Aplicaciones  de redes sociales, en una imagen de archivo.

Aplicaciones de redes sociales, en una imagen de archivo.

La tribuna

El mito de Ariadna enredada

Desde hace un mes más de 100 nostálgicos del Instituto Santa Irene de Vigo preparan un encuentro de 50 aniversario. En estas semanas se han puesto al día después de años de silencio. Algunos aseguran correr a diario 20 kilómetros en hora y media, otros enseñan a sus mascotas, algunos circulan en el grupo intervenciones de personajes públicos haciéndose eco del encuentro. Todos comparten una memoria ochentera, la levedad del tiempo y un espacio común. Operan su particular red social, solo que no es una red, es un sistema de mensajería. No es Facebook, es WhatsApp. Y aunque hoy todo sea lo mismo, no lo es en la práctica de usuario.

Hablar de un encuentro de exalumnos de BUP (todo mi buen rollo con esa generación del 69) es muy oportuno porque esa era la vocación de la red social de Mark Zuckerberg. Un simple anuario alternativo y molón de una privilegiada promoción de Harvard. Quince años después se pueden adelantar dos conclusiones: la primera, los exalumnos a los que me refiero activaron al mismo tiempo un grupo de Facebook y uno de WhatsApp y un mes más tarde el primero casi no se ha estrenado. La segunda, aquella variación de anuario digital que vio la luz en febrero de 2004 ha cambiado no solo nuestra forma de comunicarnos sino la percepción misma de nuestra vida y nuestro entorno en términos globales.

Es curioso que las redes sociales consiguieran su propio Día Internacional (30 de junio) apenas seis años después del lanzamiento de Facebook. Un ejemplo de la precocidad y el alcance de su impacto. Saltando los protocolos burocráticos asociados a estas efemérides, las redes se hicieron con su Día por la vía directa del clic. 

El nacimiento de las redes supuso un asalto a los mecanismos tradicionales de comunicación. Afectaron a los medios de comunicación y, por extensión, a toda la estructura de división de poderes que define nuestra sociedad. Pero también a las relaciones personales. De lo colectivo a lo individual, las redes nos han dado mucho poder y más visibilidad. La cotidianeidad, el amor, la amistad, la ideología…  todo ha pasado de un ámbito más o menos privado a un escaparate superlativo y aspiracional.

En el proceso debimos asumir que nada es gratis. Que todo aquel alegre teclear traducía nuestro yo más recóndito a base de datos. El algoritmo desveló su papel en esta breve historia. Un tejer y destejer que forma parte de esta nueva conectividad y del motor que la alimenta: una soledad camuflada en la multitud que interactúa. 

Las redes mutan o desaparecen -emoji sonriente para los ex de Tuenti-, se adaptan a las necesidades del usuario y a sus dificultades para escribir pensamientos complejos en un puñado de caracteres. Todavía no han cumplido su mayoría de edad y poco más podemos aventurar sobre su futuro salvo que es tan amplio como nuestra existencia. 

Muchas dudas y una certeza: hacer 20 km en 90 minutos con 50 años es toda una proeza. 

*** Xurxo Torres es CEO de la consultora Torres y Carrera y coordinador del libro 'En tiempo de dragones'.

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