Anticiparse a los fenómenos naturales (también a los atmosféricos) ha sido uno de los anhelos del ser humano desde que los babilonios, por ejemplo, fueron conscientes de los cambios que experimentaban la forma de las nubes en función del clima o el filósofo Aristóteles dio a conocer (allá por el siglo IV a.C) su tratado 'Meteorológicos', uno de los textos más leídos sobre física de la tierra, hasta pasado el siglo XVII.

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La observación, el registro y el estudio de las condiciones externas, diarias, han evolucionado hasta consolidar los modelos climáticos, una herramienta informática capaz de acercar el comportamiento de cualquier elemento terrestre y que ayuda a predecir cómo va a actuar la atmósfera. Para ello, se parte del tiempo actual y mediante las ecuaciones que describen los procesos atmosféricos se obtiene un pronóstico.

 “Hay una gran variedad de modelos numéricos que necesitan hacer muchos cálculos en poco tiempo, por lo tanto, cuanto más avanza la supercomputación, mayor es su capacidad de cálculo”, cuenta Silvia Laplana, meteoróloga en Radio Televisión Española (RTVE). Es decir, analizan el pasado y el presente mediante la recopilación de millones de datos para predecir cómo será el futuro. Todo ello asentado en unas leyes físicas escritas en el lenguaje de la ciencia, concretamente, de las matemáticas.

Isabel Zubiaurre, responsable de meteorología de La Sexta, explica que las previsiones son elaboradas por estos modelos meteorológicos: “Se 'alimentan' de datos de presión, temperatura, humedad y cuanto más variada sea su ingesta, más fiables serán sus previsiones”, traslada.

Los modelos meteorológicos han servido como base a la hora de trabajar, estructurar y analizar datos con una metodología basada en tres pasos fundamentales: observación, previsión e información. Zubiaurre comparte que lo primigenio a la hora de arrancar su jornada de trabajo es comprobar qué ocurre en el momento y qué ha ocurrido en las últimas horas.

“Analizamos la imagen de satélite (dónde están las borrascas, los anticiclones, las masas de aire), además del radar (en qué zonas llueve o nieva), pasando por los datos de estaciones es meteorológicas (temperatura o viento) y en este trabajo de observación las redes sociales facilitan la corroboración de la propia información”, puntualiza. A continuación, miran si lo que está pasando coincide con lo que los modelos preveían. Si es así, lo que predicen para las horas siguientes podría cumplirse. “Pero, no solo hacemos una previsión, sino que estructuramos el contenido y analizamos cómo contarlo”, añade.

¿Qué es lo más importante?, ¿Qué nos afecta a todos?, ¿El pronóstico del día anterior ha sido lo más afinado posible? ¿Cómo puede contarse para que sea interesante para el público? Son solo algunas cuestiones planteadas antes de la lectura de distintos blogs, artículos científicos, prensa generalista y local.

Zubiaurre, Doctora en Físicas, añade que la capacidad de interpretar dichos modelos depende de la formación y experiencia de los profesionales que se ponen día a día delante de la cámara y hacen llegar sus previsiones al resto de la población a través de los populares “mapas del tiempo”, que constituyen interpretaciones que lleva a cabo cada predictor, porque la forma de analizar los modelos meteorológicos y plasmarlos sobre la pantalla es subjetiva. Algo en lo que coincide Silvia Laplana, diplomada en Óptica y Optometría, que cuenta con un máster en Meteorología, quien considera que la experiencia profesional ayuda a ver qué modelo es más fiable para cada situación y zona.

En su caso, consulta diversos modelos numéricos, que no siempre coinciden entre ellos, antes de decidir cómo plasmar esa información en el mapa. “Luego introduzco la previsión para trescientos y pico puntos de España en una base de datos y eso se refleja, una vez lo guardas, en dicha proyección”, continua. Luego preparan el mapa isobárico junto al resto que quieran sacar. “Todo lo que veis en casa y que mostramos, lo hacemos nosotros, incluso la realidad aumentada”, detalla Laplana.

Las aplicaciones del tiempo de los teléfonos móviles están basadas en estos modelos numéricos. Captan lo que recogen de un sólo modelo y lo trasladan, sin más. Laplana, Zubiaurre, así como la gran mayoría de meteorólogos y meteorólogas comparan varios y los interpretan, aportando la fiabilidad que consideran, en función de cada situación.

Peores predicciones durante el confinamiento

Los aviones transportan estaciones meteorológicas y en su trayecto se encargan de recoger buena parte de datos en cuanto a las condiciones meteorológicas a diferentes alturas. “¡Es como tener un termómetro en medio de una nube!”, exclama Isabel Zubiaurre. Durante el período de confinamiento domiciliario estricto, alrededor del planeta se cancelaron miles de vuelos. Por lo tanto, se prescindió de muchas de estas observaciones. “En primavera de 2020 los modelos vivían su propia anemia”, comenta la responsable de meteorología de La Sexta.

“Son parte de las condiciones iniciales, del tiempo actual, que utilizan los modelos numéricos para hacer sus cálculos y hacer un pronóstico del tiempo”, completa Silvia Laplana, quien hace hincapié en los fenómenos extremos acontecidos con el cambio climático. “Este enero de 2021 se han sucedido récords de frío y de calor, siendo los segundos cada vez más habituales. En una semana, ha habido diferencias de 50°C entre unas zonas y otras de España”, señala.

La responsable de la sección de meteorología de RTVE destaca muchos ejemplos de tiempo extremo que son cada vez más frecuentes, por ejemplo, las inundaciones: “La llegada de DANAs, combinada con un mar Mediterráneo cada vez más cálido, aumenta el riesgo de lluvias torrenciales”. A medida que progresan las herramientas informáticas de los modelos, las previsiones para escalas locales son posibles, teniendo en cuenta que siempre serán, en general, más complicadas que las regionales.

La resolución ha mejorado mucho y ahora les permite afinar con más precisión y a más días vista. “El problema de la predicción no reside principalmente en el comportamiento extremo de la tierra. Recordemos que los modelos de hace treinta años supieron decir lo que iba a pasar a día de hoy, incluyendo dichos extremos”, resalta Zubiaurre. El avance en la investigación y la incorporación de los satélites han contribuido, pero no es suficiente. Se necesita un incremento en la red de observación meteorológica, así como una mayor inversión en ciencia.

Más asesores para la toma de decisiones

La Agencia Estatal de Meteorología de España (AEMET) emitió el aviso acerca de la borrasca Filomena a las autoridades una semana antes. Es decir, sobre los grosores de nieve que se iban a acumular y que colapsaron, entre otras, la ciudad de Madrid. Los medios de comunicación también lo anunciaron con margen de tiempo. Isabel Zubiaurre considera que, más allá de una falta de formación en la materia, los organismos oficiales no fueron capaces de llevar a cabo una comunicación efectiva advirtiendo de la situación.

“No sé de qué se habló en los despachos o en las llamadas telefónicas, ni con quién se habló, pero tengo la sensación de que más que una falta de formación, no se ha respetado al transmisor del mensaje. Muchas veces escuchas la previsión del tiempo de un día normal y se cuenta de una forma tan poco natural y cercana, que nadie la entiende: sistema frontal, sudeste peninsular, precipitaciones moderadas que tienden a remitir, estratos matutinos, etc. ¡Cómo para entender una situación complicada!”, critica, e invita a realizar un análisis en torno a la cualificación de los asesores que rodean a los que toman decisiones y aquellos que transmiten la información.

“Al margen de la información que reciben de la Agencia Estatal de Meteorología, necesitan asesores que les ayuden a comprender mejor los pronósticos. Con una meteorología cada vez más extrema, el peligro para la vida de las personas será mayor y necesitamos que la gestión sea más eficiente”, aporta Silvia Laplana.

Por otra parte, la captación de datos del planeta, incluidos los meteorológicos, conforma una carrera desde el punto de vista tecnológico, pero también porque el sector privado ostenta una supremacía en un asunto clave para la lucha contra el cambio climático, precisamente. De hecho, en 2016 la multinacional estadounidense de tecnología International Business Machines Corporation (IBM) adquiría The Weather Company por 2.000 millones de dólares, contando entre sus planes con el desarrollo de nuevos paquetes de datos o iniciativas relacionadas con vehículos conectados.

Por no hablar de la medición del impacto de la Covid-19 en la Tierra a partir de datos extraídos de satélites meteorológicos. Un informe reciente de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), trasladaba algunos gráficos con respecto a la contaminación del aire en Europa, y cómo un grupo de científicos del Real Instituto Meteorológico de los Países Bajos (KNMI), junto al Real Instituto Belga de Aeronomía Espacial (BIRA-IASB), habían utilizado datos concretos del satélite Copernicus Sentinel-5P (además de otros terrestres) para identificar la correlación entre el coronavirus y los efectos de contaminación del aire en la zona euro.