¿Estaría dispuesto a vivir a una ciudad cuyo alcalde está acusado de espiar y manipular a sus ciudadanos y de no hacer nada para protegerles ante los problemas de diseño de la urbe? Si su respuesta es no, sepa que yo pienso lo mismo del proyecto de metaverso de Mark Zuckerberg.

Aunque todavía no se sabe qué aspecto tendrá, cómo funcionará, ni qué funciones incorporará, el CEO de Facebook lo ha descrito como una especie de internet encarnado que nos permitirá disfrutar del contenido online e interactuar con él y entre nosotros de una forma más natural, según una reciente entrevista en The Verge.

Pero, aunque parezca que es el dueño y señor de este concepto, lo cierto es que existe desde hace décadas y que ya hay experiencias virtuales que podrían representarlo, como la plataforma de videojuegos Roblox, y los títulos League of Legends y el viejuno Second Life.

La diferencia es que mientras que estas versiones serían universos cerrados y dedicados exclusivamente al ocio, su visión consiste en una serie de multiversos virtuales interconectados e interoperables entre sí, propiedad de distintas entidades, y capaces de albergar todo tipo de actividades, desde juegos, hasta trabajo, cultura y relaciones sociales. Es decir, más o menos lo mismo que ofrece internet, pero en 3D.

¿Problemas? Prácticamente todos los que se le ocurran. El primero y más obvio es el técnico. En un mundo en el que los principales fabricantes de móviles ni siquiera han adoptado el mismo estándar para cargadores y auriculares, cuesta creer que todas las empresas involucradas en el metaverso vayan a ponerse de acuerdo en las bases técnicas, diseños y funciones sobre las que trabajar.

Lo más probable es que sean las compañías más fuertes las que impongan sus criterios y que al resto le toque tragar con ellas si quiere poder conectarse. Y, dado que Zuckerberg parece el jugador con mayor poder de desarrollo, podría ser él quien acabe dictando las reglas. Pero, más allá de los retos técnicos, me preocupan especialmente los sociales, en concreto, las formas de gobierno del metaverso.

Dado que Zuckerberg parece el jugador con mayor poder de desarrollo, podría ser él quien acabe dictando las reglas

Cualquiera que esté medianamente familiarizado con los videojuegos online multijugador sabrá que los insultos y el acoso están muy presentes en estos espacios, los cuales (¡sorpresa!) suelen dirigirse a mujeres y colectivos minoritarios. Y, por si fuera poco, el robo de objetos virtuales tampoco es algo anecdótico.

Teniendo en cuenta que el CEO de Facebook parece incapaz de lidiar con el odio y el acoso en su ya longeva plataforma, ¿cómo pretende hacerlo en su versión multivérsica? Es más, dado que recientemente ha sido acusado de ignorar deliberadamente los principales problemas de sus redes sociales para poder seguir creciendo, ¿acaso tendrá intención de hacerlo en el multiverso?

Por supuesto, existen soluciones parciales como la detección y censura automatizada de comportamientos que inflijan las reglas y la incorporación de moderadores humanos capaces de lidiar con los problemas. Pero, creo que todos sabemos que ninguna de ellas ha conseguido solucionarlos en las redes sociales actuales. Y menos aun cuando sus responsables están más centrados en el valor de sus acciones que en la experiencia de sus usuarios.

Y luego está el tema de la privacidad. Por si no lo sabía, el laboratorio de inteligencia artificial de Facebook acaba de presentar el mayor conjunto de datos de vídeo en primera persona, Ego4D. A simple vista podría no parecerle alarmante, pero su objetivo consiste en desarrollar Inteligencia Artificial capaz de interpretar lo que ven nuestros ojos.

Si lo logra, en el futuro metaverso en el que todos llevemos cascos y gafas con cámaras, los algoritmos podrían espiar cada objeto que nos rodea, cada persona con la que hablamos y cada cosa que miramos, del mismo modo que los altavoces de Alexa, Siri y Google Now escuchan cada cosa que pasa en nuestros hogares.

También habrá una legión de hákers interesados en acceder a todo este tipo de información, lo que también plantea el enorme problema de la ciberseguridad. A mayor digitalización y virtualización, mayor será el riesgo de que cualquiera nos espíe y nos robe nuestra información personal.

Por supuesto, no cabe duda de que muchas experiencias digitales podrían enriquecerse de una versión inmersiva. Cualquiera que haya vivido una pandemia estará de acuerdo. A todos nos habría encantado sustituir las tediosas videollamadas en las que nuestros amigos aparecían en pequeños cuadraditos en la pantalla, por avatares reunidos en entornos virtuales capaces de romper distancias y confinamientos.

A nivel económico, las marcas podrían beneficiarse vendiendo versiones virtuales de sus productos y sustituir la invasiva publicidad online por experiencias y demos inmersivas. El mundo del arte podría volver a monetizarse a través de los NFT y las personas podrían hacer transacciones sencillas y seguras mediante criptomonedas.

Pero, a pesar de estas ventajas, dados los enormes retos que el multiverso tiene por delante y los grandes problemas que todavía arrastra el internet en 2D, creo que sería más interesante que los empresarios como Zuckerberg se dediquen a arreglar sus propias plataformas antes de lanzarse a crear una ciudad virtual que nadie ha pedido. No cuente con mi voto, señor alcalde de Facebook.

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