"Es un cambio histórico”. El ministro de Economía, Luis de Guindos, no dudó en calificar la transformación del déficit por cuenta corriente en superávit como uno de los mayores logros del Gobierno. El saldo negativo en el que se incurrió en los años de la burbuja fue la principal causa de la recesión tan larga y profunda que sufrió España, por eso el superávit de los últimos cuatro años ha supuesto una de las mejores noticias posibles para la economía española. Para el Gobierno, este es uno de sus mayores logros, sin embargo, la balanza exterior ha vuelto a mostrar algunos de los desequilibrios del pasado. El problema es que los tres factores que propiciaron esta recuperación tienen un elevado componente cíclico, por lo que es muy pronto para dar por sentado un cambio estructural.

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Estos tres factores son el turismo, el petróleo y la caída de las importaciones por la crisis económica. Si se eliminan estos componentes, la situación de la balanza por cuenta corriente vuelve a mostrar algunos desequilibrios que el Gobierno ya daba por superados.

La balanza comercial (que mide exportaciones e importaciones de bienes) fue la única alegría que tuvo la economía española en el peor momento de la crisis. Las empresas hicieron un gran esfuerzo para buscar otros mercados cuando se hundió la demanda en España. Aquí sí que se ha producido un cambio estructural importante, ya que las exportaciones no dejan de crecer un lustro después. En 2016 alcanzaron los 255.000 millones de euros, aunque también es cierto que su contribución al PIB ha empezado a caer. En 2016 aportaron un 22,85%, el menor dato desde 2012.

Pero el indicador que manda en la balanza comercial es el de las importaciones, ya que ha sido más volátil. Al estallar la crisis se hundieron las compras de bienes extranjeros, en especial de productos no energéticos: en un solo ejercicio, el de 2009, las importaciones cayeron un 38%. Tal fue la caída que ha tardado ocho años en recuperar el nivel que había antes de la crisis: 240.000 millones de importaciones no energéticas.

La demanda interna empezó a recuperarse en 2014, lo que hizo temer a muchos economistas que España volviese a los déficit previos al estallido de la burbuja. Sin embargo, el país se encontró con un aliado inesperado: el desplome del precio del petróleo. La proliferación del fracking en Estados Unidos provocó una guerra del crudo con los países árabes que propició que el precio del barril de Brent cayera un 75% entre 2014 y 2016.

Gracias a este factor externo España tuvo que destinar menos de 30.000 millones de euros a importar productos energéticos en 2016, la menor cifra desde el año 2003. En apenas cuatro años, el coste de comprar energía se había reducido a la mitad. Este regalo de 30.000 millones de euros es el que ha permitido que las importaciones totales de España todavía estén 12.000 millones por debajo del máximo que marcaron antes de la crisis.

Pero si no hubiese sido por el desplome del petróleo, España ya hubiese vuelto a tener déficit en la cuenta comercial. El tiempo ha terminado por demostrar que cuando los dos factores coyunturales han dejado de ser favorables, han vuelto los problemas estructurales del pasado, eso sí, con mucha menos virulencia.

Una vez que se ha recuperado la demanda interna, las importaciones están creciendo más rápido que el PIB, lo que eleva la presión sobre la balanza comercial. En 2009 las importaciones equivalían al 16% del PIB y en 2016 eran ya el 22%. El segundo de los factores, el petróleo, también está mostrando su virulencia. Después de caer por debajo de 30 dólares en 2016, este año cotiza por encima de 50 dólares el barril, lo que significa una subida del 40%. El resultado es que el déficit comercial de enero se ha incrementado un 31% respecto al mismo mes del año anterior.

Era un espejismo

En el año 2013 Guindos calificó la recuperación de la balanza comercial como “la mejor noticia para la economía española”. En ese año las importaciones cayeron hasta 250.000 millones de euros, 30.000 millones menos que antes de la crisis, lo que permitió esta mejoría. De hecho, si no se tienen en cuenta los productos energéticos, el saldo de la balanza comercial alcanzó ese año un superávit histórico, de 24.000 millones de euros.

Sin embargo, el tiempo terminó por mostrar que la recuperación fue cíclica y que, una vez que la economía se fue recuperando, volvió el déficit del pasado (eso sí, en una cuantía inferior a la de los desequilibrios de la burbuja). En 2016 la balanza comercial excluidos los productos energéticos dejó un déficit de 2.500 millones de euros y en enero de este año, el déficit alcanzó los 860 millones.

El 75% es turismo

El otro gran apoyo de la balanza por cuenta corriente es la cuenta de servicios. Este es el gran foco de ingresos de España, ya que genera un superávit de casi 50.000 millones. El país ha realizado importantes avances para mejorar la competitividad de los servicios profesionales, que históricamente eran deficitarios. En el último ejercicio completo hasta el tercer trimestre de 2016 (último dato disponible) tuvo un superávit próximo a los 14.000 millones.

Sin embargo, el turismo es el principal motor de la cuenta de servicios, ya que aporta el 73% de los ingresos. En este periodo, el superávit que generó fue de 36.000 millones de euros. Estas cifras históricas tienen un elevado componente coyuntural, ya que España ha recibido una parte de los visitantes que iban a otros países del Mediterráneo en los que la seguridad no está garantizada por los atentados.

Todos estos factores permitieron que la balanza por cuenta corriente cerrara 2016 con un superávit de 22.000 millones de euros. Un saldo positivo muy importante para el país, pero que se sostiene sobre factores coyunturales. Sólo el tiempo determinará si el cambio de la economía española ha sido verdaderamente estructural.