La situación económica de nuestro país en este comienzo de julio no pinta bien. No estoy diciendo nada nuevo. Mientras los españoles se preparan para viajar a los alquileres turísticos y hoteles, que han agotado, chatean con el cuñado de turno, la compañera de oficina o en la peluquería de lo mal que va todo, el otoño calentito que nos espera y lo agobiados que estamos.

Cierto es que hay muchas familias que no van a poder veranear este año. No nos olvidemos de ellos. Sobre todo porque si el otoño va a ser complicado para el que se va a Torrevieja, para los que se quedan porque no les cuadran las cuentas a fin de mes, va a ser un drama. Y es por ellos por quienes hay que mirar.

Estamos ante un proceso inflacionista serio, global, difícil de manejar. No. No llega a espiral inflacionista porque no se ha trasladado a salarios. O no aún. Miremos al Reino Unido donde el vicegobernador del Banco de Inglaterra ha manifestado que ya se perciben tensiones inflacionistas en las negociaciones salariales.

Ojalá no suceda, porque entonces sí que nos vamos a enterar. Pero el mero proceso inflacionista está erosionando a marchas forzadas el tejido económico. No es una sensación, hay datos.

Nuestro desempleo mejora pero a un ritmo tan lento que, por más que se tomen medidas, no se están solucionando los problemas estructurales del mercado de trabajo. Me pueden decir que este no es el momento. Para el legislador nunca lo va a ser porque es impopular. ¿Cuándo es el momento ideal para quitarse una muela? Nunca. O, en todo caso, cuando el dolor no te deje respirar.

Así que sí, como vamos a ver, la sombra de la recesión planea sobre Europa, nuestro mercado de trabajo se va a resentir. Los empresarios, que ya van asfixiados, no van a poder con ello. Nuestros empresarios, que lejos de ser Bill Gates, son pequeñas y microempresas, muchas de ellas familiares, van a sufrir. Y también nuestros autónomos, que nunca enferman, ni sufren, ni se manifiestan por las calles, porque no pueden faltar al trabajo si quieren que los niños vayan al colegio desayunados.

¿Planea sobre nosotros la sombra de una recesión? Pues sí. Y no lo digo yo. Es que es ya un clamor popular que no niegan ni los economistas de mis antípodas. Las razones son claras: el corte del gas ruso a Alemania en los próximos meses va a afectarnos a todos. Más, a los países que tenemos una economía más dependiente.

Y quiero aclarar algo, para quienes intenten ver un atisbo de nacionalismo económico en mis palabras. Creo que la globalización y la internacionalización de la economía es uno de los fenómenos que más cosas buenas ha traído a nuestra sociedad de los últimos siglos. No hablo del comercio internacional híper burocratizado, sino del libre comercio, la libre competencia, que espolea a los empresarios a la excelencia y al progreso económico de verdad. El nacionalismo económico que lleva a "lo nuestro siempre por delante (aunque sea peor)", es una ruina.

Dicho eso, es el momento de mirar a uno de los protagonistas del momento, Luis de Guindos, vicepresidente del Banco Central Europeo, quien ha dejado caer, no solamente que además de subir los de interés 25 puntos básicos el 21 de julio, seguramente se volverán a subir en septiembre, sino que una recesión en Alemania, posiblemente arrastre al resto de Europa. Ya no somos uno de los miembros del Club de Economistas Cenizos. Ya son De Guindos y Von der Leyen quienes están pidiendo atención a este punto.

Ya no somos uno de los miembros del Club de Economistas Cenizos. Ya son De Guindos y Von der Leyen quienes están pidiendo atención a este punto

Por un lado, como dice De Guindos, la subida de tipos, imprescindible para controlar la inflación y que la cosa se quede en proceso y no pase a espiral, es una "amarga medicina". Dolorosa porque frena el consumo y el crecimiento. Y, me permito añadir, es muy poco sexy para un Gobierno preñado de gestos vacíos cuyo objetivo parece centrarse más en llegar sano y salvo al final de la legislatura que esos españoles que no van a veranear y van a recibir la cornada más fuerte.

La solución fácil es aumentar las ayudas sociales. Pero, pensemos. Frenazo al consumo por la "amarga medicina". Aumento de impuestos (lo de"solo a los ricos", ya no cuela). Aumento de gasto militar (si queremos seguir saliendo en la foto de la OTAN y cenar con los camaradas en el Museo del Prado). ¿Van a reducir el gasto público en otras partidas?

Y aún no hemos hablado de la deuda pública. El coste de la deuda va a aumentar y este efecto va a ser mucho más pernicioso en los países más adeudados, los sospechosos habituales, los del sur. Hay cierta inquietud por la fragmentación de la Unión Europea, que nos retrotrae al año 2008. La diferencia es que las palabras de Draghi no se podrían repetir hoy. La UE ya no va a seguir sosteniendo los bonos soberanos. ¿Veremos una nueva crisis de deuda soberana?

Sin poder subir mucho los impuestos ni endeudarse aún más de lo que está, el gobierno español lo tiene muy difícil. No en septiembre. Ya.

Pero miro al Gobierno, machacando la memoria de la Transición (con lo que costó), gastando en viajes de ministras que, impúdicamente, acusan de violencia política contra la mujer a quienes critiquen su dispendio.

Veo la fragmentación política, los gestos, el postureo, la falta de medidas de calado, y me desespero. Nos pilla el toro. Para librarnos tendríamos que considerar no solamente cada problema aislado sino el efecto conjunto, la tormenta perfecta que se avecina. ¿Es posible? Pues yo creo que sí. Pero haría falta voluntad política. Al fin y al cabo salimos de la autarquía, cuando el entramado de instituciones económicas que lastraba nuestra economía era endemoniado.

Y mi pregunta, en el fondo, es si los españoles van a seguir huyendo a Torrevieja o van a exigir que nos pille el toro o no, sea tomando las decisiones necesarias, aunque sean difíciles. Si van a exigir a los gobernantes que gobiernen. Spoiler: no lo van a hacer.

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