Diego Rodríguez Veiga Esteban Palazuelos

Al principio, no es fácil de distinguir. Entre la oscuridad patente y la mascarilla, apenas se le ve el rostro. Pero, en cuanto uno se acerca un poco, no mucho, ya se sabe, metro y medio de distancia, ya se aprecia que tiene los ojos absolutamente rojos. Cuenta que se llama Nelson, que tiene 42 años, que su mujer está mala y que lleva en el Hospital de La Paz desde las 13.00 horas del viernes. Son las 0.45 de la madrugada de este sábado. Hace muchas horas que entró, hace muchas horas que dejaron de sonar los aplausos de los balcones y ahora solo queda la realidad, sin vítores. “Sí, estoy aquí por mi mujer. La han ingresado con neumonía”, cuenta. “Me han dicho que me vaya a casa, que ahí hay mucha gente infectada y que no puedo estar con ella. Ella está sola. Estoy fatal”. Y rompe a llorar. Y se va.

La madrugada de este sábado es la primera tras llegar a los 20.000 contagiados por coronavirus en España y ya se ha superado la barrera psicológica de 1.000 muertos. Lo peor de todo es que acaba de comenzar y va a ir a más. Ya lo ha avisado el ministro de Sanidad, Salvador Illa, y ya lo vaticinan los pronósticos: este domingo se espera que España roce los 30.000 contagios. De todo el país, la Comunidad de Madrid es la que se lleva la peor parte, con 7.165 casos y 628 muertos.

Según ha podido saber EL ESPAÑOL, el Gobierno regional teme que este fin de semana sea especialmente cruento. Por ello, este diario ha decidido visitar de madrugada algunos de los principales hospitales de la capital, donde se está librando la batalla, especialmente en las UCI. Las historias que salen son de hartazgo, de cansancio y un ritmo frenético e incesante, de gente que llora y de llamadas que se espera den una buena noticia pero que el dolor de garganta y la fiebre vaticinan que no será así. “¿De nuevo a la guerra?”, pregunta una guardia de seguridad a un enfermero que tira el cigarro y se coloca la mascarilla mientras entra en Urgencias del Hospital Gregorio Marañón. “De nuevo a la guerra”, responde él.

Una ambulancia entra en el Hospital Gregorio Marañón la madrugada de este sábado. Esteban Palazuelos

Hospital Ramón y Cajal (22.30 horas)

Al llegar al Hospital Ramón y Cajal el aura parece algo desangelado. En la puerta de Urgencias no hay demasiada gente y, aunque todos van con mascarillas, parecen tranquilos. Pero basta con entrar a la sala de espera y el panorama cambia. Atestada, todos dejan un hueco entre sí para sentarse, los ánimos se ven cada vez más pesados. Nadie habla, las cabezas se sostienen sobre las manos. Tanta mascarilla hace que las personas no tengan rostro, que sean un mero número, y caminar por ahí da una sensación de poder: la gente se va apartando al paso de uno; parece una especie de muestra de respeto caída del cielo pero en realidad es que ya nadie se fía de nadie.

Pero, por dentro, todo se mueve aún más. Este mismo martes, el Ramón y Cajal empezó a notar en sus carnes el desabastecimiento de material sanitario. Se estaban quedando sin material para hacer la prueba del coronavirus y el centro no tuvo otra opción que pedir ayuda por Twitter. “Si algún centro o laboratorio tiene disponibilidad, por favor que contacten con nosotros. Es imprescindible para continuar realizando la PCR de SARS-CoV-2. Muchas gracias”, escribían en la red social. No en vano, este lunes el Ramón y Cajal ya acumulaba 12 muertos, siete de ellos el mismo lunes, y 21 personas en la UCI, según los datos de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública.

¿Cómo están los ánimos? “Pues como están…”, responde una mujer en la puerta. ¿Está aquí por el coronavirus? “Tiene toda la pinta", responde con los ojos llorosos, una pulsera de paciente y aún con las zapatillas de estar por casa. La mujer no quiere decir su nombre, pero la llamaremos Carmen, para que no sea sólo un número. Carmen cuenta que lleva ahí desde las 16.00, que tiene todos los síntomas y le han hecho la prueba del coronavirus pero que aún no tiene los resultados. Son las 23.30 y dice que ya no puede más. “Yo, además, tengo una edad”, añade, aunque no la quiere decir. “Suficiente como para que si tú también estás enfermo te salven a ti y no a mí”, dice lapidariamente. “Me han hecho la prueba y unas placas. Ahora estoy esperando a que me llamen”, comenta, como esperando que esa llamada no se produzca nunca.

Mientras tanto, se produce un ir y venir que al inicio ni se intuía. Una ambulancia y otra, dos en más o menos media hora. Al principio sorprende, pero la noche dejará ritmos más incesantes. Varios repartidores de pizza, hasta tres, llevan la cena al equipo médico que está ahí trabajando a destajo. “Perdona, es que no paramos”, le dice un enfermero al repartidor que lleva 20 minutos esperando en la puerta. “¿Que cómo está todo?”, repregunta un cirujano y se empieza a reír. Cuando deja de reírse ya sí responde. “Mal”, y se va.

Así es la sala de espera del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Esteban Palazuelos

Hospital La Paz (00.15 horas)

Antes de llegar al Hospital La Paz de la capital, el taxista cuenta que esa misma tarde aquello parecía el resultado de un atentado o de una guerra. “Había un montón de gente, por todos lados. Fui esta tarde a dejar a uno en Urgencias y, en el parking había cuatro ambulancias y, al otro lado, otras dos. Todas ocupadas”, cuenta sorprendido. Dice que lleva varios días yendo y que este viernes ha sido el peor. No en vano es el hospital con más ingresados por coronavirus.

Al llegar al lugar, a la puerta de Urgencias, los guardias de seguridad rápidamente se percatan del reportero gráfico y le obligan a irse. En cuanto llega el redactor -en otro taxi distinto, porque la normativa no permite viajar con más de dos pasajeros en el mismo vehículo-, más de lo mismo. “¿Es usted familiar?”. No. “¿Es usted paciente?”. No. “Pues fuera”.

En el Hospital La Paz, los posibles enfermos por coronavirus esperan en una urna de cristal a que salgan sus resultados. Esteban Palazuelos

Tras un recelo inicial, el nerviosismo del guardia tira las formas por la ventana. “Es que no hay nada que entender. ¿No ves que estamos en una situación de emergencia nacional?”, dice visiblemente alterado. “¡Es que toda esta zona está contaminada! No para de entrar gente que está muy enferma y no es cuestión de que te contagies y empieces a contagiar a la gente por ahí. Vete... por favor”, sentencia, mientras llega una ambulancia por detrás. Es la segunda en una conversación de cinco minutos.

Basta dar una vuelta por el recinto del hospital y el ambiente se palpa. Casi todo apagado y sin un alma menos la entrada a Urgencias y un piso entero del departamento del laboratorio, que permanece constantemente encendido. Ahí se cocina lo que todos esperan. Al rato, salen caminando Dolores, de 85 años, y su hijo Rafael. Ella tenía fiebre la mañana del viernes, entraron a las 12.00 horas y sale a las 01.00 horas. “Me han hecho la prueba del coronavirus, muy desagradable porque te meten unos palitos por la nariz, y aún no me han dado los resultados pero me han dicho que me vaya a casa que ahí hay de todo”, cuenta ella.

Dolores, de 85 años, y su hijo Rafael salen de La Paz tras 13 horas esperando los resultados. Esteban Palazuelos

Esas 13 horas que Dolores ha permanecido ingresada en La Paz le han servido para tener un termómetro de la situación. Cuenta que, dentro, los enfermos por coronavirus están como pueden. Algunos en camillas, otros directamente durmiendo en sillas en los pasillos. Ve que se hace difícil afrontar la situación. “Dentro tienen a los pacientes separados según los síntomas, según si puede ser coronavirus o no”, relata.

“Cuando alguien se sienta en la sala de espera y se lo llevan, llegan unos sanitarios y desinfectan todo el asiento y nos dicen que nadie se siente ahí en cinco minutos”, añade. Pero nadie se quiere sentar ahí ya aunque hayan pasado cinco minutos. El asiento sólo se ocupa cuando alguien que no ha visto la escena llega, como si nada. “Además, todo va mucho más lento. Porque le han hecho unas placas y cada vez que lo hacen tienen que desinfectar toda la sala”, añade su hijo. “Eso sí, los que nos atienden, son… es que son increíbles y nos dan mucha fuerza”, completa ella.

Y les preguntamos a ellos. “Habrá 50 o 70 personas ahora con coronavirus”, explican dos enfermeros. “Hemos tenido que habilitar un gimnasio con camas y sillones en el que ponemos a los positivos y a los sospechosos de serlo. La mayoría son abuelos”, lamentan. “Y el material, mal. Todavía no nos falta pero tenemos que racionar mucho”, añaden. Este lunes, La Paz tenía 27 personas en la UCI y 25 muertos acumulados. Este jueves se sometió a la prueba del coronavirus a 128 sanitarios de La Paz y la mitad dio positivo.

Hospital Gregorio Marañón (02.10 horas)

Mientras que en el resto de hospitales el estrés y la saturación de la situación se intuye, más que por lo que se nota a simple vista, por lo que cuentan los sanitarios y enfermos, en el hospital Gregorio Marañón, no. Ahí no es sólo que en 10 minutos entren tres ambulancias y en una hora un total de seis, ahí es que el coronavirus está en todas partes.

Sala de espera habilitada para los pacientes por coronavirus en el Gregorio Marañón. Esteban Palazuelos

La modesta entrada está flanqueada por una sala de espera de Dermatología que ha sido reconvertida. Ahí, a la vista de todos, duermen cerca de una decena de pacientes enganchados al suero. Unos duermen en sillas de ruedas, otros recostados sobre los bancos, y una mujer lo hace en una camilla. Mientras, la gente va pasando, entrando y saliendo, mirando lo desolador del panorama. Este es el más duro. El lunes ya acumulaba 28 muertos, el segundo con la tasa más alta tras el de Alcalá de Henares.

A los pocos minutos de llegar, aterriza una ambulancia. Al abrirse las puertas de atrás la imagen ya se hace dura. Dos sanitarios, con monos, mascarillas y hasta gafas de metacrilato, están atendiendo a un anciano. Él está sobre una camilla que se intuye con mucha mayor robustez que la persona a la que sostiene, con un respirador enganchado a la boca y algunas máquinas, que emiten pitidos y luces, sobre él. Apenas se mueve y nadie se da cuenta de que lleva un pie descalzo fuera de la manta.

Tras entrar, los sanitarios al rato salen con la camilla vacía, provocando una sensación muy extraña, como si, en demasiadas maneras, el anciano ya no estuviera. Pero ahí no para el ritmo. Mientras los técnicos se dirigen de nuevo a su ambulancia, del hospital sale otra camilla hacia otro vehículo con una mujer mayor en ella. También lleva máscara y se la ve muy débil. “Tengo frío”, se oye que dice. “Tengo frío”.

A dos metros, los técnicos que han trasladado al primer anciano empiezan a desinfectar todo el vehículo. Comienzan a verter un líquido desinfectante por cada aparato que ha estado en contacto con él y se van quitando la ropa los unos a los otros, depositándola en un cubo que tienen para la ocasión. “Cada vez peor”, reconoce a este diario uno de los sanitarios mientras limpia una suerte de tubo. “Y todo es de lo mismo. Ya no coges a alguien de un esguince. Todo es Covid, Covid, Covid, Covid”, y lo repite cuatro veces como para subrayarlo y ponerlo en negrita mientras habla. Cuenta que, en la jornada de hoy, ya han trasladado a 12 o 14 pacientes relativamente graves.

Tres ambulancias esperan en Urgencias del Gregorio Marañón. Esteban Palazuelos

“Yo creo que es peor de lo que dicen”, responde Yolanda, una enfermera que mira el móvil mientras disfruta de su pausa para el cigarro. “Este hospital tiene seis plantas y están todas ocupadas por gente con coronavirus. Han tenido que montar una UVI en el quirófano y también han habilitado para esto una zona que antes era de rehabilitación”, cuenta. “No paran de venir, lo noto desde el miércoles. Y nos falta material. Tenemos una bata y una mascarilla para toda la noche cuando debería ser una por paciente”, añade. “Antes venían por la tarde más, notabas un goteo. Ahora es todo seguido. Y ya no son sólo personas mayores. Ahora hay de todo, también gente joven sin patologías”, dice.

Hospital Puerta de Hierro (03.50 horas)

Para meter cierto contraste a este reportaje, la última parada ha sido reservada para uno de los hospitales que se intuían más tranquilos: el Hospital Puerta de Hierro, en Majadahonda. El atender a menos gente y, además, menos mayor, hacía esperar cierta tranquilidad. Según los datos de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, este lunes tan sólo tenía 4 fallecimientos acumulados y 12 personas en la UCI.

Al llegar al hospital, parecía que la teoría se iba a confirmar. Las salas de espera están con apenas personas, tres o cuatro en todo momento durante hora y media. En todo ese tiempo sólo llega una ambulancia y vacía. No hay casi personal, o no se ve, y algunos ni llevan mascarilla. Sin embargo, en cuanto unas enfermeras salen a fumar y se les pregunta si, de verdad, ese hospital es más tranquilo, su cara es de sorpresa.

“Esto está fatal”, cuenta una de ellas. “Tenemos coronavirus en cinco unidades mínimo y las habitaciones, que antes eran individuales, ahora son dobles. Y todo es Covid. Serán unas 100 personas aproximadamente”, añade. “Los pacientes son de todas las edades, se ponen igual de malos los jóvenes que los mayores”, comenta.

A pesar de que el Puerta de Hierro se intuía tranquilo, los sanitarios denuncian falta de material Esteban Palazuelos

Pero, sobre todo, donde más le duele a estas dos enfermeras, es en el material del que disponen. “Cuando entramos en el turno nos peleamos por el material. Las batas y las mascarillas deberían de ser una por paciente pero estamos lavando las batas y las mascarillas las tenemos que usar durante dos o tres días”, cuenta. Y dice que la empresa Mudanzas Agustín, afincada en Majadahonda, ha donado al hospital miles de mascarillas. “Se lo agradecemos eternamente a Agustín pero no queremos depender de que nos las tenga que donar. Las autoridades deberían preocuparse por ello”, añade.

-¿Hay algo que quieren que añada en el reportaje?



-Que nos jode estar aquí todos los días, cansadas y trabajando tanto, para luego ver a la gente paseando por la calle sin tomárselo en serio -responde una.



-¿Y usted?



-Que es una pena. Porque ves que van a morir absolutamente solos. Nadie puede subir a verlos porque tienen que estar aislados y ves a toda esa gente que va a morir sola. -responde la otra.

Quizás eso es lo peor de todo esto. Si ya es duro enfrentarse a una enfermedad que ha puesto del revés al país, morir en soledad debe ser la peor forma de hacerlo.

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