Durante una conversación entrecortada de emociones, Mario Vargas Llosa me dio a entender lo que Gregorio Marañón relata en este libro, Reflejos de mi tiempo (Galaxia Gutemberg). “Estábamos a solas –escribe Marañón–. Tras un segundo de silencio, que me hizo sentir un profundo escalofrío, Mario me dijo, rompiendo a llorar, que se estaba muriendo. Le acababan de descubrir hacía muy pocos días un cáncer de médula y la metástasis estaba generalizada en todo su organismo”.

No sé si el autor de La fiesta del Chivo expuso a algún compañero de la Real Academia Española lo que a mí me explicó pidiéndome absoluta discreción, escarchadas las lágrimas en los ojos sabios. Tal vez sí. Lo que está claro es que en el Patronato del Teatro Real comunicó su enfermedad a Gregorio Marañón. Y que vivió los últimos meses de su vida desarbolado por el dolor y la incertidumbre, desplomadas las esperanzas, temblorosas las horas del amor.

Gregorio Marañón, al recorrer los terrenos de la Transición, extiende su relato a personajes que le acompañaron en su fértil andadura a través del medio siglo democrático: Jesús Polanco, Juan Pedro Domecq, el hijo de Jaime Carvajal, Xavier Zubiri, Chueca Goitia, Juan Lladó y tantos y tantos otros, escondidos los más entre las cenizas del poder como cierto abogado emputecido; como el periodista encantador de serpientes que no pasaba de ser una serpiente encantadora; como el altivo aristócrata en inclinación cérvida; como el banquero emputecido encantado de haberse conocido… interminable lista, en fin, de mujeres y hombres que exprimieron la nueva libertad durante los tiempos de concordia y conciliación, aquellos años que descarnaron la dictadura, destriparon la España a garrotazos y establecieron un sistema de libertades en beneficio de todos.

“Como Kundera decía de Havel –afirma Pedro J. Ramírez–, la gran obra de arte de Gregorio Marañón está siendo su propia vida”. Para bien y para mal, abierta el alma de par en par. “Marañón aboga –continúa Ramírez– por una memoria que integra la de todos y alumbra nuestro pasado para que nuestro mañana sea diferente”.

Cierra este libro, en el que se enracima medio centenar largo de artículos publicados en periódicos relevantes, el viaje de Marañón al corazón de la ópera. El termómetro que mide la temperatura cultural de una ciudad es el teatro. Ahí están los ejemplos de Nueva York, Londres, París, Madrid y Buenos Aires, atentos a Berlín y al Shanghái que despereza la historia cultural china. Y lo más relevante del teatro es la ópera, síntesis de las artes todas: la música, el canto, la literatura, la pintura, el baile, la expresión sin fronteras de la pasión creadora.

'Reflejos de mi tiempo' relata el esfuerzo de una generación por consolidar la libertad desde la moderación y el entendimiento profundo de la cultura

Presidente Gregorio Marañón del Teatro Real, los Opera Awards consideraron al coliseo madrileño en 2021 y en 2024 como el mejor teatro de ópera del mundo. De ese éxito sin precedentes en España participaron los hombres que rodearon a Gregorio Marañón, con recuerdo especial para Gerard Mortier y hoy para Ignacio García-Belenguer y Joan Matabosch.

“Las reflexiones de Marañón –escribe Iñaki Gabilondo–, que podían parecer ingenuamente idealistas, nos resultan cargadas de contenido práctico. El año 2025 nos ha traído un tornado que intenta arrancarnos por las malas la armadura moral que nos protege”. Y concluye Gabilondo: “Queda por saber lo fundamental: hasta dónde estamos dispuestos a defender la libertad”.

Reflejos de mi tiempo relata el esfuerzo de una generación por consolidar la libertad real desde la moderación y el entendimiento profundo de la cultura. Abatidos los cerrojos, la luz de esa libertad incendió una España nueva que aborrascó los vientos y nos devolvió la savia escondida, “los dedos ojivales de una generación nueva hecha para acariciar las estrellas”. Y todos, desde la extrema izquierda a la derecha radical, pudieron escuchar el silencio sonoro de la libertad.