Beatrice en el estudio de Grisha.

Beatrice en el estudio de Grisha. Cedida Fondazione Santa Maddalena

Protagonistas

Baronesa y mecenas a los 100, Beatrice Monti Della Corte: "Me habitué a la gente que piensa. Ahora estamos adormilados"

Con motivo de la publicación de la autobiografía de Gregor von Rezzori, su viuda nos recibe en la sede de la Fundación Santa Maddalena, donde reside.

Más información: Giovanna Cicutto, comisaria de arte: "Lo digital es esencial. Ahora no hay tiempo de tener a diez personas esculpiendo"

Publicada

Uno llega a Beatrice Monti della Corte (Roma, 1926) con asombro. Su casa no tiene nombre. Ningún cartel señala el camino. Hay que tomar un desvío que sale de un pequeño pueblo del Valdarno, a unos 40 minutos de Florencia.

Pendiente de no tocar con los bajos del coche en los baches, cuando levantas la mirada, los olivos y cipreses se han convertido en robles, laureles y espinos blancos. Macetas de distintos tamaños flanquean un muro de piedra tupido con enredadera, mientras el camino continúa por barranqueras hasta el río Arno.

Una pequeña puerta da entrada a la cocina y un portón al jardín. En la casa hay cierta excitación. En pocos días llegarán unos 30 amigos de distintos países para celebrar los 100 años de la anfitriona. Jóvenes, maduros, de edades muy variadas.

“Soy extremadamente vieja. Estoy muy arrugada – dice Beatrice-, pero sigo haciendo cosas. Hay que seguir adelante. Si se tiene un poco de curiosidad por lo que va a pasar, siempre hay alguna sorpresa. Súbito, chuf", dice mientras ríe chasqueando los dedos.

Lo que en realidad causa asombro es ella, su vitalidad y el cosmos que ha creado a su alrededor. "La sorpresa hay que invitarla justo en el momento adecuado", continúa. ¿Cómo? "Es más fácil estar abierta a lo que pueda venir que esperar algo", responde.

La conversación cambia del italiano al inglés con algo de español intercalado. Beatrice también habla perfectamente francés. Sus abuelos maternos eran armenios. Abandonaron Constantinopla y su palacio en el Bósforo huyendo del genocidio.

Su padre, barón Monti della Corte, fue agregado cultural en Abisinia con Mussolini. Estuvo a cargo de la conservación de los templos coptos. Un antecesor combatió a favor de la unificación de Italia y, más tarde, apoyando la independencia de Hungría frente a Austria.

Fachada exterior de la casa de Beatrice.

Fachada exterior de la casa de Beatrice. María Marañón

Si la vida de los antepasados de Beatrice es de novela, también lo es la suya. Su madre muere de tifus cuando ella tiene 6 años. La madrastra es "odiosa" y no le deja ver a sus abuelos maternos. Lo único bueno, recalca, "es que vivía en Capri".

"He tenido mala suerte, pero también mucha buena, porque crecí allí, lo que era algo inusual. Es un lugar bello lleno de gente interesante. Me acostumbré al ingenio, a la gente que piensa, que utiliza la cabeza con vivacidad. Me da la impresión de que ahora estamos un poco adormilados", expresa.

Precisamente en Capri conoció a Elsa Morante, Alberto Moravia, Roberto Rossellini… De este último, recuerda: "Era inteligentísimo, irresistible. Cambió el sentido del humor en Italia, haciéndolo un poco más libre, extravagante, incluso un poco más abstracto. Su hija, Isabella, es muy amiga mía".

Isabela Rossellini, Colm Tóibín y Beatrice.

Isabela Rossellini, Colm Tóibín y Beatrice. Cedida Fondazione Santa Maddalena

Emilio Pucci le haría una de las primeras fotografías de una mujer en bikini. Es Curzio Malaparte quien le apremia para que haga algo con su vida. Tiene 25 años. La recomienda como asistente a una galerista de Milán que iba a editar un libro suyo.

Al poco tiempo, con la ayuda de sus amigos escritores y la venta de alguna joya familiar, Beatrice compra la galería. Llegaría a ser de las más importantes de Italia. El nombre, Galeria dell' Ariete (1955-1979), era ya entonces una declaración de intenciones.

Pollock, Bacon, Tàpies...

Siempre ha tenido muy buen ojo para el arte y la estética. Expuso por primera vez en Italia a Jasper Johns, Cy Twombly, Jackson Pollock, David Hockney y Francis Bacon.

Introdujo en EEUU a Lucio Fontana, Andrea Cascella, Enrico Castellani, Tàpies… El español le llevaba los cuadros en un Seat 600 a Milán. "Me ha traído mucha suerte", dice sentada en su sofá delante de una maravillosa obra suya en tono azul.

Beatrice ha generado grandes pasiones. Rothko la llamó tres días antes de suicidarse. Le dolió mucho no haber podido responder a la llamada. Una escultura en mármol pulido con forma de vulva que se encuentra en el salón de la planta baja es regalo del escultor Andrea Cascella…

Un cosmopolita fascinante

A Beatrice le gustan los hombres guapos e inteligentes. Y guapo, inteligente y elegante era el escritor Gregor von Rezzori (1914-1998), con quien se casaría en 1967. También algo vanidoso, añade ella.

Le pregunto con qué se quedaría entre inteligencia, belleza y sentido del humor: "Con lo último, porque te ayuda en todo. Te perdonas a ti misma". Y esta era una de las cualidades de Grisha, como solían llamarle. La sorprendía y le hacía reír, recuerda.

Otra vida fascinante, la de este cosmopolita apátrida y descreído. La editorial De Conatus acaba de publicar sus memorias, Tras mi rastro. Es un libro fundamental para entender con mayor profundidad el siglo XX europeo y para disfrutar del arte de la escritura.

Beatrice y Grisha en un Jeep de la época.

Beatrice y Grisha en un Jeep de la época. Cedida Fondazione Santa Maddalena

El mismo año de su matrimonio compraron una granja en ruinas en la Toscana menos turística. La tercera que vieron y la primera que les gustó a los dos. La comarca estaba semiabandonada. Tenía además una torre y un granero.

En la Toscana

"Los establos, que en su día ocupaban gran parte de la planta baja, seguían cubiertos de estiércol seco. Pero era una casa con un gran potencial", escribe Beatrice en el libro Mis escritores y otros animales".

Y prosigue explicando que "mi marido había crecido en una naturaleza selvática de los bosques de la Bucovina; desde que dejó su tierra había vivido como un nómada. Tuve la sensación de que en aquel lugar podría echar raíces". Y así fue.

En Tras mi rastro, Rezzori manifiesta que, sin el apoyo de su viuda, se hubiera convertido en uno de esos escritores que arrastran consigo la gran obra nunca escrita, señala el traductor, José Aníbal Campos, también amigo de la casa, culto y apasionado conversador.

Gran conocedor de la obra del escritor, Aníbal está investigando en su archivo. Me muestra las distintas anotaciones que hicieron de un mismo día Grisha y Beatrice en sus diarios. Del de ella ha seleccionado, además, estas conmovedoras líneas de 1998. Cree que es el embrión de la Fundación Santa Maddalena:

"Hoy hace un mes que Grisha se ha ido. No creo que hayan pasado más de dos minutos sin que mi pensamiento haya retornado a él: con dulzura, con una sonrisa, y con una pena física que se manifiesta en forma de pesada carga, que se asienta lentamente entre el estómago y el corazón, haciéndome perder el aliento y el equilibrio…".

Fundación Santa Maddalena

En el año 2000, Beatrice creaba la Fundación Santa Maddalena con la intención de dar cierta continuidad a su vida con Grisha. Muchos amigos habían escrito en aquella casa. El lugar invitaba a la concentración y la creatividad.

La Fundación ofrecería, por tanto, libertad y tranquilidad a escritores noveles y consagrados de distintas nacionalidades y fomentaría la relación entre ellos durante su residencia.

Annie Ernaux junto a Beatrice.

Annie Ernaux junto a Beatrice. Cedida

En 25 años han pasado por Santa Maddalena más de 250 autores. Desde Ferdia Lennon, Andrew Miller, Andrew Sean Greer que ganó el Pulitzer mientras dirigía la Fundación y Pol Guash, hasta amigos íntimos como Emmanuele Carrère, John Banville, Zadie Smith, Colm Toibín o Michael Cunningham.

La Nobel Olga Tokarczuk dará este año la lección magistral con motivo del Premio anual Von Rezzori que distingue el mejor libro extranjero y la mejor traducción al italiano del año anterior. Se trata de una iniciativa de la Fundación Santa Maddalena con la ciudad de Florencia.

A los 97: una biblioteca

Carismática, vitalista, elegante, seductora, sin prejuicios, impaciente, impositiva, generosa, son algunos de los adjetivos que se han utilizado para describir a Beatrice. A los 97 años, inició la construcción de una biblioteca para albergar la obra de los escritores que habían pasado por Santa Maddalena.

Beatrice supervisando las obras de la biblioteca.

Beatrice supervisando las obras de la biblioteca. Cedida Fondazione Santa Maddalena

Un año entero estuvo detrás del autor Pablo Maurette, Premio Herralde de Novela 2025, para que aceptara dirigirla. "Lo que se propone, lo logra", dice este. Y prosigue: "Todos los días venía a la obra. Hablaba con los albañiles y les daba instrucciones. Fue impresionante verla en acción".

Maurette llegó invitado a Santa Maddalena (porque sólo se llega de esta forma, no se admiten solicitudes) y, como muchos, se convirtió en amigo. En el estudio de Grisha empezó a escribir su última novela.

"Ella tiene sus asesores, e invita a los escritores que le parece", explica Pablo. Tiene buen ojo. Elige dónde van a dormir y qué estudio van a ocupar. Todos los espacios están abiertos, pero se respetan. La única regla de Santa Maddalena es que no están permitidas las parejas, porque la gente se vuelve más aburrida y no cuenta historias fantasiosas.

Pablo Maurette, director de la biblioteca y premio Herralde de Novela 2025, en una sala de la biblioteca.

Pablo Maurette, director de la biblioteca y premio Herralde de Novela 2025, en una sala de la biblioteca. Cedida

El momento de conversar

Cada uno se organiza como quiere. Hay dos momentos semisagrados: el almuerzo y la cena. Es el momento de conversar: de lo divino y lo humano. Y de recordar alguna de las mil historias de Beatrice. En esta ocasión, además de con Aníbal, el joven y bello Edoardo, Pablo y su mujer, comparto mesa con otros dos escritores que repiten residencia.

El irlandés, Tim MacGabhann, tiene un sentido del humor peculiar. Ha sido reportero de sucesos en México y de música rock para la prensa sajona. Le intriga cómo se conectan la memoria inmediata y la de largo plazo.

La escritora y arqueóloga sueca Karin Altenberg destaca de Beatrice su curiosidad constante y un gran ojo para la belleza y para lo interesante: "Ha tenido la habilidad de estar siempre at the right place at the right time. Milán en los años 60, tuvo casa en Rodas, en Nueva York… Es casi como si estuviera creando el momento a su alrededor. También tiene la habilidad de juntar a gente distinta y que funcione".

"Santa Maddalena es un ambiente creativo único", continúa Karin. "Cuando uno llega, entra a un mundo atemporal y acogedor, producto de la imaginación estética de Beatrice".

Esta interviene y explica que "el entorno te crea a ti. Pero ya sabes, eso implica no cerrar nunca las puertas. Así surgen también las circunstancias, los momentos de conexión, que de alguna manera hacen la vida más fácil. A ti y a los demás".

Retrato de Beatriz de joven, retratada por Ugo Mulas.

Retrato de Beatriz de joven, retratada por Ugo Mulas. Cedida Fondazione Santa Maddalena

El trasiego de amigos y escritores discurre entre la arquitectura, el paisaje, los objetos… Sea por la energía del paraje, la de tantos escritores que han escrito en Santa Maddalena, el afán laborioso de quienes están, y, por supuesto, el espíritu de Grisha y Beatrice, el lugar incita al trabajo y a la elucubración.

"Mi plan es que esto continúe", declaraba Beatrice en una entrevista. "Para mantener el mismo espíritu es importante tomarse en serio el trabajo, pero a la vez conservar cierta ligereza, cierta levedad. Este es mi gran problema, mi obsesión".

"Decorar no me gusta”

En la casa concurren con desenvoltura obras de arte, mobiliario y objetos de todo el mundo. Las alfombras vienen de Afganistán. Tres veces viajó a ese país. Von Rezzori, que no quería moverse del Valdarno, intentaba disuadirla sin éxito.

"Decorar es una palabra que no me gusta", escribía Beatrice en Mis escritores y otros animales. Implica unas normas. A mí me parece, en cambio, que se crea una complicidad entre quien habita una casa y la propia casa, con sus paredes y sus espacios, y al final es precisamente esta la que nos dice lo que necesita".

Una gran cama siciliana con símbolos amorosos, retratos de sus antepasados, algunos cuadros de Kajar y azulejos napolitanos blancos y verdes dan vida a su refugio de verano. Es el cuarto que ha elegido para hospedarme.

Cuarto de baño con dos bañeras, idea de Rezzori. Mirando, desde las escaleras la cachorra carlina Sofia.

Cuarto de baño con dos bañeras, idea de Rezzori. Mirando, desde las escaleras la cachorra carlina Sofia. María Marañón

Cicciolina y el amor libre

Beatrice está convaleciente de una fuerte neumonía. Nos recibe en su salón de arriba. Hasta hace poco bajaba a comer y cenar con los invitados: escritores, amigos o ambos. Se disculpa por estar siendo una "pésima anfitriona".

"Un momento", advierte. "Tengo que decir que esta mañana me desperté sin memoria. Voy a cruzar dos siglos (cumplir 100 años). Estoy intentando ver si pasa algo. Es muy difícil imaginar qué vendrá después. Me gustaría saber qué pensaría mi marido. Era mucho mayor que yo. En fin, no hay motivo para tener miedo, pero me da curiosidad".

Beatrice responde a la entrevista, pero también pregunta. Le interesa España: "Siempre he pensado, y Grisha también lo decía, que entre la gente de esta parte de Italia y la de allí había un vínculo".

Detalle de uno de los rincones del estudio de Gregor Von Rezzori.

Detalle de uno de los rincones del estudio de Gregor Von Rezzori. María Marañón

¿Conociste a Pasolini? "Era inteligente, aburrido y atormentado". ¿Fellini? "Una delicia. Un hombre maravilloso. Giulietta era muy amiga mía". ¿Visconti? "Muy culto, sofisticado y muy gay". Gregory Peck, Jane Fonda, Cary Grant… Cuando enviudó, Ralph Fiennes la invitó al rodaje en el que estaba trabajando para tratar de distraerla.

Le pregunto por Cicciolina. Ella avisa: "Mira, esta historia os puede divertir. Era el momento en que en Italia se estaban concediendo más derechos a las mujeres. Ella abogaba por el amor libre".

Y continúa: "Entonces conoció a Jeff Koons, que era una especie de dios. Ni ella hablaba inglés ni él italiano. Ella era mucho mejor que él. Se casaron y se quedó embarazada. Entonces me dijo que pensaba que no estaba siendo honesta con sus votantes y que quería presentar una carta de dimisión como diputada. Le ayudé a escribirla".

Se ha animado con la conversación y quiere bajar a comer con nosotros. María Martina, su maravillosa cuidadora, se lo desaconseja a causa de las escaleras. Me dice que nunca se ha divertido tanto en su vida: "La baronesa es una mujer tan simpática, inteligente y culta; es un pecado que no haya escrito sus memorias".

–¿Dónde está mi bastoncito? –insiste Beatrice–. Vosotros id yendo.

–Nosotras bajamos poco a poco… Y si no llegamos significa que hemos cambiado de idea añade María.

–¡O que estamos muertas! –concluye Beatrice riéndose mientras salimos.