"En 2007, la primera vez que me encontré con el administrador de la NASA [en aquel momento era Michael D. Griffin], yo era bastante ingenuo y le pregunté qué podríamos construir desde Europa para sus próximas misiones", recuerda Jan Wörner, actual director de la Agencia Espacial Europea (ESA), en trámites para traspasar los poderes cuanto antes a su sucesor Josef Aschbacher. Toca hacerlo el 1 de julio, pero desean adelantarlo.

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Prosigue Wörner con su cruda anécdota: "Me dijo, claramente, 'pueden enviar una cámara en nuestra próxima misión, si quieren, o pueden enviar algunas otras cosas, pero nada que sea crítico'. Eso fue hace 14 años…".

El mensaje pone de relieve lo mucho que ha progresado la industria espacial europea en esos dos septenatos, que han visto pasar por la Casa Blanca a George Bush hijo, Barak Obama, Donald Trump y el recién llegado Joe Biden, de cuyas ideas respecto al espacio todavía no saben mucho en ESA. Ha pedido a la NASA una piedra lunar, para ponerla de adorno en el Despacho Oval. Quizás sea una declaración de intenciones.

Lo que Wörner quería subrayar con su recuerdo es el espectacular anuncio de que la ESA ha firmado este martes un contrato para construir otros tres módulos de servicio para el programa Artemis, con el que Estados Unidos promete volver a la Luna en 2024. Se trata de un contrato de 650 millones, pero es sobre todo una muestra de confianza de NASA en el producto espacial europeo.

El módulo de servicio europeo (ESM) es el almacén de supervivencia para hasta cuatro astronautas que viajan en la cápsula Orion. Ambos vehículos irán y regresarán indisolublemente juntos en la aventura lunar. El ESM no sólo contiene el combustible, oxígeno, agua, alimentos y recursos de mantenimiento vital para 20 días, como explica el jefe de exploración espacial de Airbus, Andreas Hammer. También incorpora en su parte trasera el motor que debe impulsar a Orion durante las navegaciones entre ambos cuerpos celestes y los paneles solares que generan electricidad.

Es un artefacto de más de 15 toneladas, que junto con el módulo para tripulantes suma una masa de casi 26 toneladas y 7,3 metros de altura.

Los tres módulos

Los tres módulos nuevos recién contratados serán la continuación del primer encargo de otros tantos, cuya fabricación ha liderado Airbus desde Alemania. En proyecto en el que participan 11 países europeos, incluida España, que se ha ocupado de la unidad de control térmico. 

El primer módulo, ESM1, ya fue enviado a la NASA a finales del año pasado. Está previsto que realice el primer viaje, no tripulado, este mismo año. La misión probará todos los sistemas para los que ha sido designado, como si en la cápsula Orion viajase un astronauta de carne y hueso, en vez de un maniquí lo más realista posible.

El ESM2, cuya construcción se está ultimando ahora, se enviará a final de año a la NASA, después de las pruebas de verificación. Su vuelo sí llevará tripulantes reales para circunvalar la Luna, como en su día hizo el Apolo 8. Borman, Lovell y Anders fueron en diciembre de 1968 los primeros seres humanos en salir de la órbita terrestre, aunque se conformaron con mirar la Luna de cerca, sin posarse.

Instantánea de la rueda de prensa virtual de la ESA respecto a sus módulos de servicio Orion

Orion, por cierto, es el nombre de un gigante mitológico, al que dio muerte Artemisa (que es el nombre del actual programa lunar), la cual era una hermana gemela de Apolo, según rememora Didier Radola, director del programa ESM en Airbus.

Por fin el módulo ESM3 formará parte de la tercera misión, que volverá a dejar huellas humanas sobre la Luna, con la primera mujer. ¿Será en 2024? "Es muy difícil", opina Wöerner, calculando plazos. "No tengo una bola de cristal para decir cuándo, pero tal vez en 2025 o 2026".

De la desconfianza a la fiabilidad

Lo que acredita el nuevo contrato es que aquella desconfianza de 2007 se ha tornado en 14 años en una alta dosis de conocimiento y fiabilidad para la puntera industria espacial europea.

Quizás por eso Wörner ríe complacido cuando D+I pregunta a los notables de ESA si tendría sentido que esa mejor valorada industria europea empezase a plantearse sus propias misiones tripuladas para viajar a la Luna, Marte…

La primera respuesta es de David Parker, director de exploración humana y robótica de ESA: "Nosotros no pagamos a los americanos por los asientos para nuestros astronautas, ni pagamos a los rusos… Nosotros pagamos a la industria europea para construir tecnología que viaja al espacio. Y es lo que estamos haciendo con el programa Artemis. NASA gasta 200 millones a la semana en sus programas de exploración. Nosotros hemos incrementado mucho nuestro presupuesto de exploración… hasta 650 millones al año".

"Cuando se canceló el Shuttle, ya discutimos la posibilidad de mejorar nuestra ATV [vehículo automático de carga] para que sirviera como cápsula tripulada", aporta Wörner. "Pero era demasiado caro. Especialmente en aquellos momentos. Ahora, si quiere mi opinión, sería bueno tener sistemas redundantes de transporte. No se trata de competir con los americanos o los rusos, se trata de tener un sistema alternativo, porque a veces el otro no puede volar. Pero hay que comprender que hablamos de un nivel diferente de financiación".

El saliente director de ESA subraya que, para un sistema de transporte tripulado, no es sólo cuestión de disponer de un cohete y una cápsula, sino que también hacen falta los sistemas de soporte y un entorno como el del Centro Espacial Kennedy, con muchas cosas más. "Estos módulos de servicio europeos son un paso en la buena dirección".

Walther Pelzer, de la Agencia Espacial Alemana, DLR, añade que se están preparando estudios para desarrollar una misión robótica europea en la superficie de la Luna, como fase experimental y de necesario entrenamiento antes de poder siquiera pensar en enviar astronautas.

Lo que los módulos europeos no incorporan por ahora es un propulsor propio, reconoce Nico Dettman, jefe del grupo de exploración lunar de la ESA. Usan motores que originalmente fueron construidos para las maniobras en el espacio del Shuttle, el transbordador estadounidense.

"Nos quedan todavía otros seis en el almacén", comenta. Es el cohete que, una vez en el espacio, debe 'empujar' a Orion en su viaje con retorno.

Dettman admite que se estudió con Aerojet la posibilidad de adaptar el motor de la etapa superior del cohete francés Ariadne 5, "para tener una solución totalmente europea". Pero, a la postre, resultó "demasiado complejo y no había mucho interés en los países miembros [de ESA], porque ese cohete no tendría ninguna otra utilidad".

Como suele salir a relucir frecuentemente en torno a los planes de ESA, la cuestión del dinero tiene mucho peso. "Cada euro que se invierte retorna tres en la industria", recuerda Parker el mantra que se repite habitualmente. Y añade que "cuando hablamos del 'espacio comercial', todo lo que hacemos en el espacio en Europa es comercial".