Imagen generada con inteligencia artificial.

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Gran Empresa

La inteligencia artificial abre una brecha en las empresas: ejecutivos e ingenieros no se ponen de acuerdo en su valor

El 71% de la dirección prioriza eficiencia y costes, mientras el 61% de los perfiles técnicos busca la innovación y ventaja competitiva, según TE Connectivity.

Más información: La dificultad de encontrar retornos en la inteligencia artificial

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Las claves

La inteligencia artificial genera fricciones internas en las empresas entre ejecutivos y perfiles técnicos sobre cómo medir y aprovechar su valor.

El 71% de los directivos prioriza la eficiencia y productividad como retorno de la IA, mientras que el 61% de los ingenieros apuesta por la innovación y la ventaja competitiva.

Solo el 24% de los encuestados afirma tener una comprensión clara del retorno de inversión de la IA, lo que dificulta la toma de decisiones y la alineación interna.

Más del 80% de ejecutivos e ingenieros coincide en que la inteligencia artificial acelera la innovación, aunque discrepan sobre su finalidad y aplicación.

La inteligencia artificial ya no divide a las empresas entre las que la adoptan y las que no. Ahora la pugna, la guerra, se libra según quién lidere ese proceso de transformación. A un lado del campo de batalla, los directivos y perfiles ejecutivos. Del otro, los ingenieros y roles técnicos. El arma de ambos es la misma, esa inteligencia artificial que promete cambiarlo todo, pero el modo de uso es diametralmente opuesto en ambos ejércitos.

Metáforas bélicas aparte (que bastante nos da ya la actualidad como para gestar más conflictos bélicos en las compañías), lo cierto es que se está cociendo una fricción importante dentro de las organizaciones en torno a cómo se mide el valor de la inteligencia artificial, en qué se espera de ella y, sobre todo, en quién define su propósito.

Así lo constata el último Industrial Technology Index 2026 de TE Connectivity, que parte de una máxima inapelable: la tasa de adopción de la inteligencia artificial supera ya el 80% de las empresas, con un 35% que afirma incluso utilizarla de forma significativa en sus operaciones.

Pero los indicadores que priorizan cada uno de nuestros bandos enfrentados, directivos y técnicos, son casi opuestos. El 71% de los ejecutivos sitúa la eficiencia y la productividad como principal medida del retorno de la inteligencia artificial, frente al 60% de los ingenieros. Esto es, para la alta dirección, la IA se consolida como una palanca de optimización, una infraestructura orientada a reducir costes y mejorar procesos. Tanto que el 66% de los ejecutivos prioriza ya objetivos financieros frente a métricas de innovación, un salto de 20 puntos porcentuales respecto al año anterior.

Por su lado, los perfiles técnicos mantienen una aproximación más estratégica: el 61% de los ingenieros considera que el retorno de la IA debe medirse en términos de reputación de marca, ventaja competitiva o capacidad de innovación, frente al 53% de los ejecutivos. No es que ignoren el impacto operativo, pero no lo sitúan en el centro. Para estos perfiles, la inteligencia artificial no es únicamente una herramienta de eficiencia, sino un vector de transformación que puede alterar la posición de la empresa en el mercado.

Esa diferencia de enfoque se traslada también a la propia definición de innovación. El 61% de los ejecutivos entiende la innovación en términos incrementales, como mejoras progresivas sobre procesos existentes. Entre los ingenieros, ese porcentaje desciende al 52%, con una mayor inclinación hacia cambios más profundos y disruptivos.

¿Quién mide el impacto de la IA?

El resultado no es solo una discrepancia conceptual, sino una falta de alineación interna que el propio informe reconoce como uno de los principales riesgos en esta fase de adopción. Apenas el 24% de los encuestados afirma tener una comprensión clara del retorno de la inversión en inteligencia artificial.

La desagregación por perfiles es aún más reveladora: apenas el 19% de los ejecutivos considera que existe esa claridad total, mientras que un 31% de los ingenieros cree que la dirección sí la tiene. A la inversa, apenas el 17% de los ejecutivos considera que los equipos técnicos comprenden plenamente ese retorno. Cada grupo asume que el otro tiene más certezas de las que realmente existen.

Esa asimetría de percepciones introduce un elemento adicional de fricción en el despliegue de la tecnología. Las organizaciones avanzan en la adopción de la IA sin un marco común para evaluar su impacto, lo que dificulta la toma de decisiones y genera tensiones sobre la priorización de proyectos, dicen los analistas. La urgencia por demostrar resultados tangibles, impulsada por la presión financiera, convive así con la expectativa de que la tecnología genere ventajas competitivas a medio y largo plazo.

A pesar de estas diferencias, existe un terreno compartido. Más del 80% de ejecutivos e ingenieros coincide en que la inteligencia artificial acelera la innovación, y tanto unos como otros muestran una clara predisposición a experimentar con estas herramientas. El 49% de los ejecutivos y el 45% de los ingenieros declara querer probar nuevas soluciones de IA lo antes posible. No hay, por tanto, un rechazo a la tecnología, sino una disputa sobre su finalidad.

En cualquier caso, el mismo informe advierte de que el giro hacia métricas financieras puede estrechar el campo de aplicación de la inteligencia artificial, orientando las inversiones hacia casos de uso con retorno inmediato y dejando en segundo plano iniciativas con mayor potencial transformador. En ese equilibrio se juega buena parte del impacto real de la tecnología en los próximos años.

Es obvio pero, no por ello debemos dejar de recordarlo: la presión por justificar cada euro invertido convive con el riesgo de perder oportunidades que, por su naturaleza, requieren tiempo y margen de exploración.