad que otros no tenían: ver que lo que no se resolviera en el presente acabaría generando problemas diez años después.

No trabajaba en el corto plazo, como quizá ocurre ahora, donde muchas veces se busca el titular inmediato. Ella asumía que una decisión podía generar un mal titular en el momento, pero entendía que, si era la correcta, acabaría siendo un buen titular con el tiempo.

Además, se movía en un contexto especialmente complejo: la política de la Transición era un espacio profundamente masculinizado.

Carmen Domingo durante la entrevista.

Carmen Domingo durante la entrevista. Esteban Palazuelos

La política en general era un espacio muy masculinizado. ¿Cómo ha cambiado esa realidad desde entonces y qué papel tuvo Carmen en ese contexto?

No hemos cambiado mucho, por desgracia. Prejuicios hay todos. Y en su caso, además, tenía que enfrentarse a cosas tan absurdas como si era guapa o fea, como si eso la situara en un lugar u otro.

Si eres guapa, parece que no puedes ser seria, y eso es completamente absurdo. En política, el estereotipo era muy claro: se esperaba de las mujeres un papel secundario, sin opinar, decidir ni influir. Entonces, ese era el estereotipo de entonces, y si rompías ese estereotipo, o te pasaba factura, o no se te reconocía, o luego, 50 años después, te ponen sirviendo un café en una serie de televisión.

¿Tenía la etiqueta de musa?

Es profundamente desafortunada. Ella misma la rechazaba. Te sitúa en un lugar en el que no participas: no sirves café, pero te pintas los labios y te sientas en un chaise longue al anochecer, inspirando a los hombres, que son quienes supuestamente saben lo que hay que hacer y cómo hacerlo.

Tuvo un papel muy complicado, pero también muy interesante. No puedo imaginar esos diez meses en Moncloa, en el gabinete de presidencia de Suárez, porque cada día pasaba algo. Y no eran titulares como los de ahora, sino acontecimientos relevantes para lo que sería la España del futuro.

Ya en el gabinete de Suárez, con contactos internacionales como Kissinger o Willy Brandt, ¿esa inteligencia y esa capacidad que ya tenía se va desarrollando aún más?

Sí, y además hay un factor clave: hablaba idiomas, algo que en ese momento no era habitual en España. Tener a alguien cercano a los máximos dirigentes capaz de comunicarse en varios idiomas te conectaba con la realidad europea, en un país que venía de 40 años de aislamiento. Esa proyección exterior era fundamental.

Durante décadas fue objeto de rumores y bulos, como su supuesta vinculación con el KGB. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

No hay ninguna base. Existe documentación en archivos de la Guardia Civil que, afortunadamente, estaba desclasificada cuando hice la investigación del libro. Pude acceder a ella legalmente, sin necesidad de presionar a nadie.

Creo que esos rumores responden, en gran medida, a una inquina política. Muchos de los artículos de la prensa de la época coinciden casi exactamente con esos informes, lo que sugiere una transferencia de información entre órganos del Estado y medios afines a quienes querían mantener el régimen anterior.

En el fondo, era un intento de frenar o desacreditar una transición que abría paso a una democracia que les dejaba fuera del poder que habían ocupado durante décadas.

Carmen Domingo es escritora y ensayista.

Carmen Domingo es escritora y ensayista. Esteban Palazuelos

Tuvo también relación con personas como Cayetana de Alba o Francisco Umbral, y llama la atención lo poco discreto que fue con ciertas cosas que ella le contaba.

Con Cayetana mantuvo amistad durante toda su vida; es de las pocas relaciones que se mantuvieron estables. Carmen tenía etapas en las que sus vínculos cambiaban, como nos ocurre a todos, pero con Cayetana conservó una relación constante.

Con Francisco Umbral también mantuvo amistad desde que lo conoce —ya pasado su periodo con Suárez, en torno a 1978— hasta el final de sus días. Fue una relación, eso sí, que le provocó más dolor que satisfacciones.

Carmen tenía relaciones peculiares. Se rodeaba de perfiles muy concretos, probablemente porque se fiaba poco de la gente. Aun así, se acercó a personas como Umbral, el padre Llanos o Tierno Galván, y coincidió también con Willy Brandt. Muchos compartían orígenes familiares complejos o vidas personales difíciles.

Tanto su estancia en el convento como su paso por Menorca parecen responder a una necesidad de retirarse. ¿Qué buscaba en esos momentos?

Buscaba, sobre todo, no sentirse presionada ni agobiada. En el caso del convento, más que una búsqueda espiritual, probablemente respondía a una salida habitual para mujeres de su entorno: una forma de escapar de las presiones familiares.

Menorca, en cambio, fue un lugar donde realmente encontró un espacio propio. Allí podía estar cerca de la naturaleza, que le gustaba, y alejada de llamadas, informes y entrevistas. Necesitaba ese tiempo para desconectar.

No podemos olvidar que fue europarlamentaria y que defendió, por tanto, el feminismo y el ecologismo.

De hecho, fue pionera también en eso. Cuando nadie pensaba en cuestiones como la regulación del CO2, los plásticos o el vertido de residuos en mares y ríos, ella ya lo estaba planteando. Y le ocurría lo mismo que con el Partido Comunista: tenía una visión largoplacista, pensando en el beneficio colectivo y del Estado.

Ponía en práctica esa visión en un momento en el que, como ella misma decía, tenía que pelear muchas veces con su propio partido, el PSOE, y negociar incluso con otros grupos, como Izquierda Unida, para sacar adelante proyectos de ley con una perspectiva de 20 o 30 años.

El título, La soledad fue el precio es muy acertado. ¿Describe su biografía esa soledad como el precio que pagó por su protagonismo?

Mi biografía sí describe la soledad en ese sentido. No sé si ella lo entendió siempre así, aunque creo que sí.

El título lo planteé en presente: La soledad es el precio que pago. Más adelante, junto con la editorial, decidimos cambiarlo para dejarlo en pasado, con la esperanza de que la política no haga pagar a las mujeres el mismo precio que pagó ella.

Durante la investigación para preparar esta biografía, ¿hubo algo que te sorprendiera especialmente?

Sí, muchas cosas. Me sorprendió mucho el caso de Manglano, por ejemplo. Me dejó completamente impactada, no me lo esperaba en absoluto.

También me llamó mucho la atención que se comprara una iglesia. Es algo que, de primeras, sorprende mucho.

La escritora se hizo con el Premio Comillas 2026.

La escritora se hizo con el Premio Comillas 2026. Esteban Palazuelos

¿Una iglesia? ¿Con qué objetivo?

Para restaurarla… y después, vivir en ella.

¿Qué lección crees que deja para las mujeres, lideren o no?

No sabría dar una única lección. Pero, viendo su trayectoria y la de tantas otras mujeres, quizá lo fundamental es convencerse de que se puede. Que se puede estar y que se puede hacer, sin pedir permiso.

¿Cómo crees que fue el final de su vida? Después de una existencia tan intensa, marcada por el éxito y también por la soledad, ¿qué sentimiento pudo acompañarla?

No sé si en sus últimos días pensaba en eso o no, pero es probable que, durante su enfermedad, sintiera cierta injusticia y la sensación de que su trabajo no había sido suficientemente reconocido.

En el Parlamento Europeo sí llegó a sentirse valorada. A diferencia de lo que pudo ocurrir en España, donde no siempre percibió que lo que hacía tuviera sentido, en Europa encontró un espacio donde su trabajo era reconocido y útil.

De hecho, a partir de finales de los 70 se aleja de la política española, pero en Europa se siente en su lugar, con la sensación de poder aportar y generar impacto.

Fue una de las figuras más importantes de la Transición, si no la más importante, y sin embargo no se le reconoce lo suficiente. Pero eso no habla de ella, sino de nosotros.

¿Mereció la pena el precio que pagó?

A mí sí me lo hubiera parecido.

¿Y a ella?

Me gustaría pensar que también.