Las bolsas no han decepcionado en este inicio de 2022. Han caído tanto como cabía esperar en un año para el que la Reserva Federal de EEUU (Fed) había anunciado tres subidas de su tipo de interés de referencia para el mercado interbancario al plazo de un día (conocido como fed funds) y también la retirada completa de los estímulos monetarios (su política de compra de bonos, obligaciones y cédulas hipotecarias) antes de que llegara el mes de abril.

La única duda era si esa caída se produciría nada más comenzar el año o tendría lugar una vez que se hubieran retirado todos los estímulos y que ya se hubiera producido alguna de las anunciadas subidas de tipos.

El caso es que, transcurridas 14 sesiones, el índice estrella de la Bolsa de EEUU, el S&P 500, ya acumula una caída del 8,3%. Mientras, el índice que refleja el conjunto de las cotizaciones de las empresas tecnológicas ha bajado un 13%.

No está nada mal para un inicio de año que se anunciaba turbulento. Por ahora, la expectativa de una política monetaria más restrictiva se ha considerado razón suficiente para explicar la caída, sin necesidad de recurrir a las tensiones geoestratégicas con Rusia a cuenta de Ucrania.

Y es que el año empieza igual de mal que lo hicieron otros años, como el 2008 y el 2016. En el primer caso, la bajada de las bolsas fue el ensayo general de la catástrofe que ya estaba fraguándose bajo la superficie y que emergería con toda su virulencia tras la quiebra de Lehman Brothers, dando lugar a la crisis conocida como la Gran Recesión. No parece, por ahora, que bajo la superficie se esté preparando una tormenta financiera de aquella magnitud. Aunque con los tipos de interés en el 0%, cualquier insolvencia puede mantenerse oculta durante mucho tiempo…

Tras la prolongación artificial por dos veces de un ciclo económico agotado, los motores dan otra vez síntomas de desfallecimiento

En cambio, la bajada de las bolsas de enero de 2016 solo puso de manifiesto que la economía internacional estaba agotando su crecimiento y que la nueva fase de subida de tipos de interés que se había iniciado un mes antes (en diciembre de 2015) aceleraría la entrada en recesión de la economía estadounidense.

Ante el aviso tan claro de lo que podría suceder, las autoridades monetarias de EEUU decidieron suspender esa subida de tipos y los mantuvieron sin cambios durante los doce meses siguientes, ya que las bolsas no habían podido soportar ni un aumento del 0,25% al 0,50%. Tres años después, en diciembre de 2018, la Reserva Federal tuvo que arrojar finalmente la toalla y renunciar a más subidas de tipos de interés ante la intolerancia total mostrada por las bolsas al llegar éstos al 2,5%.

Pero las circunstancias eran entonces muy diferentes de las de ahora en un aspecto crucial para el mandato que suelen tener en sus estatutos los bancos centrales, que es la lucha contra la inflación.

Al terminar 2015 y 2018 el IPC de EEUU estaba en 0,7% y en 1,9%, respectivamente, mientras que ahora es de 7%. A la vista está que la obligación de combatir la inflación no era acuciante en aquellos años y que sí lo es en este momento. Y es que, por el camino, en el caso de EEUU, los estímulos monetarios cuantitativos tuvieron que aumentar en más de cinco billones de dólares (trillions), de los que la mayor parte han ido gratis et amore a mantener en pie la economía del país, cuando no directamente a alimentar literalmente a buena parte de su población. Y otro tanto ha sucedido en Europa.

Con los tipos de interés en el 0%, cualquier insolvencia puede mantenerse oculta durante mucho tiempo

Pero el efecto de esos estímulos, tras haber cumplido su objetivo, se está agotando, y así lo atestiguan diferentes indicadores. Entre otros, la confianza de los consumidores -de cuyo gasto depende el 70% de la economía de EEUU- que sigue languideciendo. También se ha notado en que las compras al por menor en diciembre fueron muy flojas (-1,9% frente al mes anterior) y en que las sorpresas económicas negativas superaban la semana pasada a las positivas. Como consecuencia de todo ello las estimaciones de crecimiento futuro de la economía de EEUU son cada vez más bajas.

Por tanto, parece evidente que, tras la prolongación artificial por dos veces de un ciclo económico internacional que ya estaba agotado en 2016, primero, y en 2020, después, los motores del crecimiento dan otra vez síntomas de desfallecimiento.

Por si esto fuera poco, la situación económica en China no hace más que empeorar pues, a pesar de haber crecido un 8,1% en 2021, tiene a su sector de la construcción de viviendas en recesión y a sus promotoras inmobiliarias más emblemáticas en quiebra o al borde de caer en la insolvencia. La desaceleración económica que todo ello provoca se ha reflejado ya en el crecimiento, en tasa anual, del último trimestre de 2021: ha sido de un 4%.

Con este panorama no es extraño que las bolsas estén cayendo, tras años de euforia provocada por los tipos de interés cercanos a cero -en Europa, por debajo de cero- y tras haber mostrado previamente en diversas ocasiones su poca tolerancia a perder el privilegio de que dejen de ser nulos. Pero tampoco sería raro que tras esta reacción virulenta veamos una recuperación circunstancial, antes de reiniciarse la tendencia a la baja.

El año promete estar lleno de sorpresas. ¡Apriétense, una vez más, los cinturones!

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