Como urbanita treintañera española de clase media, tengo la suerte de no saber qué significa que no haya efectivo disponible en mi ciudad, que el valor de la moneda local se desplome y que los bancos colapsen. Lamentablemente, esa es la terrible situación que la población afgana está sufriendo desde que quedó claro que los talibanes iban a hacerse con el control del país.

Las interminables colas para retirar efectivo acabaron con el cierre de cajeros y entidades bancarias, el temor a que los integristas se hicieran con los fondos del Gobierno, principalmente almacenado en cuentas en el extranjero, ha provocado su congelación, y las mayores empresas de transferencias internacionales, MoneyGram y Western Union, parecen haber suspendido su actividad en Afganistán.

¿Cómo se sobrevive sin ningún tipo de forma de dinero? La última esperanza de los ciudadanos podría residir en las últimas tecnologías financieras. Distintos medios internacionales cuentan historias de afganos que hace algún tiempo empezaron a introducirse en este mundillo, e incluso algunos han conseguido obtener beneficios con Bitcoin y Ethereum.

A pesar de que últimamente las criptomonedas parecían haberse convertido en un mero producto de especulación en Occidente, la filosofía descentralizada bajo la que nacieron se vuelve ideal en un entorno explosivo como es Afganistán ahora mismo. Aunque la población tenga pocas opciones para usarlas dentro de su país, quienes disponen de ellas pueden sentir parte de la tranquilidad que aporta un colchón financiero que, además, no puede ser controlado por los talibanes.

Lamentablemente, los casos de afganos con criptomonedas probablemente sean anecdóticos, dado que se calcula que la población bancarizada solo roza el 15%, como mucho. Si la mayoría gente corriente ni siquiera tiene cuenta en el banco, dudo mucho que se haya vuelta experta en criptomonedas en cuestión de semanas.

Y, lo que es peor, a diferencia del resto de la comunidad mundial de divisas criptográficas, famosa por ser bastante estridente y pesada, los afganos que han logrado hacerse con ellas quieren permanecer en el anonimato. Temen que, si el régimen talibán las descubre, podría robárselas o incluso castigarles por tenerlas, lo que limita su capacidad de ayudar a otros a conseguirlas y operar con ellas.

Lo mismo les pasa a los pocos que están recurriendo a WasalPay, que parece ser el único sistema de pagos digitales del país. Algunos lo están utilizando para mantener sus teléfonos móviles activos y recibir donaciones y transferencias del extranjero. Aunque tampoco podrían retirarlo de los cajeros dada a la escasez de efectivo, sí podrían utilizarlo, por ejemplo, para comprar un billete de avión por internet.

Pero las innovaciones financieras son las únicas tecnologías cuyo uso se han convertido en un riesgo en Afganistán. Los medios internacionales también recogen multitud de testimonios cómo muchos ciudadanos están empezando a borrar masivamente la información de sus historiales digitales.

Cualquier mujer afgana que haya publicado una foto en Instagram mostrándose libre, de la forma que sea, temerá que llegue a ojos de sus nuevos gobernantes. Cualquier joven que les haya criticado públicamente en Twitter podría estar temblando de terror. La situación se ha vuelto tan grave que algunas asociaciones internacionales proderechos humanos incluso han elaborado y traducido manuales para ayudar a la población a eliminar cualquier rastro digital que pueda contrariar a los talibanes.

No obstante, parece que ellos también han empezado a rastrear la web en busca de este tipo de actividad. Tras la deserción de los ejércitos internacionales, la ayuda para escapar del país empezó a llegar en forma de documentos de Google y cadenas de WhatsApps para recopilar información sobre afganos elegibles para ser evacuados.

Lamentablemente, dado que toda tecnología tiene dos caras, los datos volcados para acelerar la burocracia también podrían fácilmente llegar a manos de los talibanes. Y, por si fuera poco, parece que han surgido canales de comunicación fraudulentos asociados a mafias de tráfico de personas que intentan captar a afganos vulnerables.

Además, en caso de que los talibanes no puedan acceder directamente a los datos personales de todos los que intentan huir del país, también podrían aplicar técnicas de reconocimiento facial para identificar a quienes aparecen en los vídeos del aeropuerto de Kabul. Un pequeño recordatorio de la enorme amenaza que esta tecnología supone para privacidad y la libertad.

La desesperación y el caos que sufren actualmente los ciudadanos afganos ha transformado las innovaciones tecnológicas que solían ser sinónimo de avance y libertad en arriesgadas herramientas que deben usar de forma clandestina. Recuérdelo cada vez que piense que las cuestiones de privacidad no van con usted o cuando gobiernos y empresas intenten aumentar el control y la vigilancia sobre los usuarios. Hoy son los afganos, mañana podríamos ser nosotros.

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