Novela

Miguel Street

V. S. Naipaul

29 julio, 2004 02:00

Miguel Street. Foto: V. S. Naipaul

Trad. Flora Casas. Mondadori. Barcelona, 2004. 207 págs, 16’50 euros

La concesión del Nobel de Literatura en 2001 a Vidiadhar Surajprasad Naipaul ha propiciado una creciente atención hacia su obra por parte de los editores, que han procedido, incluso, a la nueva traducción de alguno de sus títulos publicados con anterioridad.



Tal es el caso de Miguel Street, su tercer libro que ya había sido puesto en español en 1981 por Francisco Paéz de la Cadena y lo es ahora, de nuevo, por la más asidua y eficaz traductora de Naipaul, Flora Casas. Esta novela de 1959 cierra la trilogía iniciada en 1957 por El sanador místico, al que secundó al año siguiente The suffrage of Elvira. Para el propio autor, esa fue la etapa de su aprendizaje como escritor, técnicamente un tanto rudimentaria, con muy clara referencia autobiográfica y el propósito unitario de reflejar las peculiaridades coloniales de Trinidad desde la perspectiva social y racial que le correspondía, la de los emigrantes de origen indio que encuentran en su individualismo exacerbado la clave para sobrevivir en una comunidad criolla, con sus sincretismos étnicos, culturales y lingöísticos.



Miguel Street es el nombre de la calle en la que el protagonista, alter ego del autor, vive desde su llegada a Trinidad, dos años antes de la segunda guerra mundial, hasta su marcha a Londres para estudiar allí, lo que se cuenta en el último capítulo. Por cierto, quien actúa como muñidor de su beca, sobornado como era obligatorio, es el pandit Ganesh, el “sanador místico” de la primera novela de Naipaul convertido ya en político.



En octubre de 1903 Jules Romains, caminando por la bulliciosa calle parisina de ámsterdam, intuye la existencia de un ente vasto y elemental del que forman parte todos los seres que le rodean, y esta revelación, esencialmente lírica, recibirá por su parte el nombre de unanimismo, fundamentado en la entidad colectiva de los grupos humanos que conviven en un mismo espacio y que poseen, según el escritor, una misma ánima. Muy otro es el planteamiento de Naipaul con respecto a Miguel Street, la calle de Puerto España en la que el protagonista vive rodeado de una caterva de tipos singulares, algunos tan estrambóticos como Bogart, Man-man, Black Wordsworth, el tío Bhakcu o el barbero Bolo. Si bien existen relaciones entre ellos, y los jóvenes se agrupan en una pandilla, sus caracteres son sumamente individualistas, de modo que varios capítulos vienen a ser relatos que podrían ser leídos de manera independiente. Los tipos aquí pintados son seres sin norte, carne de cañón del engaño y el fracaso, y los más lúcidos anhelan escapar de Trinidad para hacerse con una vida auténtica. Varios de ellos regresan, sin embargo, derrotados a Miguel Street.



No existe, pues, un “unánime” que integre los personajes de la calle isleña, y el discurso narrativo ofrece cohesión fundamentalmente por las dos perspectivas que aporta el narrador. Pese a la elementalidad literaria de esta obra, el talento de Naipaul asoma ya en el juego de ese doble enfoque en torno al protagonista, que experimenta un aprendizaje personal a medida que los retratos de los demás vecinos de Miguel Street van siendo desgranados. El momento clave, ya cerca del final, se produce cuando el innominado narrador confiesa que “había empezado a tener una actitud crítica ante quienes me rodeaban” (pág. 200). Antes de alcanzar este punto de vista maduro, correspondiente al momento de la escritura de las historias incluidas en el libro, el niño protagonista había visto a los hombres y mujeres que le rodeaban con ojos de asombro.



Estilísticamente, Naipaul sigue las mismas pautas de El sanador místico, salvo en lo que se refiere al uso de la primera persona de un yo testigo: narración escueta, diálogos ágiles, con frecuencia anodinos o irrelevantes, y encadenamiento de una variada galería de retratos. Pero el texto revela una tensión, estéticamente muy apreciable, entre el deslumbramiento infantil del muchacho que vivió rodeado de individuos que le parecían imponentes y el escepticismo de él mismo, convertido en narrador adulto, cuando rememora su infancia y adolescencia en la isla perdida y ya abandonada.