Ensayo

España en los diarios de mi vejez

Ernesto Sábato

23 septiembre, 2004 02:00

Foto: Santi Cogolludo

Seix Barral. Barcelona, 2004. 237 páginas, 16 euros

Este libro de Sábato, que es a la vez un diario, un ensayo sobre temas diversos, y una reflexión sobre la vida, se inicia con el viaje del autor a Madrid el 5 de abril de 2002, cuando contaba ya noventa y un años.



Tras la publicación de su autobiografía, Antes del fin (1999), estas páginas completan el retrato de senectud de uno de los más ilustres escritores argentinos del siglo xx. Advierte ya en el prólogo: "Estos apuntes fueron escritos, y mayormente dictados, a Elvira González Fraga hace dos años, durante mis viajes por España, en aquel momento en que la Argentina se desplomó después de gobiernos nefastos dejándola en un estado de miseria, desempleo y destrucción como jamás nadie pudo imaginar". Firmado en Santos Lugares, donde reside, entre marzo de 2002 y junio de 2003, hace notar que los textos dictados fueron reelaborados. Entiende Sábato que estas páginas se hallan entre "la ficción y el ensayo", los dos géneros que ha cultivado. Lo que cuesta descubrir es la ficción, a menos que tomemos en consideración el papel de las "máscaras" que caracterizan cualquier género literario: "Siempre hay máscaras; salvo cuando el dolor, la bronca o la devastadora gratitud nos desnudan el alma". La palabra que utiliza con profusión es gratitud: hacia los demás, hacia la vida cotidiana, hacia Elvirita, como la denomina, hacia los residentes argentinos -exiliados o no entre nosotros- que descubre entre el público.



Este anciano tiene fuerzas para reclamar la atención sobre una Fundación que lleva su nombre en Buenos Aires mediante la que ha de aliviar las necesidades de la infancia en aquellos momentos tan difíciles para el país -el séptimo más rico del mundo en la infancia y juventud de Sábato- y entonces en bancarrota. En un intermedio que transcurre en Buenos Aires apunta: "No sé si Dios existe, y, como Sartre y Camus, no creo que sea éste un tema secundario, pero indudablemente existe el ansia que siente el corazón del hombre por su existencia. Elvira me está leyendo pasajes de la obra de Jon Sobrino", el jesuita salvadoreño. No tiene empacho en copiar literalmente un fragmento, como hará en otras ocasiones. En España Elvira le lee la Bibilia y cuando va a misa Sábato se queda en el hotel leyendo. Nunca renunció a su declarado existencialismo ni a algunos pensadores como María Zambrano y Cioran. Algunas referencias a otros escritores hispanoamericanos merecen más que una reflexión, como la alusión a la soledad en la que vive Roa Bastos. Tampoco podemos pasar por alto sus reflexiones sobre la naturaleza de la literatura hispanoamericana o sobre los autores del boom. Los recuerdos están tamizados por la nostalgia. No hay, salvo contra la clase dirigente de dentro y fuera de su país, una sola crítica. Bien es verdad que en algunos momentos se muestra catastrofista y en otros se enfada consigo mismo por su carácter que le lleva a ser descortés con alguien. Tampoco tiene reparo en recobrar claves de su infancia.



Desfilan por estas páginas multitud de personajes, desde Mercedes Sosa a Paco Ibáñez o Rafael Argullol. Sus relaciones con el Saramago van más allá de la amistad. Se trata de una fraternidad que le llevará a viajar hasta su casa de Lanzarote. Como anejos se publican los textos que se leyeron en el Homenaje del Círculo de Bellas Artes y un texto espléndido de Claudio Magris, así como las palabras que pronunció Saramago cuando la Universidad Carlos III le otorgó el doctorado Honoris Causa. En su segunda visita a España llega hasta Toledo, Badajoz y Barcelona. Y no puede faltar el análisis del paralelismo que advierte entre argentinos y españoles: "Los españoles no parecen tener la angustia metafísica de los argentinos, quiero decir del argentino común, del argentino por serlo. Mejor dicho, del porteño, del hombre que vive en un puerto. Aunque ¡la Pampa!, ¡la Patagonia!, ¡los Andes! ¡Qué inmensidad! ¡Cómo no habrían de ser metafísicos!". El conocedor de la obra de Sábato descubrirá algunas variaciones sobre sus temas predilectos: la literatura como redención, la crítica a la globalización que hace perder las señas de identidad, la complejidad de la naturaleza humana, el exilio, sus lecturas esotéricas, sus reflexiones sobre la muerte, sobre la física, que abandonó por la literatura. Pero estos diarios resultan también una fascinante visión de lo cotidiano, la valoración de lo que se nos ofrece y a lo que no prestamos atención: una comida satisfactoria, un paseo, la contemplación de Goya en el Prado. España le supuso, entonces, la alegría de los años que se le antojan últimos. Esta penúltima "máscara" humaniza al escritor argentino. Su fragilidad nos lo hace más próximo, más cálido en este bello libro menor.