Grete Stern, 'Sueño n.º 15: Sin título, de la serie «Los Sueños»', fotomontajes. Buenos Aires,1949. Foto: Grete Stern. Archivo Grete Stern. (Gentileza Galería Jorge Mara -La Ruche)Foto: © Institut Valencià d’Art Modern, IVAM (Photo Juan García Rosell, IVAM)

Grete Stern, 'Sueño n.º 15: Sin título, de la serie «Los Sueños»', fotomontajes. Buenos Aires,1949. Foto: Grete Stern. Archivo Grete Stern. (Gentileza Galería Jorge Mara -La Ruche)Foto: © Institut Valencià d’Art Modern, IVAM (Photo Juan García Rosell, IVAM)

Arte

Resulta que España es un país surrealista: una nueva mirada a la corriente más popular del arte moderno

La exposición de la Fundación MAPFRE comisariada por Estrella de Diego nos desvela ciertas claves que fueron obviadas hasta ahora.

Más información: Surrealismo, 100 años de arte más allá de la razón: la historia del movimiento en siete hitos

José María Parreño
Publicada

Si no me engaño, surrealismo y surrealista son los únicos términos del arte moderno que se han filtrado al lenguaje común. Nunca he escuchado a nadie decir que ha vivido un fin de semana cubista o que tiene un primo dadá, pero noches surrealistas las hemos pasado todos. Bien es verdad que se ha popularizado el término en lo más superficial: surrealista es lo sorprendente, lo desmesurado, lo ilógico… Se deja de lado la que fuera su apasionada y –vista desde hoy– admirable ambición: cambiar la vida y transformar el mundo. Lo primero lo aprendieron de Rimbaud y lo segundo de Marx.

Como palanca para forzar las puertas de todas las convenciones, se armaron con la teoría del inconsciente de Freud. Semejante cóctel daría como resultado algunas de las más aparatosas y perturbadoras creaciones del arte del siglo XX. Otras peculiaridades del surrealismo son su extensión y su pervivencia. De lo último es prueba la miríada de grupos surrealistas que todavía hoy siguen activos (como el Grupo Surrealista de Madrid y su revista Salamandra). De lo primero, la ingente nómina de participantes de esta misma exposición y como resumen, el mapa de pared con que se cierra y que reúne casi 100 nombres en tres continentes. También da idea de su amplitud el hecho de que, teniendo un origen literario, se extendió internacionalmente a casi todos los campos de las artes visuales: la fotografía, el cine, la pintura… Y para terminar esta introducción, me gustaría señalar un hecho para el que nunca he encontrado explicación satisfactoria: cómo es que España, que en los años veinte del siglo pasado era simple periferia de los centros de vanguardia, produjo tres de los nombres fundamentales del movimiento: Salvador Dalí, Joan Miró y Luis Buñuel. Y varios también de primera importancia: Oscar Domínguez, Remedios Varo y Joan Massanet, entre otros. A ver si resulta que España es un país surrealista.

En 1924, un joven escritor de veintiséis años llamado André Breton, que había servido en la Gran Guerra como enfermero en varios hospitales psiquiátricos, publicó el Manifeste du surréalisme. El término francés se podría traducir literalmente como “sobre realismo” o como “super realismo” (así lo tradujo Guillermo de Torre, uno de sus introductores en nuestro país). Alude en definitiva a una existencia “más alta”, a una superrealidad. La que rige el auténtico funcionamiento del pensamiento, libre de las ataduras de la razón y de cuestiones estéticas y morales. Los surrealistas tratarán de acceder a ella a través del sueño ingobernable y de las estrategias del automatismo y el azar.

Con epicentro en París y animado –y controlado– por Breton, sin embargo, el surrealismo pronto tuvo diversas encarnaciones y derivas. También exclusiones, tanto por razones de ortodoxia como de geografía o de género. Y a esto apunta esta exposición, fraguada entre cinco museos de dos continentes, que con buen tino se adapta, en su itinerancia, a las “otredades” de cada lugar. Es decir, mantiene un núcleo integrado por obras de autores indiscutibles y se completará en cada sede con particularismos.

En el caso español, con una presencia destacada de Gala y Dalí (tempranos apóstatas del bretonismo) y también con la de artistas como Planelles, Massanet, Ferrant, Ismael y algún otro nombre que no suele aparecer en las panorámicas internacionales del movimiento. Para presentar estos “Otros surrealismos” ha habido que reunir más de 200 obras de 65 colecciones públicas y privadas, lo que representa todo un logro de gestión. Otro logro es el de la comisaria, Estrella de Diego, que las ha ordenado en un discurso original y verosímil, que hace brillar cada obra colocándola en una constelación.

Óscar Domínguez: 'Máquina de coser electro-sexual', 1934-1935. Foto: Øystein Thorvaldsen

Óscar Domínguez: 'Máquina de coser electro-sexual', 1934-1935. Foto: Øystein Thorvaldsen

El papel que concedió Breton a las mujeres fue el de médiums (“bellas y sin nombre”, las llama en el primer Manifiesto). Ese displicente borrado lo compensa aquí la comisaria convirtiéndolas en destacadas introductoras de cada apartado de la muestra. Entre las 35 autoras seleccionadas están, por ejemplo, Maruja Mallo, Ángeles Santos, Maria Martins, Toyen, Ithell Colquhoun, Grete Stern, Amparo Segarra, Alice Rahon, Marion Adnams, Raquel Forner o Dorothea Tanning. Destacaría Darvaux (1950) de Carrington, Como una liana (1946) de Martins y el extraordinario Icono (1945) de Remedios Varo. En esas otredades del canon surrealista podemos encontrar desde las fotografías de Nicolás de Lekuona y Gregorio Prieto al apoteósico Armario surrealista (1941), de Marcel Jean, cuyas innumerables puertas entreabiertas señalan otros tantos caminos que la exposición pretende explorar. Y es que, además del surrealismo canónico de de Dalí, Magritte, Ernst, Picasso o Delvaux esta muestra da cuenta de las lecturas “surrealizantes” que se produjeron en Argentina, México o Brasil. Esto nos llevará a conocer a autores raros, pienso en Hector Hyppolite, pintor haitiano autodidacta relacionado con el vudú.

Creo que en los últimos años hemos vuelto al surrealismo con un nuevo interés. Y eso va más allá del reclamo circunstancial de los aniversarios. Tiene que ver con un replanteamiento de los valores de la modernidad y también del arte moderno. No podemos olvidar que la ortodoxia vanguardista siempre vio el surrealismo con sospecha, por demasiado emocional y demasiado anclado en el cuerpo y sus pasiones. Era una piedra en el zapato con el que avanzaba el progreso. El zapato era el formalismo abstracto, que le sentaba tan bien a la ciencia y la técnica. El surrealismo en cambio utiliza la analogía como llave maestra para acceder a lo desconocido y cree en la supremacía última de la naturaleza. No es extraño pensar que hoy en día tiene algo que enseñarnos.