Novela

Cardumen

Rexina Vega

27 enero, 2012 01:00

Pendragón. Barcelona, 2011. 158 páginas, 16 euros

Dedicada inicialmente a la investigación literaria, la crítica y la docencia, la gallega Rexina Vega (Vigo, 1966) dio a conocer su primera novela, Cardumen, en 2007, gracias a un importante premio de narrativa gallega. Se edita ahora -tras un incomprensible retraso, ciertamente- la versión española de la novela, realizada por la propia autora. Y valía la pena, porque Cardumen, que presenta muchas de las características esperables en una creación primeriza, no es, sin embargo, una obra anodina, sino una interesante muestra narrativa. La autora trata de reconstruir un tiempo pasado -y, en realidad, ya remoto para ella- mediante la figura de una muchacha de nuestros días que repasa fotografías y documentos relativos a la historia familiar, mezclados con relatos de su abuela y recuerdos alojados en su memoria infantil. El ámbito temporal evocado se sitúa en el primer tercio del siglo XX y se alarga hasta después de la guerra civil; el marco físico de las acciones es la ciudad de Vigo, que en muchos momentos se convierte en un microcosmos donde se refleja, comprimida, la realidad de un país pobre, sometido al cáncer de la emigración forzosa y azotado por la violencia irracional de la contienda bélica.



Pero no hay en este planteamiento afán alguno de reconstruir un período histórico no vivido, sino de imaginarlo. Los hechos no sólo pasan por el tamiz de lo que relatan algunos supervivientes -la abuela y su grupo de amigas, sobre todo-, sino también por la reelaboración que sufren a cargo de la narradora, que selecciona, supone, presiente o fantasea acerca de la historia urdida, distanciándola así de la realidad objetiva y transformándola en una creación personal. Por eso la novela discurre a menudo por senderos oblicuos que apuntan otros motivos temáticos: la nostalgia de un tiempo perdido e irrecuperable, el abismo entre un pasado que permanece en viejas fotografías, periódicos y escritos -una realidad "virada a sepia, como un daguerrotipo" (p. 106)- y un presente que sólo parece estimular la mirada atrás y la comprobación desoladora de lo que el vendaval de la guerra truncó. Porque una de las víctimas de la devastación, Urbano, dramaturgo que crea grupos de teatro de aficionados para representar obras en gallego, corresponde a un ser real, pariente de una abuela de la autora: Urbano Rodríguez Moledo, inquieto escritor y representante de la corriente intelectual defensora del galleguismo, que murió fusilado por los insurrectos en 1936, a los 35 años de edad. Estos ingredientes personales no convierten tampoco el relato en una crónica familiar, porque lo decisivo es la reconstrucción de unas vidas únicamente con la consistencia que les presta la intensidad de la evocación. Podría decirse que se trata de un procedimiento poemático -subrayado por la disposición de la novela en cuadros sin ordenación cronológica precisa y con alternancia de puntos de vista-, y no faltan atisbos líricos en muchos momentos y páginas de excelente factura, como las dedicadas a la irrupción del grupo de falangistas en el teatro, o a los dramáticos finales de Urbano y de Fasito -incapaz éste de aceptar que "la realidad sea una inversión tan siniestra de los deseos" (p. 71)-, donde los acordes elegíacos invaden el recuerdo y acentúan su dramatismo.



Cardumen es una novela bien escrita, en cuya prosa se da lugar a algún neologismo audaz ("deslugar", pp. 31, 135) o a ciertas metáforas renovadoras ("el mapa marrón de las manos", p.15), pero también a unos cuantos deslices evitables, como esos "largos minutos" (p. 23) que no pueden ser largos ni cortos; también sorprenden defectos de concordancia: "aquellos para quien fueron hechos" (p. 108), así como ciertos usos rechazables: "aventa" por 'avienta' (p. 76) o la utilización reiterada de "llegar" por 'bastar' (pp, 34, 91, 148) y de "divertimento" por 'divertimiento' (pp. 27, 88), que son cosas distintas, aunque el Diccionario de dudas académico equipare ambas formas (no así el de Seco, más certero). Y queda en pie la curiosa incógnita de saber por qué el nombre de la actriz Hedy Lamarr aparece siempre como "Heidi Lamar" cuando tan fácil era evitar el error.