Entreclásicos por Rafael Narbona

Salvar a los clásicos: amor y pedagogía

Los clásicos seguirán editándose pero continuarán ocupando un lugar marginal y, en muchos casos, necesitarán el apoyo de fundaciones para seguir circulando por las librerías

8 noviembre, 2021 14:12

El séptimo centenario de la muerte de Dante ha promovido en España la aparición de nuevas y rigurosas traducciones de la Comedia, pero lo cierto es que los clásicos continúan confinados en las catacumbas de las librerías. En la Casa del Libro de la calle Fuencarral de Madrid, los clásicos ocupan un rincón en el sótano. Casi nunca hay nadie en esa zona que recuerda los espacios habilitados en los viejos videoclubes para las películas pornográficas, cuando aún no había despegado internet y ni siquiera había aparecido el CD. No me parece una analogía gratuita. A fin de cuentas, Cervantes, con sus bromas escatológicas y su moral de soldado orgulloso de sus hazañas bélicas, Shakespeare, con sus tramas truculentas y machistas, y Dante, con su mitología cristiana, que reserva atroces castigos para los adúlteros, los sodomitas y los blasfemos, ¿no pueden ser calificados de “pornográficos”? ¿Cuánto tiempo tardará el #MeToo en pedir que La fierecilla domada y Otelo sean pasto de las llamas? ¿Hasta cuándo podrá leerse a Cervantes, un españolista que sitúa en el mismo plano la pluma y la espada? ¿Soportará Dante la hostilidad de una nueva era que ha proscrito la perspectiva espiritual, asegurando que lo único trascendente son los placeres terrenales? 

“Paideia” es un término griego que puede traducirse como educación. No es un simple concepto, sino uno de los pilares de la Grecia antigua. El filólogo alemán Werner Jaeger utilizó la palabra como título de un célebre ensayo, Paideia: los ideales de la cultura griega. El libro apareció en 1934 y se amplió en ediciones posteriores, la última –si no me equivoco- de 1947. Desde entonces, es una obra de referencia que abarca desde los poemas homéricos hasta los diálogos de Platón. Según nos cuenta Jaeger, los grandes poetas como Homero y Hesíodo o los trágicos como Esquilo, Sófocles o Eurípides siempre se consideraron educadores y no meros literatos. Si alguien les hubiera hablado del “arte por el arte”, habrían reaccionado con perplejidad, pues entendían que su papel no era entretener, sino enseñar a ser un buen ciudadano y un hombre piadoso. ¿Significa eso que los poetas y los trágicos griegos adoctrinaban? No, si entendemos por adoctrinar la manipulación de la verdad, pero sí si consideramos que promover una determinada visión del mundo constituye un acto de propaganda. En Psique. La idea del alma y la inmortalidad  entre los griegos, de Erwin Rhode, otro ensayo de filología clásica publicado entre 1890 y 1894 y no menos valioso que Paideia, leemos: “No se creía atentar en lo más mínimo contra la dignidad literaria ni el valor artístico de un poema por el hecho de que se esperase de él, al mismo tiempo, una influencia educativa, adoctrinadora”. 

¿Cuáles eran las enseñanzas y valores que transmitían los poetas y los trágicos de la Grecia clásica? Evidentemente, los de su cultura, pero hay que aclarar que su cultura no es una más, sino la primera que merece ese nombre: “la historia de aquello que, con plena conciencia, podemos denominar nosotros cultura, no comienza antes de los griegos”. Esa cultura se caracteriza por “una nueva estimación del hombre que no se aleja mucho de la idea difundida por el cristianismo sobre el valor infinito del alma individual humana ni del ideal de la autonomía espiritual del individuo proclamado a partir del Renacimiento”. Sin la idea griega de cultura, no existiría la civilización occidental. Los griegos colocan al hombre en el centro de su pensamiento y le atribuyen un juicio crítico y una capacidad normativa. Este humanismo sitúa la vida contemplativa o vida intelectual en la cúspide de su escala de valores. Sin la búsqueda de la sabiduría, la vida del hombre se desliza hacia la barbarie del instinto, donde no hay otra regla que la búsqueda del poder y el placer.

El mundo actual le ha dado la espalda a la idea de cultura creada por los griegos y desarrollada por el cristianismo. Quizás esa es la razón por la que los clásicos sobreviven a duras penas en las catacumbas. Las novedades editoriales que atraen a las nuevas generaciones intentan desmontar 2.500 años de historia, creando un nuevo modelo de sociedad, donde el apego a la patria (o polis), la familia o el espíritu sea reemplazado por el desarraigo, el individualismo y el nihilismo. Se habla de promover la diversidad, pero todo el que se atreve a reivindicar la tradición sufre un linchamiento. Se condena el adoctrinamiento, pero se alecciona sin cesar desde obras que disparan contra todo lo que en otro tiempo se consideró valioso o sagrado. Me limitaré a examinar el efecto que ha producido este fenómeno en la valoración de los escritores españoles de un pasado reciente.

Se describe a Unamuno, Azorín y Ortega como precursores del fascismo. Se margina a literatos de ideas conservadoras, como Wenceslao Fernández Flórez, maestro del humor, Gonzalo Torrente Ballester, creador de mundos sostenidos por una poderosa imaginación o Luis Rosales, autor de uno de los poemarios más hermosos del siglo, La casa encendida. Se ignora a escritoras como Ernestina de Champourcín por su sensibilidad religiosa o a Rosa Chacel por su beligerancia contra el feminismo. Según la autora de Barrio de Maravillas, se debe emplear la palabra “hombre” para designar a todo ser humano con independencia de su sexo, pues su acepción contempla a todos los individuos dotados de espíritu. En cuanto a “la pequeñez y obtusidad humanas, [es un] patrimonio equitativamente repartido entre los dos sexos”. Por cierto, tanto Chacel como Champourcín pasaron por la dolorosa experiencia del exilio por su oposición a la dictadura franquista.

Se presta poca atención a Miguel Delibes por su amor al medio rural y se entierra a Julián Marías por sus convicciones católicas. De nuevo, dos plumas enfrentadas al régimen surgido del golpe de estado de 1936. Al mismo tiempo, triunfan novelas que reescriben la Guerra Civil desde una memoria selectiva, ocultando que la barbarie prosperó en ambos bandos y no fue obra de incontrolados, sino de unas ideologías (fascismo, anarquismo, comunismo) que habían decidido exterminar a sus adversarios. Es cierto que se ha rescatado a Manuel Chaves Nogales, una de las figuras más insignes de la Tercera España, pero de vez en cuando grazna algún columnista, acusándole de “equidistante”, una posición que –supuestamente- expresa oportunismo, deshonestidad y tibieza. Chaves Nogales tuvo que huir de España para no ser fusilado por cualquiera de los dos bandos. Está claro que su “oportunismo” no calculó muy bien las consecuencias de condenar incondicionalmente la violencia, desdeñando las consideraciones partidistas. 

Los clásicos no desaparecerán y seguirán editándose, quizás por la inercia de los siglos, pero continuarán ocupando un lugar marginal y, en muchos casos, necesitarán el apoyo de fundaciones y subvenciones para seguir circulando por las librerías. No me hago muchas ilusiones sobre el porvenir, pero al menos me permito este desahogo. Me deprime saber que Unamuno ya no es lectura obligatoria en bachillerato y sí lo son Isabel Allende y Almudena Grandes. Imagino que algún día Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, reemplazará al Quijote. Quizás esta nota solo merezca la calificación de pataleta, pero de vez en cuando es necesario hacer ruido y protestar para reivindicar una buena causa. ¿Cómo podemos salvar a los clásicos? Leyéndolos, sin duda, pero también con algo de amor y pedagogía (paideia), dos cosas que el mundo necesita urgentemente.

@Rafael_Narbona

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