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La tribuna

El Taxi de Madrid quería ‘un Torra’ y ha terminado con ‘un Puigdemont’

Los taxistas de Madrid recibieron a Tito Álvarez, el portavoz de Élite Barcelona, como a un Mesías que venía de abrir las aguas del Ebro para liberar a su pueblo ‘oprimido’.

Este jueves, sin embargo, los taxistas se encontraron compuestos y sin huelga, con una votación abrumadora en contra de seguir apretando a los madrileños y con una sensación no sólo de derrota, sino de inferioridad frente a sus compañeros catalanes. 

Cuando su Mesías llegó en Ave a la ciudad, los taxistas estaban convencidos de que el manual que siguió para plegar al pusilánime Quim Torrà y a su conseller, Damià Calvet, se podría replicar en la capital. Cualquier otra cosa sería un fracaso. Iban a asaltar los cielos.

Sin embargo, se toparon con varias cosas en su contra. La más importante, que Madrid es más difícil de frenar. Por un lado, desde el punto de vista casi geoestratégico: no es lo mismo una ciudad abierta por todos sus ejes frente a otra atrapada entre el mar y la montaña. En parte, también, porque si Torrà reaccionó con afecto a movilizaciones calcadas a las de los CDR independentistas, en Madrid estas acciones se han visto como una opresión intolerable de los conductores a la ciudadanía. 

Así, si el Taxi de Madrid quería un trato como el de Torra, se han quedado, como Puigdemont, con dos palmos de narices. Se quedan obligados a ver desde la barrera cómo sus colegas catalanes se llenan los bolsillos a costa de los miles de despidos que vivirán las VTC.

¿Pero están vacías de verdad? Está por ver. Hay negociaciones por delante, esta vez con las VTC en la misma habitación. Quizá desconvocar la huelga y aligerar la presión sirva, por fin, para obtener resultados frente a un Ángel Garrido que se ha mostrado inclemente ante el chantaje.

Lo que ha perdido el Taxi

Como ya habíamos escrito, el Taxi ha perdido en esta huelga varios apoyos importantes. El primero, el de ciudadanos y clientes, que les han percibido no como unos pobres diablos que defienden lo suyo, sino como unos vándalos dispuestos a cualquier cosa para conseguir echar de la carretera a lo que ellos llaman ‘cucarachas’. 

Los madrileños, que disfrutan de un transporte multimodal en el que hay hueco para el transporte público, el taxi, las VTC, el ‘carsharing’ o incluso los patinetes, ven el conflicto del taxi como una batallita carpetovetónica, y así lo han demostrado en unas redes sociales que han apoyado claramente a Cabify y a Uber frente a quienes buscan su extinción y volver al pasado. 

Protegerse del porvenir

Porque eso es, precisamente, lo que han hecho Torra y Calvet en Barcelona. Protegerse del porvenir obligando a los ciudadanos a mantenerse en el pasado. Lo curioso es que, si echamos la vista más atrás, nos damos cuenta de que frenar el progreso es misión imposible. Uber, Cabify y MyTaxi son imparables porque son mejores, y los taxistas que se pasan la mañana de charla en ‘bolsas’ y paradas, intentando buscar algún pobre turista al que esquilmar están condenados a la desaparición, lo sepan o no.

Si los taxistas se molestan en leer sobre la época que medió entre las exposiciones universales de Barcelona, entre 1888 y 1929, que retrató magistralmente Eduardo Mendoza en La ciudad de los prodigios, descubrirán que todo esto que vivimos hoy ya ha pasado. Y volverá a pasar. 

Cuando los primeros taxis aparecieron en Barcelona en la primera década del siglo XX, eran ellos las ‘cucarachas’ que invadían el territorio de los tradicionales carromatos de alquiler. Y convivieron con ellos durante muchos años, hasta después de la Primera Guerra Mundial. Al igual que ha pasado con el traspaso de dueños de licencias de taxi a licencias de VTC, los primeros taxistas fueron antiguos dueños de caballerizas obligados a reconvertir su actividad.

Los taxistas de Madrid quedan ahora arrinconados políticamente, con Podemos como único aliado incombustible; quedan aislados de un público que no comprende sus intenciones ni quiere perder alternativas, y quedan con serios problemas económicos, después de muchos días sin trabajar, y con muchos asalariados agotados de una guerra que no ven como suya. 

¿Y si es bueno para ellos?

Y, paradoja de paradojas, pueden estar seguros de que las VTC serán reguladas en Madrid. No hasta el punto de la extinción, como en Barcelona, pero sí de alguna forma que ayudará al Taxi a afrontar mejor la competencia y con recursos largamente solicitados, como los viajes compartidos. 

Quizá, sólo quizá, dentro de unos años, cuando los taxistas madrileños vuelvan a mirar al pasado y se comparen con los barceloneses, descubrirán que en 2019 perdieron su guerra pero ganaron una ciudad más moderna que les hizo ser más eficientes y competitivos. Si Mercadona tiene claro que el cliente es ‘el jefe’, los taxistas deben aprender la misma lección. Quizá ahora sean humildes, aprendan de sus errores y esto les dote de nuevas armas frente al verdadero enemigo que en unos años asomará el capó por el horizonte: el coche autónomo.

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