Y nos sacaron del Mundial de Catar. En los penaltis. Por alguna razón que se me escapa, todo el mundo parecía convencido de que ganaríamos. Ahora, esos mismos optimistas cuestionan el liderazgo del entrenador. Inmediatamente me ha venido a la cabeza el hilo tuitero de José Luis Antúnez que, el mes pasado, hablaba de liderazgo.

"Alguien que lidera y divide no lidera bien. Una cosa es la fricción lógica y otra el enfrentamiento/villanización per se". Y más adelante: "Alguien o algo con poder tiene que ser ejemplar (ejemplo de lo bueno). Eleanor Roosevelt decía que las mentes pequeñas debaten/señalan/atacan a las personas. Las mentes comunes debaten sobre los acontecimientos. Y las grandes mentes debaten sobre las ideas".

Y el propio autor de estos tuits explicaba que esas ideas se pueden aplicar tanto a Luis Enrique como a cualquier político, porque no se trata solamente del liderazgo empresarial, sino del liderazgo como tal.

Pero, de todos los mensajes del hilo, el que más me enganchó es aquel en el que se pregunta: "¿El liderazgo/cultura de esa persona o institución despierta lo mejor o peor de ti?" Y aconseja: si no es lo mejor, vete.

Sabias palabras sobre las que todos los españoles deberíamos reflexionar. ¿El liderazgo o la cultura de este o aquel partido político saca lo mejor o lo peor de ti? ¿O de los españoles?

Sé que quienes se creen poseedores de la moral universal, quienes profesan esa superioridad moral (sean de derechas o de izquierdas) que dictamina cómo debemos vivir todos los demás, precisamente porque ellos son los iluminados y nosotros los ignorantes, creen que sus líderes, sus partidos y sus leyes nos hacen mejores a todos: más virtuosos, más solidarios, más como hay que ser.

"Ellos son los iluminados y nosotros los ignorantes, creen que sus líderes, sus partidos y sus leyes nos hacen mejores a todos"

Tanto si se trata de un canon tradicionalista como si se trata de uno progresista. En ambos casos, me echo las manos a la cabeza. Porque la clave del liderazgo al estilo Antúnez no es solamente no dividir, no crispar, sino que el poderoso, el líder, sea ejemplar.

Sin embargo, el mismo líder y el mismo partido que señalan y demonizan a quien comete fraude fiscal, están a punto de modificar el delito de malversación, cuando no engrosa la cuenta corriente del malversador directamente. Se les olvida que un impuesto es una contribución obligatoria de algo tuyo, que has ganado con el sudor de tu frente.

No es que dejas de pagar algo que te han prestado. Es un matiz importante. Como también lo es el hecho de que un político que malversa dinero de terceros (aquellos a quienes dice representar), puede que no engrose su patrimonio pero es posible que se beneficie indirectamente de ello, no necesariamente de forma obscena, e incluso a veces ni se podrá demostrar. Fomenta la corrupción de todas todas.

También son el mismo líder y el mismo partido que desmantelan el Estado de derecho pactando la reforma del delito de sedición con quienes no quieren pertenecer a España y lo dicen abiertamente, a cambio de su voto favorable en el debate sobre los Presupuestos Generales del Estado. Una vergüenza.

También podríamos hablar del ejemplo de los demás partidos políticos, desde el PP de Feijóo, pasando por el dividido Ciudadanos, el Vox del que ahora echa pestes Olona, o cualquier otro. Todos juegan a ser reconocidos internacionalmente por su pureza de sangre (los liberales, los progresistas, los verdaderos liberales, los tradicionalistas, los europeístas, los liberal-progresistas). Todos buscan el voto con golpes de efecto, zascas, tuits y videos virales de TikTok. Un pobre liderazgo.

La asociación entre liderazgo empresarial y gestión política no es nueva. El "último caballero y primer socialista" como le gustaba autodenominarse, Henri de Saint-Simon (1760-1825), ya proponía un contrafactual muy interesante en este sentido.

Imaginemos que Francia pierde los mejores científicos, empresarios, inversores, los que él llamaba "hombres de industria". ¿Qué pasaría? El país colapsaría. Sin embargo, ¿qué sucedería a la economía del país si desapareciera la familia real y su Gobierno? Nada.

"Podríamos imaginar qué sucedería si desaparecieran las élites extractivas"

Llevada la comparación a nuestros días, y siguiendo la estela de Daron Acemoglu y Jame Robinson, podríamos imaginar qué sucedería si desaparecieran las "élites extractivas" de nuestro país, frente a la desaparición de la clase trabajadora, incluidos empresarios e inversores, sin quienes la maquinaria no funcionaría de ninguna manera.

En palabras del mismo Saint-Simon: "Son los empresarios-creadores y sólo ellos los que crean riqueza, ¡y son los políticos-explotadores y sus sirvientes los que la malgastan!", frase que podría haber pronunciado cualquier libertario radical de nuestros días. La idea del socialista Saint-Simon era la de promover la riqueza económica para lograr un Estado fuerte, capaz de invertir en obras públicas y de ejercer su poder arbitrariamente.

La enorme diferencia entre este socialista, padre intelectual de muchos socialistas de la época, y los socialistas actuales de nuestro país es que éstos pretenden detentar un poder absoluto sobre un país empobrecido por ellos mismos.

Encantados de recibir palmadas en el lomo desde cualquier institución supranacional, falsean datos económicos, manejan el relato y se publicitan como si de un whisky o colonia se tratara, asegurando la felicidad o la juventud eterna a cambio de un voto.

Ahora que acaba de ver la luz la gran obra de Juan Ramón Rallo, Anti-Marx, y dedicándome a la historia del pensamiento económico, no puedo por menos que plantearme con qué cara mirarían los ancestros de estos socialistas y comunistas (recordemos el prólogo al Manifiesto Comunista de nuestra vicepresidenta, del que prefiero no hablar) a sus vástagos intelectuales.

[Rallo: "Cuadrar las cuentas no es neoliberalismo, es sensatez presupuestaria"]

Imagino la sombra de la vergüenza en sus miradas y el famoso "No era esto, no era esto…" que todo idealista alguna vez ha pensado para sus adentros, o incluso expresado en voz alta.

¿A dónde va nuestra democracia tiktokera? A donde los ciudadanos queramos. Llegaran hasta dónde les dejemos. Es nuestra responsabilidad poner límites, para empezar, no mirando al techo, pero tampoco llevando la polarización al extremo, sino demostrando nuestra madurez como ciudadanía y sacando a estas élites extractivas de su sitio y frenando la sangría económica y la muerte del Estado de derecho.

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