Macroeconomía

El repunte de la inflación pone en peligro la competitividad de la economía española

La escalada del IPC renace los viejos fantasmas de los desequilibrios dentro de la eurozona. Por primera vez en seis años los precios suben un 3% en España.

Noticias relacionadas

“El problema básico con una unión monetaria entre naciones diferentes es extraordinariamente simple. Empezando por las diferencias en las tasas de inflación esperadas –el resultado de una larga historia de diferencias en inflación real–, una tasa de interés única provoca inexorablemente divergencias en competitividad”. Este fragmento del libro El fin de la alquimia, del exgobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, refleja bien el problema de las diferencias de inflación en la eurozona y su impacto sobre la competitividad.

Hasta hace unos meses, los economistas discutían si Europa se encaminaba hacia un proceso deflacionario. El propio presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, reconocía que esta era su mayor preocupación, por lo que puso en marcha una batería de estímulos monetarios como nunca antes se habían visto en el Viejo Continente. Tras este esfuerzo, los datos del IPC (Índice de Precios de Consumo) de diciembre y enero han liquidado definitivamente el temor a la deflación y todo parece volver a la normalidad lentamente. Una normalidad que fue la que provocó en España una fuerte pérdida de competitividad y un endeudamiento externo que nunca se había visto.

El IPC armonizado (el que permite la comparación entre los países europeos) de España subió en diciembre hasta el 1,4% en tasa interanual, el mayor avance en tres años y medio. Además, el INE ha adelantado una inflación en enero del 3%, la mayor subida en seis años. Pero este no es el problema, ya que una inflación del 1,4% está por debajo del objetivo del BCE del 2%. Lo importante es que esta ha sido la primera vez que la inflación de España ha superado a la del conjunto de la eurozona desde agosto de 2013. En concreto, el IPC de la región fue tres décimas inferior, del 1,1%.

La subida de precios fue especialmente intensa en el sector industrial, con un incremento del 2,8%. Hay que remontarse hasta el año 2012 para encontrar un avance similar (y todos estos datos todavía no recogen la fuerte subida de la luz de enero). Es cierto que esta subida responde en gran medida a al encarecimiento del petróleo, pero tampoco aquí está el problema, ya que la subida de los combustibles es la misma en toda la región. Para España, el problema es comparativo, esto es, la evolución de su inflación en relación con el resto de países europeos.

Desde la creación del euro hasta 2009 no hubo ni un solo mes en el que la tasa de inflación de España fuese inferior a la de Alemania o de la eurozona. Esto supuso una pérdida de competitividad que se fue acumulando a lo largo de los años y que terminó por provocar el desequilibrio que estalló con la crisis. Así lo explica King: “Aumentó los déficits comerciales de pleno empleo en países donde la competitividad se estaba perdiendo, y aumentó los superávits comerciales en aquellos donde se estaba ganando”.

El desequilibrio de competitividad y el crecimiento por encima de la tasa de pleno empleo provocó “una situación comercial insostenible”. España consumía mucho más de lo que producía, estimulado por los tipos de interés bajos del euro, y terminó por acumular un déficit externo que hundió la economía cuando no pudo financiarse.

Durante la crisis se ha corregido esta situación con una fuerte caída de los precios en España en gran medida, obligando a los trabajadores a cargar con el coste a través de la devaluación salarial (desde 2008 se han perdido 41.500 millones de masa salarial). El problema viene ahora que se acaba la crisis. Distintos responsables del Gobierno han prometido a los españoles que el modelo de crecimiento de España ha cambiado y que aquellos déficits no volverán a producirse. Hasta ahora España ha tenido relativamente fácil mantener sus ganancias de competitividad respecto a la eurozona gracias a que los precios llevan tres años y medio cayendo más. El problema viene ahora que la inflación vuelve a repuntar por encima de la europea.

“Los déficits comerciales de los países de la periferia han caído bruscamente desde la crisis financiera mundial y ahora están generalmente en equilibrio. Pero, salvo que haya una mejora significativa en la competitividad externa, resurgirán si la demanda doméstica se recupera y se restaura el pleno empleo”, escribe King. España todavía no está en una situación de pleno empleo y la inflación justo empieza ahora a superar a de la eurozona. ¿Es demasiado pronto para decir que no volverán los problemas del pasado?

Lo estructural

España volverá a ser en 2017 y 2018 uno de los países que más crezca de la eurozona y, probablemente, el que más empleo origine. Una previsión que se sostiene principalmente sobre la demanda interna y la creación de empleo. Poco a poco, se producirá ese acercamiento al nivel de pleno empleo, que podría alcanzarse en 2020 si se cumplen las estimaciones del Gobierno de que ese año se conseguirán los 20 millones de trabajadores. Es cierto que la tasa de paro seguirá siendo elevada, pero es que el desempleo estructural está incluso por encima del 15%.

El reto es compaginar este crecimiento con ganancias de competitividad para mantener a raya el déficit externo. En una unión monetaria donde el ajuste no puede producirse por la vía del tipo de cambio, es habitual que los desajustes se reflejen en la inflación, por lo que la evolución de los precios para los próximos años será un factor clave. En especial el diferencial de inflación con la eurozona.

Desde la introducción del euro en las calles, en enero de 2002, los precios en España siempre han subido más que en la eurozona en las fases de inflación. En los últimos tres años la caída de los precios ha sido superior en España, pero ha sido una etapa especial en la que la Europa ha estado al borde de la deflación por el desplome de los precios energéticos. Sin contar este periodo, durante la crisis, siempre que hubo inflación, fue más intensa en España, no hay más que ver los años 2010, 2011 y 2013.

También es importante apreciar que el efecto de la energía es mínimo sobre el diferencial de inflación entre España y la eurozona, como muestra el siguiente gráfico. Ahí se muestra el diferencial del IPC general y el IPC subyacente y se aprecia una correlación casi total. Esto significa que si los precios suben o bajan más en España, no se ha debido a la evolución de la energía (petróleo). Hay otras razones detrás de estos datos, esto es, vuelta a los diferenciales de competitividad y crecimiento y, si algo muestran estos gráficos es que la inflación siempre es mayor en España cuando los precios suben.

Lo importante a partir de ahora será cómo evolucionan los precios ahora una vez que ha vuelto la inflación. En su informe anual publicado esta semana, Esade anticipa un regreso a los desequilibrios estructurales. Los profesores Josep M. Comajuncosa y David Vegara anticipan que “todos los países de la zona euro verán caer su inflación algo por debajo del 1,5%, a excepción de algunas economías de la periferia como España, Irlanda y Grecia, donde se puede superar ligeramente el 2%”. La Comisión Europea también anticipa una inflación superior en España, con un avance del 1,6% y un 1,5% para 2017 y 2018, frente al 1,4% estimado para la eurozona en estos dos años.

La inflación apenas acaba de hacer acto de presencia después de tres años continuados de caída de precios. Aunque todavía es pronto para que se encienda ninguna alarma, es cierto que el regreso de la inflación y, sobre todo, el diferencial de inflación con la eurozona, puede poner presión sobre el cambio de modelo del que presume el Gobierno.

King es muy claro en sus previsiones. Para el exgobernador del Banco de Inglaterra “el verdadero desafío no es el estado de las finanzas públicas, sino la competitividad externa de un país”. Y ofrece tres recetas, de las cuales, “la zona euro debe seguir una (o alguna) combinación”.

En primer lugar, mantener la devaluación salarial en los países del sur de Europa hasta restaurar toda la pérdida de competitividad vivida desde la creación del euro. La segunda alternativa es crear un periodo de alta inflación en los países con superávit, como Alemania, para eliminar estas diferencias de competitividad. La tercera es abandonar cualquier intento por restaurar la competitividad dentro de la zona euro y “aceptar la necesidad de transferencias explícitas e indefinidas desde el norte hacia el sur para financiar los déficits comerciales de pleno empleo de la periferia y para servir la deuda externa”. Si ninguna de las anteriores se cumple, la última alternativa que apunta es “aceptar una ruptura total o parcial del euro”.