Image: Manuel Rivera: nostalgia de la pintura

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Exposiciones

Manuel Rivera: nostalgia de la pintura

13 enero, 2005 01:00

Sin título, 1994

Leandro Navarro. Amor de Dios, 1. Madrid. Hasta el 18 de febrero. de 9.500 a 56.000 euros

Sentía Manuel Rivera en sus últimos años nostalgia de la pintura. Confesaba con frecuencia que echaba de menos la práctica pictórica propiamente dicha, el placer del pincel manchando el lienzo, que había abandonado a partir de 1956, cuando descubrió la tela metálica como medio de expresión personal, materia industrial cuyo tratamiento plástico lo condujo a aplicar a la obra conceptos y soluciones de carácter escultórico, por más que inventara soluciones cromáticas con que pre- servar su trabajo como "pintura".

Lo cierto es que el sentido -el tacto- experimentado sobre lo tridimensional y la intuición o necesidad de incluir el espacio real como elemento constitutivo de la obra de arte estuvieron presentes en su biografía desde el comienzo. Hay un dato curioso casi olvidado que resulta bien expresivo: Manolo Rivera, nacido en Granada en 1927, vivió su infancia en una familia de artesanos, y él se inició artísticamente en un taller de imaginería. Allí aprendió el concepto de que la obra de arte es una realidad física antes que una representación. De ahí que, a comienzos de los 50, cuando dejó la pintura figurativa de sus murales (los del Teatro Isabel la Católica de Granada, y los realizados para los pueblos construidos por el Instituto de Colonización, bajo la dirección del arquitecto Fernández del Amo), Rivera se planteara agujerear y rasgar sus cuadros de investigación abstracta, experimentando con el espacio real, dentro del espíritu del Manifiesto espacialista de Lucio Fontana. Y de entonces arranca asimismo el interés de Rivera por el espacio construido y por el vacío concebidos como elementos plásticos determinantes de la modernidad, cuestiones que debatió intensamente con Oteiza, al que conoció en 1953 en el I Congreso de Arte Abstracto en Santander, donde el vasco disertó sobre escultura dinámica, dinamismo que tanto iba a importar en la estructuración de las telas metálicas de Rivera.

Con todo, en el último tramo de su vida Manolo Rivera tanto echó en falta el placer de pintar-pintar (ejercido desde los años de estudio en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla hasta su encuentro imprevisto con la tela metálica, que lo haría un artista absolutamente singular entre nuestros informalistas históricos del grupo El Paso) que, al final, volvió gozosamente a la práctica del óleo. Aquel retorno crepuscular (coincidió con los años de su enfermedad) y entusiasta a la pintura constituye ahora el capítulo más sugestivo de esta selecta exposición conmemorativa del décimo aniversario de su muerte, presentando un conjunto de pinturas sobre cartón fechadas en 1994 y hasta ahora no expuestas, serie que contrasta, por su intimismo, su alegría, su ensimismamiento y su formato, con la estupenda sucesión de rutilantes y documentadas telas metálicas y estarcidos que se exhiben en las salas mayores de la muestra.

Este conjunto de cuadros, todos ellos de 50 por 60 centímetros, parece constituir una serie, contar una historia completa; sin embargo, son sólo fragmentos, hechos aisladamente -un poco de pintura, un poco de collage y un poco de ritmo constructivo- y concebidos como partidas o variaciones de una pieza musical, basada en la declaración de fe radical en el expresionismo abstracto "americano". Ese sentido fragmentario confiere a cada una de las obras una vivacidad especial, y las remite -como citas de recordación- unas veces al sentimiento vivo del color, a la alusión figurativa y a la seguridad en estructurar de su amigo José Guerrero, otras veces al temblor compositivo del sistema de su admirado Rothko, centrado en implicar rectángulos de contorno suave (flou) flotando sobre un fondo de pintura más espesa, y otras veces remitiéndose a interpretaciones de la propia obra -el entramado de mallas y estarcidos, y el resplandor del vacío, con confianza en el logro de una propuesta en que empeñó su vida.