Hay una fábula que todo el mundo conoce pero que muy pocos aplican a tiempo. Un escorpión le pide a una rana que lo lleve al otro lado del río sobre su espalda. La rana duda: "¿Y si me picas?" El escorpión razona: si la pica, ambos se ahogan; su propio interés garantiza su seguridad. La rana acepta. A mitad del río, el escorpión clava el aguijón. "¿Por qué?", pregunta la rana mientras se hunden. "Porque es mi naturaleza", responde el escorpión. Conviene tener esta fábula muy presente antes de elegir a quién llevas a la espalda.

Trabajé muchos años con el diablo. Te usa y te dejas usar. Se apalanca en tus ganas, en tu energía. Te promete cosas que te crees porque quieres creerlas. El mal usa tus ganas de crecer, tu curiosidad, tu energía, tu honestidad, tu liderazgo.

No tiene sentimientos: suele presentarse como alguien al que admiras, alguien que se las da de la pera. Un día le dije que de mayor quería ser como él. Me contestó que tuviera cuidado con mis deseos porque podían convertirse en pesadillas. El diablo, a veces, es sincero: se le escapa algo.

Hay que estar atento. “No tentarás al Señor tu Dios”. Nunca se me olvidaron los 40 días en el desierto. Los 40 días del diluvio, los 40 años de travesía, los 40 días de Moisés en el Sinaí. El 40 funciona como un tiempo en el que Dios prueba, corrige o prepara a una persona o al pueblo antes de una misión nueva. Los 40 años en el desierto se entienden como un tiempo de aprendizaje, humillación y formación antes de entrar en la Tierra Prometida.

En la Kábala, el 40 suele simbolizar transición, purificación y paso a un nivel nuevo de conciencia. También se asocia con la letra hebrea Mem, que algunos textos relacionan con el agua, el discernimiento y la revelación.

Kevin Lomax, el letrado invicto de Florida que interpreta Keanu Reeves en Pactar con el diablo (1997 Taylor Hackford), acepta un puesto en un poderoso bufete neoyorquino dirigido por John Milton —Al Pacino en estado de gracia—, un jefe carismático con oscuros secretos.

La trampa es siempre la misma: tu vanidad, tu ambición legítima, tus ganas de hacer algo grande. El diablo no te recluta por tus defectos: te recluta por tus virtudes. Las pone a su servicio. Hasta que te plantas. Y no pasa nada. Te puedes plantar. “No solo de pan vive el hombre”. Lo que más le fastidia es la indiferencia, que le hagas ver que no es el único, que es un pobre diablo, y que los valores clásicos —bien, verdad, belleza, progreso compartido, bien común— están por encima de sus miserias y mezquindades. “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás”

Yo sabía que era un escorpión mucho antes de que la mejor psicóloga industrial que he conocido volviera de conocerle y me dijera, visiblemente afectada, que tuviera mucho cuidado: que aquel hombre no tenía sentimientos. No hizo falta que me lo dijeran. Solo le importaba el dinero.

Con el tiempo comprobé cómo trataba a todos y cada uno de sus socios y colaboradores. Algunos eran personas de trayectoria profesional brillante; otros, jóvenes capaces y bien intencionados que soñaban con construirse un nombre y una reputación en un mercado aún por consolidar. Todos, de maneras diversas, dejaron pelos en la gatera. Todos acabaron mirándose el aguijón. Yo pensaba que mientras le ofreciera una senda de crecimiento del valor, mientras le enriqueciera a él y al resto de accionistas, no me clavaría la púa. Error clásico de la rana.

El día de mi 50 cumpleaños me regaló una botella de licor añejo —y me contó una historia elaborada sobre cómo había ido a buscarla expresamente en su avión al país vecino— mientras yo leía en silencio la etiqueta de un mayorista de Madrid pegada con celo al papel de regalo. Sin ningún pudor.

Así era. Un año antes, un buen amigo me había mandado un mensaje de cuatro palabras: "Te hacen la cama." Cuando llegó el momento, despedí personalmente a los más cercanos, llorando, procurando que cada uno se fuera con la dignidad intacta y la indemnización que merecía. Casi me cuesta la salud. Me dejó al borde de una silla de ruedas. Del escorpión no esperaba menos.

Cuando un financiero llega a una empresa industrial con la única brújula del EBITDA, pasan cosas predecibles. Se convence de que cargándose a la gente que crea valor, que innova, que abre mercados, que ilusiona, el resultado mejora. No quieren equipos: quieren lacayos.

No toleran a quien discrepe, quien rete, quien haga ver que se puede errar. La obsesión por el control y el reporting los lleva a emplear más contables que ingenieros y comerciales. Son incapaces de mejorar el múltiplo por el que se valora una empresa en función de la diversificación, la internacionalización, las patentes, la posición tecnológica, el equipo humano o el potencial de crecimiento orgánico e inorgánico.

Eso exige otra inteligencia: la del oficio, la del cliente, la del largo plazo, la de la innovación disruptiva. Esa no la tienen. Un buen ingeniero y empresario amigo mío lo lleva diciendo décadas: las empresas industriales no pueden ser dirigidas por financieros.

Un sociópata —el trastorno de personalidad antisocial que describe el manual de psiquiatría— presenta patrones persistentes de conducta que violan normas sociales y derechos ajenos. Carece de empatía y remordimiento. Miente compulsivamente. Usa el encanto superficial para explotar debilidades y ganar control. Actúa sin prever consecuencias, incumple acuerdos, forma vínculos puramente utilitarios.

En el colegio, en la empresa y hasta en la iglesia deberían enseñarnos a reconocerlo, porque no tiene rabo ni cuernos. Tiene una corbata de diseñador, habla bajito con el acento de algún centro educativo de élite y tiene su domicilio fiscal en algún paraíso conveniente. Aprende a distinguirle porque, tarde o temprano, se sentará a tu mesa.

El diablo, ya mayor, piensa lento y escucha mal. Creyó que podría heredarle un heredero poco dotado para la tarea. Para ser genuinamente malísimo hay que ser inteligente. Inteligencia de la mala, pero al fin y al cabo inteligencia. Cuando llega el ocaso, solo le queda la última caja grande y bonita de bombones, medio vacía. Necesita venderla antes de que el comprador abra la tapa y descubra el fraude. Para entonces, el vendedor ya no estará en el puesto.

Yo cambié el coche de empresa por un Kia, los aeropuertos constantes por mi casa y mi familia, y el peso de muchos años al frente de algo grande por la ligereza de saber quién soy. Rafael Campillo, el fundador de Equinsa, me dijo una vez: "Ezequiel, quítale a la gente la tarjeta y el coche de empresa y se quedan en nada." Llevaba veinte años esperando verme en esa situación. Me vi. Me gusté más. Más humilde, más humano, más persona. Y libre.

Tengo pleitos laborales, mercantiles, civiles, penales y hasta arbitrajes internacionales. El diablo siempre usa el dinero ajeno para pagar abogados sin escrúpulos, esperando que el pringado se rinda por las costas de la defensa. No me he rendido. Mientras tanto, de las personas clave en aquella empresa cuando yo la dejé, queda una sola, que ya no es clave. Cosas raras de la vida.

Me acordé de Quevedo, del valor y del precio. Me acordé de los Tercios y de aquella noche de diciembre de 1585, rodeados, con la derrota matemáticamente segura, eligiendo entre rendirse sin honra o luchar sabiendo que morirían allí. Prefiero ser un hombre cabal de mi tierra a un millonario sin sentimientos, sin arraigo, sin amigos.

El puñetero EBITDA, la avaricia y la falta de escrúpulos están cargándose la economía real. El PNV y el Gobierno Vasco lo saben y están poniendo límites a los fondos que quieren llevarse sus empresas industriales. No todos los territorios tienen un gobierno con política industrial dispuesto a impedirlo, ni la Kutxa como instrumento. Pongan sus barbas a remojar.

Durante mucho tiempo me hice la pregunta: ¿por qué? Condenada pregunta que tantas veces me hice y que tanto me hizo sufrir. Al principio especulaba y buscaba respuestas “humanas” y me preguntaba: ¿por poder? ¿por dinero? ¿por ambición? ¿por ego? ¿por necesidad? ¿por su familia? Tiempo perdido, días malgastados y quebraderos de cabeza innecesarios. Había que eliminar el factor humano de la ecuación.

Todo era, y es, mucho más fácil, pero no supe verlo. Un buen amigo me recordó que, normalmente, la respuesta simple suele ser la respuesta correcta. No porque lo diga él (que también), sino porque ya lo tenía claro hace más de 700 años un franciscano, “barbero”, inglés. Solo hacía falta utilizar su navaja y buscar la conclusión sencilla. ¿Por qué? Porque es su naturaleza. Porque si picar es la naturaleza del escorpión, hacer el mal es la del diablo.

Afortunadamente, todo era una pesadilla. Me levanté el jueves con resaca. Habían pasado dos años. Vi en el mueble una caja de madera con una vieja botella del 74 y una etiqueta de mayorista pegada con celo. Un ibuprofeno, dos vasos de agua y a trabajar con ilusión en un proyecto de verdad. La brújula moral no falla. Solo hay que acordarse de usarla.