Ha estado siempre ahí, formando parte de la vida cotidiana de muchos. Nacida hace más de 70 años en Tokio, Casio empezó a hacerse fuerte en el terreno de las calculadoras. Comenzó creando una compacta totalmente eléctrica, para llegar después, en 1972, a la primera calculadora personal del mundo.

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Entre medias, la compañía de se lanzó con las máquinas de escribir y creó su calculadora científica personal, habitual todavía hoy entre los pupitres de los colegios españoles. Así, tuvieron que pasar más de 30 años, hasta noviembre de 1974, para que Casio introdujera en el mercado el que es quizá su producto más conocido: el reloj de pulsera electrónico.

El Casiotron, como se llamó al primer reloj electrónico impulsado por la compañía, marcó un antes y un después. Con el objetivo de diversificar el negocio, Casio aprovechó su conocimiento en calculadoras para trasladarlo al mundo de los relojes, que en ese momento vivían una revolución tecnológica.

"Este reloj no solo mostraba las horas, minutos y segundos, sino que también tenía una función única que podía determinar automáticamente la cantidad de días en un mes", explican desde Casio. Una revolución creada por el rey de las calculadoras que pronto alcanzaría un éxito global.

Los relojes Casio recorrieron el mundo entero gracias al cine. En Poli de guardería, el detective John Kimble, interpretado por Arnold Schwarzenegger, lucía uno a comienzos de los 90. En esa misma década, en 1996, el propio Ethan Hunt, encarnado por Tom Cruise, mostraba otro reloj en la primera película de Misión Imposible.

La clave estaba en que los relojes Casio dejaban a un lado las agujas para pasar a dar la hora en formato digital, con luz que iluminaba la pantalla y emitía un pitido cada hora. No sólo eso, es que poco a poco fue logrando también añadir otras funciones como alarma, calendario... Lo tenía todo para convertirse en el reloj de moda. 

Casio WE con calculadora

Tanto es así que los niños de EGB crecieron luciendo alguno de ellos. El F-91W es, probablemente, el modelo más icónico de todos. También llegaron otras variantes como el reloj con calculadora incorporada (muy útil para los exámenes de 'mates') o el G-Shock, un reloj que era capaz de recibir cualquier golpe sin inmutarse. 

Pero quizá sus modelos más míticos eran aquellos que llevaban incorporados pequeños videojuegos. Por ejemplo, con el Cosmo-Flight, que ayudaba a los adolescentes a echar las horas muertas jugando a los marcianitos; o el Car Race, que, como su propio nombre indica, permitía jugar a las carreras de coches. 

Casio-Cosmoflight

Sin embargo, los Casio están lejos de ser historia. En época de relojes inteligentes que cuentan pasos, enseñan wasaps y controlan el pulso cardíaco, los míticos relojes japoneses siguen sumando adeptos entre los jóvenes.

Salto a la música

No obstante, en calculadoras y relojes no terminó todo. La japonesa quería abarcar más mercado, y encontró la fórmula en los instrumentos musicales. El teclado electrónico Casiotone llegó al mundo en 1980. 

"Fue diseñado para ser tan fácil y divertido de tocar que cualquiera podría aprenderlo sin ningún entrenamiento especial o una práctica rigurosa", cuentan desde la compañía. En este sentido, explican, el objetivo del Casiotone no era crear un teclado con el típico sonido electrónico, sino más bien con tonos que reprodujeran los sonidos del piano, el órgano y la guitarra.

Dieron con la tecla adecuada: "El crecimiento económico en ese momento en Japón había creado un ambiente cultural caracterizado por un cambio del materialismo hacia objetivos más espirituales". Ahí, el Casiotone fue aceptado "de forma instantánea" por el mercado "como una nueva forma divertida de disfrutar de la música", cuentan.

Tanto es así que no fue el único. En 1986, la compañía lanzó al mercado el Sampletone (SK-1), que podía grabar sonidos externos, y que pronto se convirtió en un éxito de ventas. En 1987, llegó la guitarra electrónica.

Desde entonces hasta ahora, la compañía ha perfeccionado sus relojes y calculadoras, pero también ha intentado participar en el mercado de las cámaras de fotos o los teléfonos inalámbricos, con menor éxito. Una trayectoria histórica que resiste en un presente digital.