Letras

Las cartas guardadas de Valle

Las cartas más personales del autor de divinas palabras

13 diciembre, 2007 01:00

Foto: Alfonso

Si hace una semana El Cultural desvelaba las últimas prosas inéditas de Ramón María del Valle-Inclán, hoy le llega el turno a su epistolario más personal: en él, Valle se nos muestra con el desconocido rostro del padre orgulloso, del autor atormentado por las preposiciones; del amigo de un Azaña enzarzado con Alcalá Zamora; del responsable de la Academia de España en Roma agobiado por las carencias del presupuesto, y mantiene un feroz intercambio epistolar con Fernando de los Ríos. Un Valle definitivo, a pie de calle, cuyos secretos descubrirá Espasa en 2008.

A Fantasio

[ Fantasio, seudónimo del crítico literario Daniel López Orense, que había comentado Gerifaltes de antaño en “Diario universal” (12-XII-1909). Esta carta debió escribirse en diciembre de 1909 o comienzos de enero de 1910.]



Al Señor Fantasio:

Le doy las gracias, muy Caro Señor: agradecido, a las palabras con que habla de Gerifaltes de Antaño. No quiero discutirle nada de cuanto dice, y tomo por testigo al tiempo. él dirá si la fe artística, y la fe religiosa, y la fe política, pueden ser cosa distinta en las almas, lo bastante felices, para abrazarse en esa triple llama. Yo, mirando dentro de mí, Señor Fantasio, sólo siento un calor y un resplandor. Poder hacer separación es cosa reservada a los grajos parlamentarios, que acierta a enriquecerse en los viles menesteres de la curia, y que adoban los discursos, de baja retórica, para alcanzar la admiración de los periodistas. [...] Para el Señor Moret, para el Señor Canalejas, [...]queda eso otro de ser en la vida secretarios de ayuntamiento, y grandes y elocuentes, y artistas de la palabra, cuando alzan los brazos y pronuncian discursos. ¡Esos discursos, donde por un escaso saber de letras, hallé siempre, menos literatura, que en el brindis de un torero!



Y volviendo al caso que me mueve a escribirle, quiero, Señor Fantasio, poner aquí algunas líneas de su artículo. [...] Estas censuras, de que usted hace luego muy gallarda y discreta disculpa, las tomo yo tan en cuenta, que ahora me place revelar el secreto de esa composición y distribución de capítulos, para muchos arbitraria. Gerifaltes de Antaño, tiene aquella composición que el Divino Leonardo llamaba de Pirámide. ¡La más loada en el Códice Oceanicus!



Le diré, Señor Fantasio, que, desde hace bastantes años, antes de escribir un libro trazo un plano que pudiera decirse gráfico. Busco el equilibrio de las partes, como hacían los viejos pintores. Vea usted el plano y las notas escritas antes de comenzar la novela [dibujo de una pirámide con los números de los capítulos a los lados]



Los capítulos 1.º y 2.º donde aparece mi remoto amigo Don Manuel Santa Cruz, se corresponden paralelamente, con los capítulos 33 y 34, también consagrados a la figura del famoso cabecilla -Los capítulos 3.º y 4.º destinados a reflejar tipos y ambiente del Ejército Republicano, también paralelamente, se corresponden con los capítulos 31 y 32- destinados al mismo objeto. -Los capítulos 5.º, 6.º, 7.º, 8.º, 9.º y 10º llenos con la acción que proyecta Santa Cruz, deben tener igual paralelismo con los capítulos 25, 26, 27, 28, 29 y 30 -Los demás capítulos centrales los llenara el grupo de la Marquesa de Redín, de sus nietos, Eulalia y Agila, del Duque de Ordax, y otros personajes que en libros sucesivos están llamados a tejer la fábula amorosa, dando el ambiente social de aquellos días de la República y Restauración Alfonsina. [...]



Ahora falta una explicación, Señor Fantasio. Compuesto el libro ajustándome a esta pauta, al imprimirlo borré un número e hice un solo capítulo del XIX y del XXX, por cuya razón sólo tiene treinta y tres. Las causas que a ello me movieron, Señor Fantasio, son de un orden que a mucha gente habrá de parecerle pueril. Del capítulo XXIX, después de llenar tres páginas, sólo quedaba una línea para la cuarta página, y todo lo demás, venía a ser en ella una fea falda blanca. Ya sabe usted, como es regla de arte que vuelvan cuando menos cinco líneas, y por este respeto a los manes del ingenioso menestral de Maguncia, hice la refundición que antes anoto.



Es posible que esta composición de equilibrio piramidal, que tanto amaron y practicaron los pintores de otro tiempo, no sea frecuente en una novela, ni siquiera razonable. Achaque es éste que no discuto. Pero conste que los capítulos de mi novela, están trazados con relación a un Orden. Que no lo hayan alcanzado quienes lo critican, no es culpa mía. [...]. Muy afectuosamente le saluda y le besa las manos. Por Valle-Inclán



A Jesús Muruais

[Jesús Muruais (1854-1903), catedrático de latín y periodista. Valle frecuentó su casa y biblioteca en el invierno de 1894, tras su primer viaje a México]

Madrid Abril 23-1902




Mi querido Muruais: No sabe usted la satisfacción que me ha producido su carta. Primero por saber de usted; y después por saber que le habían gustado Las memorias del Marqués de Bradomín. Ahora preparo La Sonata de estío también memorias del Marqués de Bradomín ¿puesto que la dedicatoria de Epitalamio -por respeto a las canas del Sr. de Alcázar- le ha satisfecho poco, y casi le ha hecho un caso de conciencia; quiero dedicarle la Sonata de Estío, que pasará en Tierra Caliente. La Sonata de Otoño se va vendiendo poco a poco. En un mes se han vendido en Madrid cuatrocientos ejemplares. Cuanto más extraño, puesto que el primer día que se puso a la venta, ningún librero quiso un solo ejemplar al contado. Yo me indigné y me negué a dejarlos en comisión. Así estuvimos algunos días, hasta que el público que había leído algunos fragmentos en los periódicos, empezó a buscar el libro por las librerías, y los ladrones de los libreros a pedírmelo. Yo me sostuve en no dar comisiones, siempre aconsejado por Don Benito Pérez Galdós; y si antes los daba al contado con el descuento del cincuenta por cien, después me planté en el veinticinco. (Consejo también del gran Don Benito). Una cosa que quizá le sorprenda. La Sonata de Otoño está escrita en un mes y veintisiete días. Sabe que es siempre su amigo que le quiere. Por Valle-Inclán



A Torcuato Ulloa

[Torcuato Ulloa, (1863-1946), periodista y escritor y uno de los mejores amigos de Valle]




Sr. Dn. Torcuato Ulloa

Mi querido amigo: Un nuevo favor voy a pedirle. Por un enredoso y femenil negocio, muy largo de contar, me conviene aparecer ausente de Madrid. ¿Podría Vd. publicar en un periódico de Galicia -cualquiera que él sea- esta noticia u otra semejante - “Hállase en las aguas de Incio nuestro amigo (aquí el nombre y el adjetivo) con objeto de reponer su quebrantada salud. Dentro de breves días tendremos el gusto de abrazarle”. “A principios de Otoño, si su salud se lo permite, publicará una novela titulada Candor que tiene ya casi terminada” etcétera- siga Vd. fantaseando. Si puede hacerlo, hágalo. Y ahora, a charlar un poco de literateos. Con efecto estoy terminando Candor. Y -a que andarse con falsas modestias- no estoy disgustado de mi obra. Hace un mes que no salgo de casa. Trabajando sin descanso, enfebrecido como no lo estuve jamás. ¡Es el calor, y el sol, padre de la vida! Candor es lo mejor que hasta hoy hice. ¿Sabe usted como lapidaba antes? Pues he añadido unas facetas más. Ya no tolero oraciones construidas de igual modo; ni preposiciones iguales en oraciones próximas. Además creo que hay un poquillo de novedad, no en el asunto sino en la manera de tratarlo. Figúrese que son unos cuantos tipos que no se conocen a sí mismos [...]Por manera que en el mal son candorosos, y en la virtud no son conscientes. Un poco de ironía, nada de sermón y mucha voluptuosidad. Seres simpáticos y sin sentido moral. ése es Candor.



¿Y Vd. qué hace? Le mando esa lista de títulos de unas historias bizantinas y prerafaélicas para que se la enseñe a Muruais y juntos elijan, el que más les guste. Salude en mi nombre a Isolina y demás familia. Muchos recuerdos a Muruais y Vd. reciba un abrazo de su amigo. Por Valle - Inclán



Manuel Azaña escribe a Valle-Inclán



[Membrete: El Diputado a Cortes /por /Bilbao] 15 de julio 1935

Sr. D. Ramón del Valle-Inclán


Querido Don Ramón: estoy en deuda con usted, por sus cartas, que le agradecí mucho y que me trajeron la buena noticia de su mejoría. Usted sabrá perdonarme la tardanza en contestarle. Cada día creo que el siguiente voy a encontrar los minutos de holgura necesarios para atender a mi correspondencia personal. Pierdo el tiempo y el humor, y no cumplo con nadie. Anoche regresé de Bilbao, donde he pasado tres días, con motivo del meeting de Baracaldo. El acto ha sido magnífico, casi con tanta gente como en Valencia, aunque el algo menor. El público, de proletarios en su mayoría, ha recibido muy bien cuanto les he dicho, que podrá usted leer en La Libertad, casi entero, porque la censura ha cortado algún párrafo. Esto marcha, pero arriba se hacen los sordos. Don Oppas [sic] [forma burlona de aludir a Alcalá Zamora], como usted dice, está resuelto a no cambiar de política, a no disolver las Cortes y a promover la reforma de la Constitución, su obra personal. La aspiración de Don Niceto es resucitar el panci-prietismo, reservándose él la función de díscipulo. Es lo que él conoce, lo que ha visto siempre, y lo que le gusta. Incluso con las mismas personas. Recientemente le ha aconsejado a Maura que recoja a Pérez Crespo, a Rosendo Gil y a otros elementos sanos. ésa es la visión que tiene de la política. Todavía conservo la esperanza de que los demás no hagan nuevas tonterías y que podamos llegar a una conclusión que no esté reñida con el sentido común.



Espero estar en Madrid hasta fin de mes, para terminar un librito en que cuento mi sublevación en Barcelona. Aunque quisiera irme una temporada, que buena falta me hace. Si antes viene usted a Madrid, lo sabré, y haré por verle. Supongo que traerá la nueva novela. Cipriano se irá a Italia en el Otoño, con la compañía, y después a América.



Cuídese, pero en vez de leer libros de medicina, escriba los suyos. Le envía un abrazo. Por M. Azaña



Al Ministro de Instrucción Pública

[Fernando de los Ríos (1879-1949), político y escritor, fue ministro de Gracia y Justicia y de Instrucción Pública durante la República]

Exmo Sr.

El que subscribe, Conservador General del Patrimonio Artístico, y, singularmente Director del Museo de Aranjuez por Decreto de ese Ministerio, inserto en la Gaceta de 29 de enero, a V. E. atentamente expone: El llamado Museo de Aranjuez, es un lamentable hacinamiento de muebles y cuadros de muy diversa valoración artística: los hay buenos, estimables, y del más sórdido adocenamiento. Algunos cuadros muy señalados han ido a decorar otros palacios, tal acontece con el Carro de Eros y las Tentaciones de San Antonio de Jerónimo Bosch. No es menos lamentable el traslado al Palacio de Madrid de la lámpara que decoraba el Salón de Porcelanas. Pieza única y de imposible sustitución en aquel y singular artístico conjunto, muestra más significada de lo que fue la cerámica nacional. [...]



La organización como Museo del que fue Real Sitio de Aranjuez es de capital importancia por decoro de la República. Que ese ministerio lo ha reconocido así lo confirma el nombramiento del que subscribe, a quien las responsabilidades del cargo le obligan a poner en conocimiento de V. E., hechos y circunstancias cuyo detalle estima que interesan a V. E. El que fue Palacio Real de Aranjuez no tiene ni el más rudimentario servicio de incendios. El que subscribe adoctrinado por lo ocurrido en el Palacio de la Granja y por un conato de incendio iniciado no hace mucho en la Casa del Labrador, y, finalmente por las ruinas que aún humean de la Universidad de Valencia, expone el hecho a la alta consideración de V. E. -La responsabilidad del que suscribe al silenciarlo, sería tanto mayor cuanto que las obras para dotar al Museo de un oportuno servicio de incendios son de fácil ejecución y moderado coste. [...]. En caso de merecer la confianza de V. E., espera respetuosamente el que suscribe, que V. E. ratifique sus órdenes y las haga cumplir. En el caso contrario [...] tiene el honor de ofrecer a V. E. su dimisión. Madrid 10 de junio de 1932. Por Valle-Inclán



De Menéndez Pidal

22 junio 1933

Sr. D. Ramón del Valle-Inclán

Mi querido y admirado amigo: leí con el mayor atractivo su larga carta y di cuenta de ella a la Junta de Relaciones Culturales. Es gran fortuna que un Valle-Inclán se preocupe activamente de esa Escuela de Roma que seguramente habrá de sacar gran provecho de ello, y los que estamos aquí debemos ver de ayudar a Vd. para que como Director remedie Vd. los principales defectos que advierte en ese organismo.



Hablé en el Ministerio muy especialmente de la idea de Vd. para que la Obra Pía vuelva a sostener la Escuela. El convencimiento de Vd. no hace sino afirmar el mío antiguo a ese respecto. Varias veces, años atrás, había hablado sobre el mismo tema en el Ministerio y no crea Vd. que es fácil vencer esa vieja tradición de tapadillos eclesiásticos y galantes que sorprende ahora su vista certera de novelista. Siempre hallé en el Ministerio calurosos defensores de la Obra Pía que me daban mucho que recelar; pero ahora ya me siento convencido, cuando el Subsecretario, un hombre tan recto y tan conocedor de Roma como Ocerín me asegura que la Obra Pía no podía con la carga de la Escuela y tenía sus fincas en perdición. No obstante me aseguró hace tiempo que algo podrá dar la Obra Pía a la Escuela y esto ya es algo. [...] Cuánto me alegra verle tan animoso en tan espinosa tarea! Espero su carta anunciada, deseándole salud y actividad. Yo iré a Santander a la inauguración de la Universidad de verano los primeros días de Julio pero regresaré pronto aquí, y siempre en ésta me tiene a sus órdenes, pues [...] recalo por Madrid a menudo. Afectuosamente le estrecha la mano, R. Menéndez Pidal



De Fernando de los Ríos

[Cortes Constituyentes]

Sr Don Ramón del Valle-Inclán

Admirado amigo: Ayer mismo en Consejo de Ministros hablé al Jefe de Gobierno sobre lo acontecido a U. con el Palacio de Aranjuez y mostré mi empeño de que veamos el modo de retraer al Conocimiento del Patronato de los antiguos bienes de la Corona cuanto se refiere al Palacio de Aranjuez y Casa del Labrador. Estoy, Don Ramón, perfectamente convencido, de que usted ha de hacer de aquellos Palacios, Museos exquisitos. Le suplico en nombre de la admiración que por usted siento, que no adopte determinación alguna acerca de este asunto, sin antes hablar con el Jefe del Gobierno como ayer convinimos que ha de hacerlo él con usted. Mi silencio no significó indiferencia, sino indicio de que estaba ocupándome con interés vivísimo de lo que usted hubo de comunicarme. Reiterándole mi ruego y mi admiración estrecha su mano su sincero amigo Fernando De Los Ríos.