Exposiciones

Marina Abramovic

Conocer por el dolor

24 abril, 2003 02:00

Lips of Thomas, 1975-1997

Shoot. La Fábrica. Alameda, 9. Madrid. Hasta el 7 de junio. De 15.000 a 35.000 euros

Estrena La Fábrica su nuevo espacio expositivo, en las inmediaciones del Reina Sofía, y el inicio de actividades de una nueva dirección -la de Damián Casado, procedente de Garage Regium-, con la primera exposición individual en una sala comercial de la artista serbia Marina Abramovic (Belgrado, 1946), a quién tuvimos ocasión de entrevistar en estas páginas hace aproximadamente un año con motivo de su participación en PhotoEspaña 2002.



Abramovic es una de las pioneras en el arte del event y la performance. Su trabajo ha sido emparentado con los de Gina Pane, Chris Burden, Vito Aconcci y Joseph Beuys, vinculaciones que no siempre reconoce o le gustan.



La muestra se titula Shoot, que es el nombre que dio Chris Burden a una de sus acciones del año 1971, filmada en Super 8, y que ha devenido mítica en el arte de la performance. Se inicia la proyección y Chris pregunta: “¿Sabes qué estamos haciendo, Bruce?”, y éste, uno de sus amigos, le dispara en el brazo. Vemos a Burden sujetándose la herida y luego escuchamos el rebotar de un casquillo contra el suelo.



Inscritas en esa misma asunción de la violencia ejercida contra sí misma, que elige como material de experiencia el cuerpo propio, están dos de las acciones de Abramovic aquí expuestas: Rhythm 10, 1973-1997, y Lips of Thomas, 1975-1997 -las dos fueron proyectadas hace unos meses en el Centro Cultural del Conde Duque-. En la más antigua de éstas, Abramovic clava un cuchillo repetidamente, y cada vez más rápido, entre los dedos de su mano abierta, haciéndose involuntariamente algunas tajaduras; en Lips of Thomas, ella misma efectúa con una cuchilla de afeitar varios cortes en su vientre dibujando la estrella de David, trazos que sangran, labios de carne abierta.



Respecto a Dragon Head, 1990-1992, la artista contaba en una conferencia que la performance consistía en enroscarse cinco serpientes, pitones y boas constrictor fundamentalmente, en torno al cuerpo. La duración del acto era de aproximadamente una hora. El suelo de la sala estaba cubierto de bloques de hielo a fin de proteger a los espectadores, pues las serpientes no saben arrastrarse sobre superficies heladas.



La obra de Abramovic entremezcla performance, vídeo y fotografía, tres modalidades muy distintas de experiencia artística, aunque ella misma reconoce que es en la primera, en el diálogo directo entre performer y público asistente, donde se alcanza el punto de máxima liberación y vitalidad energética. El vídeo recoge la documentación de los hechos ocurridos y, bien en el proceso de edición, bien en el uso -rechazado por Abramovic- del loop -la repetición en bucle de una o varias secuencias-, se produce un cambio radical en la percepción de los mismos. Nada tiene que ver con la presencia viva.



Me atreveré, por mi parte, a decir que la fotografía, extraída del vídeo o tomada directamente durante la realización de la performance, lleva el acto y el documento al borde ambiguo que les separa de la estética de las imágenes estáticas -así, desde antiguo, la pintura-. En la muestra, piezas como Pietá, 1993, y, sobre todo, la más reciente de las expuestas, Mambo, 2001, ofrecen esa cualidad, en otras ocasiones recusada, de belleza y de vinculación histórica a un modo plástico de ese concepto. Así, el clasicismo de Pietá -en el que junto a Abramovic posa el que fue su compañero, Ulay, con quién trabajó entre 1976 y 1988- y las referencias degasianas de Mambo -que no empecen la ambigöedad resultante entre lo apolíneo de la pose y lo sanguinoliento de su reflejo-, así como la estilización de la figura y el pedestal metálico, chocan con el deteriorado espacio elegido para la representación.