La temática de esta Bonilista fue sugerida por el tarugo Jordi Hernandez, que también contribuyó a la misma con información y datos relevantes.

A Jesse Vincent se le fue de las manos su side project. Antiguo Project Manager encargado del desarrollo del lenguaje Perl y creador del exitoso issue tracker RT, a partir de 2012 empezó a interesarse por la ergonomía de los teclados.

Jesse compartió algunas imágenes de sus prototipos en foros de entusiastas de los teclados mecánicos y la recepción fue enormemente positiva. Cada vez que usaba su teclado en público, alguien se acercaba a preguntarle dónde lo podría comprar, así que él y su mujer -Kaia Dekker, graduada en el MIT, MBA y experta en consultoría financiera, que se puso al frente de la gestión del proyecto- se liaron la manta a la cabeza y en junio de 2015 lanzaron una campaña en Kickstarter para fabricar una tirada de 400 unidades a un coste de 300 dólares, un precio que puede parecer excesivo, pero que apenas daba para cubrir costes con una producción tan artesanal.

El “problema” es que, para su sorpresa, vendieron más de 2.000 teclados. Era imposible satisfacer toda esa demanda de forma artesanal, así que, decidieron fabricarlos en serie, pero siguiendo los mismos estándares de calidad que se habían fijado inicialmente. Ni en la peor de sus pesadillas podrían haber imaginado que tardarían más de dos años en entregar las primeras unidades.

Hugo Tobio

Hugo Tobio

El primer obstáculo que tuvieron que superar fue encontrar un proveedor, pero ¿dónde se encuentra un fabricante de componentes electrónicos? Jesse y Kaia improvisaron diferentes estrategias de búsqueda -como, por ejemplo, revisar los registros de aduanas de otros fabricantes de teclados para averiguar en qué fábricas ensamblaban sus productos- y tras evaluar proveedores en Estados Unidos, Taiwán y Japón, los altos costes de producción les acabaron llevando a China. Un molde de inyección que en España cueste 15.000€, en China puede salir por 4.000€… y Jesse había diseñado de forma personalizada cada tecla de su teclado. Echad cuentas.

Por supuesto, no todas las fábricas son iguales -ni en China ni en el polígono de Pocomaco en A Coruña-, pero en el gigante asiático puedes encontrar algunas que usan mano de obra infantil, crean productos que violan patentes internacionales o producen consistentemente objetos de pésima calidad. Después de un año buscando, la lista de potenciales proveedores se había circunscrito a ocho fábricas chinas.

Aquí apareció el segundo obstáculo. Aunque a veces se nos olvide, para conseguir un buen proveedor no basta con elegirlo, también hay que conseguir que él nos elija como clientes. La mitad de las fábricas chinas ni siquiera pujaron por fabricar el teclado. Jesse y Kaia tuvieron que aprender sobre la marcha cómo crear un bid packet: un montón de información a presentar a la fábrica con el diseño eléctrico y mecánico de tu producto, lista de materiales, la tirada mínima que vas a realizar y, por supuesto, las referencias económicas que demuestren tu solvencia.

La audaz pareja también descubrió que, para evitar desagradables sorpresas, había que detallar hasta el extremo las condiciones de fabricación: coste de los componentes, método de ensamblaje, reservarse la propiedad de la maquinaria que se cree expresamente para fabricar tu producto o la prohibición de que la fábrica haga outsourcing sin tu consentimiento previo.

Al bajar a ese nivel de detalle, Jesse y Kaia descubrieron un tercer obstáculo: una fábrica no puede producir cualquier cosa y el diseño inicial puede tener que adaptarse a la realidad del método de fabricación. Sin embargo, había una característica del prototipo original a la que no estaban dispuestos a renunciar -la cubierta de madera- y pronto llegaron a la conclusión de que es prácticamente imposible trabajar con un único proveedor y se debe coordinar el trabajo entre las distintas fábricas y proveedores. La producción se dividiría entre la fábrica que suministraba las cubiertas y la que creaba las partes mecánicas y electrónicas, para ensamblar el producto final.

Tras diferentes pruebas y prototipos de fabricación -tienen que cambiar 4 veces el proveedor de cubiertas de madera hasta que encuentran a uno que trabaje con la calidad esperada- entregan las primeras 1.000 unidades en octubre de 2017, más de años después de lanzar la campaña en Kickstarter. El siguiente lote no se enviará hasta 4 meses después, en febrero de 2018, debido a los retrasos en las entregas de los proveedores de cubiertas de madera y teclas. Y es que, si no puedes permitirte tener stock de todos los componentes de tu producto, es muy probable que sufras problemas de aprovisionamiento.

A pesar de todo, el teclado es un éxito y Jesse y Kaia deciden crear una compañía para dedicarse a diseñar y producir hardware a tiempo completo, que pronto tendría que superar sus dos primeras crisis.

Primero, deben retirar del mercado una variante del teclado con teclas “ruidosas” -los aficionados a los teclados mecánicos suelen apreciar una pulsación profunda y que genere bastante ruido- que, según el feedback de los usuarios, son demasiado duras al tacto. Esto les enseña que, por muchas pruebas que hagas, el hardware -como el software- puede llegar al usuario final con errores de diseño, pero en el primer caso solucionarlos es mucho más costoso, tanto, que pueden acabar con una compañía. Afortunadamente, la mayoría de los teclados vendidos son de la variante “silenciosa”.

Segundo, cuando parece que nada más les puede pasar, en diciembre de 2018 descubren que la responsable de su cuenta en la fábrica de ensamblado les ha estafado 100.000 dólares. Les había dado cuentas bancarias para que hicieran las transferencias que no eran de la empresa sino suyas y, como era la que centralizaba la comunicación entre la pareja y el fabricante, había envenenado la relación entre ambos. Unos pensaban que los otros no quería producir y los otros pensaban que los unos no querían pagar.

Siguiendo la epopeya de Kaia y Jesse -y gracias a que compartieron públicamente y con total transparencia todos los pasos que daban y los problemas que iban encontrando- es fácil comprender que, si ensamblar componentes electrónicos estándar para crear un producto es complicado, fabricar los tuyos propios es un infierno.

Sin embargo, supongo que es ahí donde aún podemos competir con China. Donde se aporta valor añadido y los costes de producción no son tan importantes como la seguridad jurídica o la calidad del producto final. Al fin y al cabo, los relojes suizos se siguen fabricando en Suiza.

Los Maker Spaces, el hardware open-source como Arduino y la impresión 3D están favoreciendo la aparición de más Jesses y Kaias, pero no puedo evitar pensar que estamos fallando estrepitosamente en ayudar a convertir diseños y prototipos en productos rentables.

No sé si la solución parte de la propia educación -en España, el diseño y producción de hardware no forma parte de los planes de estudio de Informática, sino de las ingenierías electrónica e industrial, aunque sea el software lo que mayor valor añadido aporta a los mismos-, de nuestras instituciones públicas o de las propias empresas, pero sí sé que me gustaría vivir en un país que diseñara más teclados de alta gama que paquetes vacacionales.

 

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(Ilustración original cortesía del dibujolari Hugo Tobio)

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