Retrato de la protagonista.

Retrato de la protagonista. Cedida

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La comunicación hecha joya de Titina Penzini: "Cuando vi a Linda Evangelista con mis collares, lloré"

Diseñadora, comunicadora e ilustradora, la venezolana hace arte con sus manos y pintura, da vida a las piedras y se la devuelve una vez la han perdido.

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Quien ve por primera vez a Titina (Ana Cristina) Penzini sin saber que se trata de una diseñadora piensa, seguro, que está ante una estrella de Hollywood. Como mínimo. Especialmente viendo su anillo de madreperla en su dedo índice, homenaje a Calder.

Quien se encuentra con sus collares y pendientes en materiales tan diversos como resinas, perlas japonesas, piedras semipreciosas y piezas vintage sabe que está ante piezas únicas. Y que son fruto de un universo creativo excepcional, repleto de referencias artísticas.

Quien la ve reparando una de sus piezas sabe que esta creadora de accesorios y joyas formada en Parsons School of Design (Nueva York) hace arte con las manos. Lo que probablemente no sabe es que siempre viaja con su cajita de reparación, como una artesana.

La moda es su gran pasión, desde la adolescencia. Y es su ecosistema creativo al que ha dedicado largas etapas de su vida, trabajando, por ejemplo, con personajes clave de su historia y de la historia universal de la moda, como Christian Lacroix.

Por si fuera poco, sabe cómo contarla, con voz propia. Desde Nueva York, donde reside gran parte del año, dirige la revista NOS.3, como editora jefa, una publicación nacida hace dos años y que habla de moda, viajes, gastronomía... Desde allí escribe sobre moda, arte y estilo para distintos medios. Y también desde allí o desde cualquier lugar en el que se encuentre mantiene su sello como ilustradora, que lleva a la moda, al interiorismo y al lifestyle en general.

Retrato de la protagonista.

Retrato de la protagonista. Cedida

Por eso, es un honor contar que esta especie de renacentista de la moda se une a Magas, donde relatará historias que conectarán alta artesanía, memoria y contemporaneidad. Como su propia vida. Con esa actitud mágica que la convierte en excepcional.

Titina Penzini encarna esa rara mezcla de oficio, instinto comercial y cultura visual que reconoce el valor de un buen patrón y de una gran historia. Y ella es en sí misma una gran historia.

Empecemos por el principio: ¿cuándo te atrapó la moda?

Desde niña. Mi madre, Edith Mery López, era de las mujeres más elegantes de Caracas. Incluso llegó a hacer de modelo… Tenía una costurera, Pepita García, que era española, y me regalaba retales con los que yo hacía ropa a las barbies, minifaldas y pantalones acampanados. En casa se cosía, se remendaba, se arreglaban cortinas. Ese mundo me formó el ojo y las manos.

¿Te gustaba coser?

Coser y bordar. Y todavía bordo.

Con 15 años ya trabajabas en una tienda…

Sí, en Melocotón, en Caracas: moda new wave, con hombreras, como era tendencia en aquella época… Tenía escaparates muy creativos. Iba al colegio por la mañana y, por la tarde, a trabajar a la tienda. Vendía muchísimo y entendí algo que me ha acompañado hasta hoy: en moda todos los clientes importan por igual y las colecciones deben equilibrar creatividad con negocio. Vestirse es una necesidad básica; la moda tiene que ser apetecible y accesible.

Te formaste en Parsons, en Nueva York, y luego diste el salto a París. ¿Qué te enseñaron esas dos ciudades?

En Parsons aprendí todo el ciclo de creación: pensar, dibujar, prototipar, fabricar. Empecé con los accesorios y las joyas; no me parecía que fuera capaz de tener una marca de ropa, entre otras cosas, porque todo el proceso era demasiado caro. Hice dibujos de joyas y el profesor los mandó a una feria en Milán donde gané el primer premio de ilustración de joyas.

En París, que fue una especie de segunda universidad, pronto empecé a colaborar en Alta Costura. Viví el oficio desde dentro. Trabajé para Christian Lacroix y después me independicé para crear piezas a medida para varias casas de Costura por temporada. Ver a Linda Evangelista, Christy Turlington o Karen Mulder llevar mis collares me hizo llorar. Entendí el poder de una idea bien ejecutada.

Titina Penzini.

Titina Penzini. Cedida

Cuenta Titina que volvió a Caracas y llegó a abrir tiendas propias, y también en Londres, donde tuvo un punto de venta en Notting Hill decorado por el diseñador de interiores Carlos Mota. Después de 17 años en la capital venezolana, pasó a vivir a Nueva York, donde ha expandido su registro creativo, aunque aún pasa temporadas allí, donde ha llegado a tener una colaboración de moda en la radio.

No se le escapa ni un palo creativo. Hoy, además de su trabajo en NOS.3, ilustra para diversos proyectos editoriales y para objetos de casa, a menudo junto a Carlos Mota, aparte de realizar encargos de invitaciones y menús pintados.

Una auténtica polifacética.

Igual es un desorden mental, pero la realidad es que no puedo estar sin hacer cosas, pintando, escribiendo…

Una auténtica comunicadora, además…

Eso me viene de mi padre. Tenía unos laboratorios que vendió cuando aún era muy joven. No podía retirarse y se dedicó durante 30 años a la comunicación. Murió prácticamente con sus audífonos puestos y con su micrófono. Fue el pionero del jogging en Venezuela y tuvo una columna en el periódico El Nacional, que se llamaba Correr es vivir. Él me dio la primera oportunidad de colaborar en radio.

Has mencionado tu ‘cliente ideal’: mujeres que llevan “arte para llevar”. ¿Cómo eliges materiales?

En realidad, las clientas te van guiando… En cuanto a los materiales, los busco con historia: perlas japonesas, turquesas con carácter, porque no me gustan las normalitas, cristales, citrinos, porcelanas pintadas antiguas, conchas marinas. Tengo proveedores de décadas en París y un archivo que reutilizo. Me obsesiona la comodidad: pendientes imponentes pero ligeros, collares que no pesen. Por eso trabajo mucho con resina de calidad (moldes a partir de piedras) y con técnicas propias de tejido con microperlas, piedras y cristales sobre estructura firme.

Y esa técnica de tejido dio piezas memorables…

Sí. Mis colgantes tejidos enamoraron a Celia Cruz (se refiere a la cantante cubana). Tenía mis chokers en todos los colores. Son piezas que abrazan. Ella las usaba casi como una faja joya para el cuello.

Además de diseñar, escribes e ilustras. ¿Cómo dialogan esas facetas?

Todo es comunicación: una columna, una ilustración de un perfume, un mantel estampado o un collar… En Nueva York hago ilustración para marcas de lujo y para proyectos editoriales, por ejemplo, para los libros de Carlos Mota. Antes pintaba solo acuarela y empecé con óleo hace poco, aunque no lo he estudiado. Me atrae lo botánico, las orquídeas, caracoles, piezas icónicas reinterpretadas.

¿Cómo ves hoy la moda y su negocio?

Vivimos un momento de cambio. En los últimos meses, se ha producido una rotación increíble de directores creativos. Imagínate la presión enorme que tienen por vender accesorios (bolsos, zapatos, gafas), que son los que sostienen las cuentas. Veo también una conexión creciente con el arte: texturas, volúmenes, bolsos-escultura; el circuito de ferias como Art Basel Miami se ha convertido en un escenario de marcas. El lujo subió de precio y la moda se dirige mucho al coleccionista cultural. Al final, las compradoras de alta costura son las mismas que las grandes compradoras de arte.

Hablas de sostenibilidad desde la práctica, no como etiqueta.

Mi proceso es circular por naturaleza: archivo de materiales acumulados durante años, reediciones, piezas que reparo y actualizo para mis clientas. Nada me hace más feliz que devolver a la vida un collar de hace 20 años y ver que sigue vigente.