Julieta Rueff, empresaria.

Julieta Rueff, empresaria. Cedida.

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Julieta, la joven de 24 años que ha creado granadas para frenar acosadores: "Me entristece, es algo agridulce"

Julieta Rueff ha convertido el miedo que sufrió en la calle en FlamAid, una herramienta para ayudar a otras personas a sentirse más seguras.

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Julieta Rueff tenía poco más de veinte años cuando comenzó a sentir miedo al volver a casa. Un hombre del mismo barrio empezó a seguirla con frecuencia, primero de forma aparentemente casual y después de manera insistente.

La esperaba fuera de su casa, también cerca de la universidad, y llegó incluso a escribirle repetidamente por redes sociales. Aquella situación terminó convirtiéndose en una experiencia de acoso que marcaría su vida y que, con el tiempo, acabaría transformándose en un proyecto empresarial con impacto social.

Hoy, a sus 24 años, la joven Julieta Rueff es la fundadora de FlamAid, una startup tecnológica que desarrolla herramientas para mejorar la seguridad personal frente a acosadores.

Imagen de la granada.

Imagen de la granada. Cedida.

"Empecé a darme cuenta de que un chico me seguía a casa. Era alguien que vivía en el mismo barrio y llegó un momento en el que se obsesionó mucho. Me esperaba fuera de casa, fuera de la universidad, y la situación fue escalando hasta que empecé a pasar mucho miedo", comienza relatando Julieta en una entrevista telefónica con EL ESPAÑOL.

En aquel momento, su madre le regaló un spray de pimienta para que pudiera defenderse si ocurría algo. Sin embargo, la joven pronto descubrió que ese tipo de herramientas no siempre son útiles en situaciones de pánico.

"Las veces que me cruzaba con él no tenía la mente fría suficiente para buscar el spray en el bolso y usarlo", explica.

Esa sensación de vulnerabilidad fue el punto de partida de una reflexión personal. Rueff empezó a preguntarse qué tipo de herramienta podría ayudar a una persona a reaccionar de forma inmediata ante una situación de peligro.

Cuando alguien activa su FlamAid empieza a sonar una alarma de 110 decibelios, audible a varias calles de distancia

Julieta Rueff, creadora de FlamAid

Fue entonces cuando encontró inspiración en un mecanismo inesperado: el de las granadas de mano. "Para nuestro cerebro, en una situación de pánico, es mucho más fácil tirar de una anilla que presionar un botón", señala. A partir de esa idea desarrolló el concepto de lo que hoy se conoce como FlamAid, un dispositivo que ella misma describe como una "granada pacífica".

El funcionamiento del aparato es sencillo, pero combina varios sistemas de seguridad. Cuando el usuario tira de la anilla, el dispositivo activa una alarma sonora de gran potencia y envía información sobre la situación a contactos de emergencia.

"Cuando alguien activa su FlamAid empieza a sonar una alarma de 110 decibelios, audible a varias calles de distancia, y al mismo tiempo enviamos la geolocalización, el vídeo y el sonido de la situación tanto a contactos de emergencia como a la policía", explica la emprendedora.

Además, un aspecto que destaca Rueff es que, a diferencia de otras herramientas de defensa personal, su objetivo "no es atacar al agresor, sino alertar y facilitar la llegada de ayuda".

Granada pacífica.

Granada pacífica. Cedida.

En la actualidad, la empresa está presente en más de una decena de países y ha vendido más de 10.000 dispositivos.

Además, su aplicación ha registrado ya más de un millón de rutas seguras utilizadas por los usuarios. De hecho, tal ha sido la gran acogida que en su primer año en el mercado la empresa alcanzó una facturación cercana a los 250.000 euros y espera superar los 700.000 euros este año.

El dispositivo tiene actualmente un precio de unos 40 euros, una cifra que la empresa decidió reducir para facilitar el acceso a más personas.

"Empezamos vendiéndolo por 70 euros, pero hicimos un esfuerzo grande para bajarlo porque nos dimos cuenta de que la gente que más lo necesitaba a veces no podía permitírselo", explica.

Nuestro objetivo es que cada persona pueda personalizar su seguridad como quiera

Julieta Rueff, creadora de FlamAid

Más allá del dispositivo físico, FlamAid ha desarrollado también una aplicación gratuita que permite calcular rutas más seguras en la ciudad.

El sistema combina datos públicos sobre criminalidad con información anónima de los usuarios para clasificar las calles según su nivel de riesgo.

"Es como un Waze de la seguridad: en lugar de recomendar el camino más rápido, te recomienda el más seguro para llegar a casa", explica la fundadora.

Asimismo, la empresa continúa también trabajando en nuevas soluciones relacionadas con la seguridad personal, como tapacopas para evitar la manipulación de bebidas en locales nocturnos, así como joyas inteligentes que permitirán activar alertas de forma discreta. 

¿Cómo funciona?

¿Cómo funciona?

El impacto del proyecto también se refleja en los testimonios que recibe el equipo. En algunos casos, los dispositivos han servido para reunir pruebas en procesos judiciales o alertar a familiares en momentos críticos.

De hecho, uno de los episodios que más recuerda Rueff es el de una mujer que utilizó el sistema para denunciar una agresión. "Nos llamó el día del juicio para darnos las gracias. Estaba delante de la puerta del juzgado y decía que el dispositivo le había dado fuerzas para enfrentarse a su agresor", relata Julieta visiblemente emocionada.

Curiosamente, el perfil de comprador no es exactamente el que la empresa esperaba al principio. Aunque muchos usuarios son jóvenes, una gran parte de las compras las realizan padres y madres preocupados por la seguridad de sus hijos.

"Pensaba que comprarían sobre todo chicas jóvenes como yo, pero en realidad compran muchísimos padres y madres. Cuando eres joven te sientes un poco inmortal, pero quienes realmente sufren son los padres", señala.

Paradójicamente, tal y como admite Julieta, el mayor éxito de FlamAid sería que algún día dejara de ser necesario.

"Siempre decimos que nuestro mayor éxito sería que un día nadie necesitara FlamAid, porque eso significaría que ya no hay miedo en la calle", concluye.

La conversación telefónica termina con esa reflexión y con la sensación de que, a veces, una experiencia personal difícil puede convertirse en un proyecto capaz de ayudar a muchas otras personas.