El contraste entre los malos augurios de economistas y geoestrategas y la alegría consumista con la que, aparentemente, se está viviendo el verano resulta muy sorprendente. Con una guerra en el este de Europa, la posibilidad de que se contagie a Occidente y la perspectiva de un invierno con restricciones y racionamientos, es pasmoso que esto esté siendo así.

Aunque, pensándolo bien, lo pasmoso sería más bien lo contrario: si la Humanidad ha conseguido sobrevivir a tantas guerras, plagas y desastres de todo tipo habrá sido precisamente por esa capacidad de hacer vida normal en las situaciones más anormales, una vez superadas las incomodidades y sacrificios iniciales sobrevenidos, y a pesar de las bombas que caen alrededor.

Si, además, las bombas están lejos y las restricciones aún no han hecho su aparición en serio (aire acondicionado aparte) no es extraño que lo único realmente incómodo sea la subida de los precios, que es real, tangible y actual. Pero así y todo… 

La explicación del fenómeno económico en el que los augurios son muy malos pero los datos recientes no lo son tanto solo puede ser una, y la hemos mencionado aquí repetidas veces: la inundación de liquidez con que los bancos centrales contuvieron los efectos económicos de la Covid-19. Los doce billones (trillón) de dólares en tan solo dos años, de los que 4,5 billones correspondieron al Banco Central Europeo (BCE).

Bastaron unos matices en unas palabras del presidente de la Reserva Federal para que (...) hayan subido alborozadamente las cotizaciones en Bolsa

Con esa abundancia de dinero, se puede decir que, económicamente hablando, una recesión tan profunda como la de 2020, aunque fuera de corta duración, pasó por nosotros “sin rompernos ni mancharnos”. Si aquello, que fue tan tremendo desde todos los puntos de vista, terminó sin estragos económicos visibles, muchos se estarán preguntando, ¿por qué hacer caso a los malos augurios actuales?

Y si la respuesta a esa pregunta es que los bancos centrales ya han empezado con la retirada de liquidez (que se concreta en que ya no comprarán más deuda pública de los estados) y con la subida de tipos de tipos de interés, la respuesta que se puede escuchar es que, si las cosas se ponen muy feas, bajarán los tipos de interés y volverán a comprar deuda pública, con independencia de que se haya conseguido controlar la inflación o no.

Y puede que, quienes tienen esa visión, no se equivoquen, pues, al fin y al cabo, los mercados financieros están teniendo la misma reacción: bastaron unos matices en unas palabras del presidente de la Reserva Federal para que en los últimos días de julio y en la primera quincena de agosto hayan subido alborozadamente las cotizaciones en Bolsa.

Para colmo del descreimiento, los datos de empleo han estado siendo buenos tanto en EEUU como en Europa, muy probablemente gracias a la misma explicación: los tipos de interés cero y la abundancia de liquidez han hecho que empresas que no sobrevivirían políticas monetarias como las de principios de los años ochenta, se hayan mantenido en respiración asistida gracias a eso.

Europa está dando muestras inusitadas de solidaridad con motivo de la invasión rusa de Ucrania, pero es probable que alguno de sus logros más preciados vaya a pasar por bastantes apuros

Son esas empresas llamadas zombis, sostenidas gracias a ayudas de distinto tipo (entre las que destacan los avales del estado a sus préstamos bancarios) y que han generado, y aún mantienen, puestos de trabajo zombis.

En mitad de este panorama, Europa está dando muestras inusitadas de solidaridad con motivo de la invasión rusa de Ucrania, pero es probable que alguno de sus logros más preciados vaya a pasar por bastantes apuros. Y esta vez sin un Mario Draghi que pueda garantizar un final feliz ni una Ángela Merkel que apoye políticamente las acciones necesarias para llegar hasta ese final feliz.

Se trata, naturalmente, de los problemas que podrán aquejar al euro próximamente, con una recesión económica a la vista en la Eurozona y una escasez de gas natural en “la fábrica de Europa” que podría detener parcialmente la marcha de la industria alemana.

Y la situación carece de una característica fundamental que sirvió para consolidar el esfuerzo de Draghi y el BCE y para mantener unida a la Eurozona pues el superávit de la balanza comercial alemana ha desaparecido en mayo y el de la balanza por cuenta corriente está en trance de desaparecer.

En Alemania surgirán las voces habituales que ponen en duda la sensatez de continuar con el sistema

Quizá sea prematuro hablar tan drásticamente, pues “una golondrina no hace verano”, pero la expectativa de que la industria alemana tenga que experimentar parones en el próximo invierno hace pensar que esa máquina de exportar productos que es Alemania va a perder una parte sustancial de su impulso. Eso debería debilitar fuertemente la cotización del euro, lo que no tendría nada de particular, e incluso poner su existencia en cuestión, lo que resulta mucho más preocupante.

Ya el mes pasado mencionamos la enorme posición acreedora que tiene el banco central de Alemania en el Eurosistema de bancos centrales, y las simultáneas enormes posiciones deudoras de Banco de Italia y Banco de España en ese mismo sistema. A poco que la situación económica se deteriore, en Alemania surgirán las voces habituales que ponen en duda la sensatez de continuar con el sistema.

Entre esas voces suele destacar la del economista alemán Werner Sinn, que por ahora parece que está tranquilo, aunque otra voz de las habituales en contra del euro ya se está movilizando: se trata de Markus Weber que, quizás con buenos argumentos, tacha de ilegal el nuevo mecanismo (llamado TPI) creado por el BCE para evitar la fragmentación en los mercados de deuda pública europea.

Harían bien los gobiernos europeos en acelerar acuerdos bilaterales para los eventuales apoyos en suministro de gas

Es decir, para evitar que la rentabilidad de la deuda italiana, española o cualquier otra de las de los “países del sur” se vayan mucho más arriba de lo aceptable. De ahí que no tardando veremos a Markus Weber tratando de demostrar en la Corte Europea de Justicia que el TPI es ilegal y que hay que declararlo nulo.

Mientras llega todo eso, harían bien los gobiernos europeos en acelerar la firma de acuerdos bilaterales para los eventuales apoyos mutuos en cuestión de suministro de gas. Todo ello para que, cuando llegue el momento, si es que llega, no les pille sin hacer lo más básico: tener discutidos y firmados los correspondientes acuerdos, con las compensaciones económicas correspondientes. 

El tiempo corre. Se nos amontonan las tareas.

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