Letras

El Candidato

por Jorge Bucay

26 octubre, 2006 02:00

Jorge Bucay

Plaza & Janés

La madrugada del miércoles 3 de marzo explotó la bomba que iba a cambiar de forma irremediable el futuro de la República de Santamora.

El objetivo del atentado era uno de los edificios públicos de mayor tradición, el Archivo General de la República de Santamora, una imponente mole de origen colonial, con fachadas de piedra y grandes ventanales que cubrían el frente de sus cuatro pisos. Era pasada la medianoche; apenas circulaban vehículos por la zona y era casi imposible cruzarse con transeúntes, como no fuera algún borracho que se hubiera perdido cuando iba a las tabernas y prostíbulos cercanos.

Seguramente por eso nadie pudo ver las sombras que aparecían y desaparecían como fantasmas en los ventanales del edificio del Archivo General: cuatro hombres enmascarados y totalmente vestidos de negro, que recorrían silenciosamente cada una de las dependencias como si las conocieran de toda la vida. Casi no tenían necesidad de consultar el plano que uno de ellos llevaba para elegir las columnas en que colocaban los artefactos que habían sacado de unas bolsas, también negras.

En el portal del edificio, un quinto enmascarado apuntaba al cuerpo inconsciente de un guardia de seguridad con la metralleta que tenía en una mano; en la otra sostenía un walkie-talkie.

Cuando terminaron su tarea, los cuatro asaltantes se reunieron en la entrada con el quinto. Sin decir nada, dos de ellos cogieron al guardia y lo arrastraron por la acera, con sus pies rebotando en las piedras centenarias, hasta llegar a un terreno baldío en el callejón contiguo. Allí lo maniataron y lo dejaron tirado sobre el suelo mugriento.

La estática del walkie-talkie anunció una llamada; el que lo llevaba dijo concisamente: «Estamos listos». Luego salió a la calle y se dirigió al callejón. Los otros lo esperaban ya sentados en una furgoneta.
—¿Os habéis deshecho del portero? —preguntó al subirse.
Uno de ellos asintió.
—Nos vamos —dijo al grupo.
La furgoneta se puso en marcha y, tras pasar frente al enorme edificio, se perdió por las desiertas calles de La Milagros, la capital de Santamora.

A las dos en punto, una enorme explosión derribaba gran parte del centenario edificio del Archivo General de la República de Santamora y una inmensa bola de fuego envolvía lo que quedaba en pie.

Justo enfrente del Archivo, al otro lado de una calle de doble sentido, se erguía el bloque en el que Agustín Montillano y Carolina Guijarro habían alquilado un piso cuando decidieron enfrentarse al desafío de la convivencia. Era un edificio rústico, de pisos reformados, no muy grandes, pero de precio asequible para las parejas de clase media y los profesionales que, como Agustín, trataban de sobrevivir con los magros salarios que había impuesto el régimen dictatorial de Severino Cuevas.

El estruendo arrancó de la cama a Carolina Guijarro, que, sin tener conciencia de lo que ocurría, cayó al suelo enredada entre la sábana y la colcha.

Una lluvia de cristales inundó la habitación y la onda expansiva de la explosión agitó de tal manera las estanterías y el armario que estuvieron a punto de caer sobre la cama.

Aturdida, Carolina trató de moverse; le costaba coordinar sus movimientos, le zumbaban los oídos hasta dolerle y al intentar levantarse sintió una fuerte punzada en el antebrazo. Se arrastró hasta la mesa de noche y encendió la luz. La herida sangraba profusamente. Como pudo, se hizo un vendaje con la funda de la almohada.

Según iba adquiriendo conciencia de la situación, la invadía más y más el desconcierto. Los pensamientos se arremolinaban, caóticos, en su cabeza. Pensó en Agustín; no estaba a su lado. Creyó recordar que esa noche tenía guardia, pero no podía estar segura; quizá estaba sangrando como ella en alguna parte de la casa. Gritó llamándolo por su nombre, pero no escuchó ni su propia voz.

No entendía si era porque no podía hablar o si estaba tan sorda que sus oídos no podían escuchar siquiera sus gritos. Cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla y rompió a llorar. Después de un tiempo que no debió de ser demasiado largo, pero que a ella le pareció eterno, el dormitorio empezó a llenarse con los reflejos rojos y azules de las ambulancias y de los coches de bomberos y de la policía que iban llegando al lugar de la explosión. Ojalá vinieran por ella, pensó antes de desmayarse.

Libro I
El principio

Tejiendo la urdimbre de mis opiniones sobre cómo puede gobernarse y conservar un principado, quiero establecer que me parece mucho más fácil conquistar un «Estado hereditario», acostumbrado a una dinastía, que someter a uno nuevo, ya que basta con no alterar el orden establecido por el gobernante anterior, y contemporizar después con los cambios que puedan producirse […] Si un territorio acostumbrado a vivir bajo la mano dura de un príncipe se enfrenta con la extinción de un linaje y queda sin gobierno, los habitantes, habituados a obedecer, no podrán ponerse de acuerdo para elegir a uno de entre ellos que los comande, aunque se den cuenta de que necesitan quien los mande ya que no saben vivir en libertad […] Así, [cuando asuman] que tampoco pueden organizarse para tomar las armas contra un usurpador, cualquier príncipe será capaz de conquistar fácilmente sus ciudades y retenerlas bajo su dominio.

NICOLáS MAQUIAVELO,
El príncipe, capítulo II

A las cinco de la mañana Mario Fossi, jefe de traumatología del Hospital Central, colgó el teléfono y corrió por los pasillos esquivando camillas, enfermos en sillas de ruedas y enfermeras que se volvían hacia él con cara de pocos amigos.
—¡Paso, por favor! Es una urgencia… Por favor…
En la sala de psiquiatría se detuvo ante una enfermera que tecleaba furiosamente en un ordenador.
—Sandra, tengo que ver a Montillano, ¿duerme?
—No. Está en la sala con una paciente, doctor.
—¿A esta hora? ¿Es una emergencia?
—¿Qué?
—¿La paciente tiene una crisis nerviosa? ¿Está a punto de sui-cidarse?
—Oh, no… Es la señora Gómez, que no podía dormir y mandó llamar al doctor.
—Bien… entonces esto es más urgente.
Sin decir nada más, entró en la sala. El doctor Agustín Montillano estaba hablando en ese momento: —… y es posible que su insomnio sea una consecuencia más de su incapacidad para darse cuenta de lo que le pasa en la relación con su pareja… —El psiquiatra se interrumpió al ver entrar a su amigo—.
¡Mario!… ¿Qué haces aquí?… Son las cinco de mañana…
—Lo siento, Agustín, pero esto es importante.
Fossi se volvió a la señora de mediana edad que lo miraba con los ojos desencajados, le dirigió una sonrisa y, tomando al psiquiatra por el brazo, lo arrastró fuera de la sala.
—Disculpe, señora —le dijo desde la puerta—, todo está en orden.
El doctor Montillano debatirá conmigo su caso y después volverá para hablar con usted…
—¿Qué crees que estás haciendo? —lo increpó Agustín cuando entraban en el ascensor—. ¿Te has vuelto loco?
—Debes ir a tu casa. No puedo acompañarte, tengo que estar en
urgencias. Todavía no sabemos con lo que nos vamos a encontrar.
—Mario, ¿de qué diablos estás hablando?
—Ha habido un atentado con bomba en el edificio del Archivo General. Frente a tu casa.
—¿Qué? Carolina… estaba en el piso.
—Tranquilo… Está herida, pero nada de cuidado. Ya están allí los médicos de urgencias. Uno de ellos la reconoció y llamó para que te avisáramos.
—¡Voy ahora mismo!
—Eso es lo que te he dicho. Le pedí a la recepcionista que te tuviera un taxi en la puerta… debe de estar esperándote.
—¿Le importaría dejar que me marche? —dijo Carolina—. ¡Le he dicho que estoy bien!
El médico dejó de limpiar la sangre del brazo de Carolina y la miró de frente.
—Señorita, tiene usted un corte muy feo en el brazo. Y, cuando se lo desinfecte, tendrá que ir al hospital para que se lo cosan.
Y también para que le miren los oídos.
—¡Estoy bien! Respecto a mis oídos, la explosión me dejó sorda por un momento, pero ya oigo perfectamente.
—Entonces, ¿por qué está gritando?
—¡Le digo que estoy bien!
—Disculpe, no puede irse. Me gustaría que se diera cuenta de que yo sólo hago mi trabajo.
—Y a mí me gustaría que me permitiera hacer el mío.
Agustín apareció justo cuando Carolina pronunciaba estas palabras.
—¡Caro! ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?
Carolina sonrió al verlo, pero enseguida torció el gesto.
—Sí, estoy bien, pero necesito el teléfono, necesito hablar con la emisora, ¡necesito cruzar la calle!
Agustín se acercó a ella y le dio un beso en la frente.
—Calma, calma. De todas formas, aunque estuvieras en condiciones de ponerte en pie, no podrías cruzar la calle. El edificio está completamente acordonado.
En efecto, en ese momento la policía impedía el paso a cualquiera que no perteneciera al cuerpo de bomberos: si bien el fuego parecía estar controlado, todavía caían pedazos de cristal de los ventanales destrozados y no se descartaba la posibilidad de nuevos derrumbes.

Varias ambulancias estacionadas en la zona se ocupaban de los vecinos heridos. Afortunadamente nadie había sido alcanzado de lleno por la explosión y no parecía que hubiera víctimas fatales.

Sólo cortes, raspaduras y golpes sin importancia. Los más lastimados parecían ser el guardia de seguridad, que los paramédicos atendían en ese momento en el callejón, y Carolina Guijarro, obligada a dejarse atender en una camilla instalada en la entrada de su propio edificio.
—Perdone, ¿podría mantener el brazo quieto? —dijo el médico, que colocaba un vendaje a presión para evitar que siguiera sangrando.
—¿Por qué el Archivo, Agustín? ¿Crees que son los mismos terroristas que la semana pasada atentaron contra el Museo del Ejército y los monumentos de la plaza de la Revolución?
Agustín se dirigió al colega que atendía a la joven:
—Disculpe, soy Agustín Montillano, del Central. ¿Le importa si me ocupo yo?… Gracias.
—Oh, mierda, mira quién está ahí —exclamó Carolina señalando a la calle—. Agustín, déjame ya.
—¿Estás loca?
—Es Pablo Godoy, de El Ojo Avizor. ¿No lo entiendes? La explosión ha ocurrido enfrente de nuestra casa y aun así él se hará primero con la noticia.
—Estás herida y vas a necesitar unos cuantos puntos de sutura…
—Yo sé lo que necesito… necesito mi grabadora, necesito un teléfono y necesito a mi cámara.
—Carolina, ahora no puedes…
—¿No puedo qué?… Lo único que no puedo es seguir aguantando que tú y el estúpido de tu colega me estéis diciendo lo que puedo y lo que no puedo hacer…
—Será mejor que vayamos al hospital.
—¿Me estás escuchando? ¿Acaso me quejo yo por tus guardias, tus pacientes, tus dudas existenciales…?
—Caro, estás todavía afectada por el trauma… —le dijo con calma infinita.
—Te odio cuando te pones condescendiente y no me tomas en serio. Primero voy a averiguar qué ha pasado en el Archivo, depués pasaré por la Cadena 20 y cuando termine iré al hospital. Eso es lo que haré. Con tu permiso o sin él.

Diciendo esto, se levantó de la camilla y miró hacia la fachada del Archivo General, o lo que quedaba de ella: una mezcla extraña de ruinas, escombros, desconchones y ventanas rotas. Se le aflojaron las piernas y otra vez se le escaparon las lágrimas. En ese momento se dio cuenta de la magnitud de la explosión.

Agustín se acercó por detrás y le tocó el hombro.

—Relájate un momento, Carolina. Por ahora no puedes hacer nada. Deja que te suturemos la herida. Carolina asintió despacio. Agustín no quería correr el riesgo de que Carolina se cerrara otra vez en su eterna rebeldía, así que, aprovechando el momento, hizo una señal a los enfermeros para que lo ayudaran a subir la camilla a la ambulancia.

Camino del Hospital Central, Carolina Guijarro, más angustiada por sus pensamientos que por lo que le estaba pasando, le preguntó a Montillano, sin siquiera fantasear que el psiquiatra tendría respuesta:
—¿Por qué sucede siempre lo mismo, Agustín? ¿Cuándo va a terminar todo esto? ¿Cuándo vamos a poder disfrutar en paz?
Cada vez que nos acercamos, algo o alguien vuela todo lo que hemos logrado. Como si no les importara el dolor de las víctimas…
Después de suturar él mismo la herida consiguió, gracias a las influencias de su amigo Fossi, que ingresaran a Carolina en una habitación privada de la sala de traumatología.
—Trata de descansar, son casi las seis —le dijo—, vendré a verte luego. ¿Necesitas un sedante?
—No, no lo creo. De todas maneras no estoy segura de que consiga dormir…
—¿Quieres que avisemos a tu madre? —ofreció Montillano, aunque sabía la respuesta.
—¿Para qué? ¿Para que venga a decirme que esto me pasa por ser periodista? ¿O para que vuelva a preguntar dónde estabas tú y qué clase de pareja somos?
—Yo estaba de guardia, Carolina… —intentó disculparse Agustín—. Y tú lo sabías.
—Sí, es verdad. Pero ¿sabes? En la confusión de esta madrugada, aturdida por la bomba, tanteé la cama, para tocar tu cuerpo, te busqué a mi alrededor, te llamé a gritos, preocupada por ti… y, una vez más, no estabas… una vez más que yo necesito saber que estás conmigo y estás en otro lado.

—Caro… ¿te parece que es éste el momento de hablar de nuestras dificultades?
—No. Nunca es el momento. En cuanto a mi madre —continuó Carolina—, sí, te pido que le avises… Después de todo, tendré que dormir en algún lado hasta que arreglen el piso…
—¿Quieres que busque…?
—¿Qué…?, ¿un lugar para los dos?… —interrumpió Carolina—. No, Agustín, no… por ahora lo prefiero así. Después veremos.
Ella apagó la pequeña luz sobre la cama y él salió del cuarto rumbo a la sala de psiquiatría.
A pesar de la hora y del silencio sepulcral de los pasillos, Agustín decidió pasar por la cama de la señora Gómez. Si aún estaba despierta, merecía que le explicara por qué la había dejado. Pero no, ella dormía plácidamente.
En la sala de médicos, Agustín se calentó un poco de café y se entretuvo mirando por la ventana el amanecer sobre los tejados de La Milagros.

Pronto la ciudad despertaría con la noticia de un nuevo atentado, esta vez de inusitada violencia.

Desde hacía varios meses, muchos habían sentido, como él, que un aire de apertura se respiraba en el ambiente sociopolítico de la pequeña república. Después de la locura asesina del régimen militar de las primeras dos décadas de dictadura, en los últimos diez años se habían ido moderando los excesos y limitando los ataques de furia represiva con que el gobierno solía responder a cualquier atisbo de crítica o de oposición.

Tal vez, como decía el rumor que se susurraba por los pasillos de la Casa de Gobierno, el Excelentísimo Señor Presidente se estaba volviendo viejo. Aunque Agustín sabía por su profesión y por su experiencia que no parecía razonable creer que el envejecimiento bastaría para transformar a Cuevas en un tierno abuelito.

En cualquier caso, Carolina tenía razón. Las fantasías de una progresiva vuelta a la República habían sido una vez más dinamitadas, pero no por los villanos de siempre.

Esta vez eran los cuadros de la guerrilla que el ejército había derrotado y desarticulado en todos los frentes, avalados por una oposición diezmada por la falta de dirigentes y decapitada por los asesinatos de Estado, los que, intuyendo cierta debilidad del dictador, pretendían recuperar protagonismo por la vía del miedo y el terror.

De todas maneras, sin importar de donde viniera, ni sus razones últimas, Agustín sabía que desde siempre había sentido esa mezcla de odio y de temor que generaba en él la sola proximidad de la violencia. Por un momento dudó cuál de los dos sentimientos era primario. Su profesión le decía que razonablemente debía de ser el miedo, más arcaico y esencial, el origen de sentimientos más complejos…

De pronto su pensamiento dio un salto en el vacío como muchas otras veces: ¿sería ese miedo a lo nuevo y diferente lo que una y otra vez le impedía formar con Carolina esa pareja que los dos querían?

—Menuda noche —interrumpió Mario entrando en el despacho y dejándose caer en el diván—. Estoy destrozado.
Agustín no abrió la boca ni apartó la vista de la ventana.

—Oh… pues nada, ya sabes, las urgencias, infernales como siempre, y hoy con las víctimas de la explosión… —dijo Mario haciéndose el ofendido—. Gracias por preguntar.
—Lo siento, Mario. No estoy muy hablador.
—El Archivo General, ¿te das cuenta? —continuó Fossi, sin hacer caso de su comentario—. Todos los datos sobre las personas censadas del país, borrados de un plumazo.
Agustín se encogió de hombros. Hubiera preferido no hablar, pero como su amigo guardaba silencio, finalmente dejó escapar un comentario.
—Estos terroristas no respetan nada.
—¿Terroristas? No lo creo, querido amigo. Tienes que mirar un poco más allá. El gobierno pasa por un momento delicado después de tantos años: la presión internacional se hace cada día más fuerte; nuestro querido comandante está cada vez más caduco. Hasta sus más fervientes defensores saben que la vuelta de la democracia es cuestión de tiempo. Y en medio de este panorama, ¿qué sucede? Que desaparecen todos los datos que podrían servir para organizar un censo electoral. Qué casualidad.

Agustín suspiró, cansado.
—¡Tú y tus paranoicas teorías de la conspiración!
—¡Eso es! —se dijo Mario para animarse—… Pero no van a poder pararlo. Don Severino no va a salirse esta vez con la suya.
—Oh, sí… —se burló Montillano—. Seguro que el general Cuevas estará temblando ahora mismo en su palacio…
—No creo que esté temblando, pero te aseguro que debe de estar desde hace una hora hablando con el títere ese que tiene como mano derecha para planificar sus próximos pasos. él sabe que se le vienen tiempos difíciles.
—No es el único… —dijo Agustín—. Tengo que pedirte un favor, Mario. Necesito que me permitas dormir en tu casa por unos días.
El piso no está en condiciones y… —Claro, hombre, ningún problema. ¿Y Carolina?
—Hablé con ella hace un rato. Dice que por ahora prefiere irse a casa de su madre.
—Puedes venir a mi apartamento cuando quieras, Agustín, pero ¿vale la pena tanto lío? Después de todo, en un par de semanas como mucho, vuestro piso estará otra vez en condiciones…
—¿Quieres la verdad? Las cosas ya no venían del todo bien entre nosotros. Creo que Carolina va a aprovechar la situación para tomar distancias y tal vez tenga razón. Quizá los dos debamos pararnos a pensar un poco hacia dónde va lo nuestro.

Mario percibió la angustia de su amigo; se acercó a él y le rodeó los hombros con el brazo, acercándolo a su cuerpo. Agustín tardó en esbozar su tibia sonrisa de agradecimiento. Su cabeza estaba en otro lado.

Como Mario Fossi había supuesto, en ese preciso instante el general Severino Cuevas observaba desde su despacho el mismo amanecer que los médicos del Hospital Central. Detrás de él, el coronel Zarzalejo esperaba órdenes.

—No me sorprende lo que me cuenta —dijo el General—. Todo está dentro de la lógica.
—Usted ya me había dicho que tarde o temprano alguno de esos trasnochados decidiría intentar presionarlo. Lo felicito por su visión, señor.
—Gracias, coronel. Como usted sabe, para triunfar en una guerra es importante anticiparse a los movimientos del enemigo. Es bueno que lo sepa desde ahora, coronel: gobernar es estar en guerra, una guerra permanente contra todos los que se oponen al bienestar de la patria.

—¿Vamos a movilizar a los equipos especiales para buscarlos, mi general?
—No, Zarzalejo. Eso no cambiaría mucho las cosas. A estas alturas, los acontecimientos son imparables. Lo único que hay que dejar en claro es que sigue siendo el gobierno el que decide el ritmo de lo que se hace y de lo que no se hace en Santamora… Como siempre le he dicho, hay que tener las cosas bajo control y hacer saber a todos quién las controla.

Esa misma noche Cuevas dio lectura a un comunicado utilizando, como era su costumbre, la radiotelevisión estatal. Esto significaba que todas las emisoras nacionales entraban en cadena de transmisión y debían interrumpir su programación y que todas las señales extranjeras eran interferidas.

El presidente apareció vistiendo su uniforme militar de gala.

En su pechera colgaban las más de cincuenta medallas que él mismo se había conferido a lo largo de los últimos treinta y dos años.

Miró a la cámara y leyó su discurso de corrido.

—Pueblo de mi patria: cumpliendo con la palabra que he empeñado cuando liberamos al país del régimen opresor, hace más de treinta años, he decidido que se dan las condiciones para que, a partir de ahora, los habitantes de la República Democrática de Santamora hagan honor al adjetivo que forma parte de su glorioso nombre y sean quienes elijan libremente en las urnas a sus próximos gobernantes. Quiero dejar claro que este anuncio lo hago tal y como lo tenía previsto y que, por esa razón, de ninguna manera debe interpretárselo como una respuesta a los hechos que son de dominio público.

Después guardó el papel y, con un gesto de fastidio, bajó la mirada y en lugar de la prolongada perorata de alabanzas a sí mismo con las que solía finalizar cada uno de sus discursos agregó un simple «Es todo» y salió del salón.