Migajas. Ni más ni menos. El Taxi de Madrid desconvocó a última hora de este martes una huelga que ya duraba demasiado. Más de dos semanas de paros y movilizaciones que han hundido a mínimos muy mínimos su valoración entre usuarios y resto de ciudadanos, justo todo lo contrario que puede decirse de la opinión que la inmesa mayoría de madrileños tienen hoy de su aún presidente de la Comunidad. Porque Ángel Garrido, heredero del puesto de presidente tras la abrupta salida de Cristina Cifuentes, se ha convertido el héroe de muchos y, sin duda y para todos, en el único vencedor de un enfrentamiento que nunca debió enconarse hasta estos extremos.

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Si Quim Torra tiró por la calle del medio y se permitió el lujo de que la ciudad que acoge el Mobile y que en 2019 ostenta el título honorífico de capital europea de la movilidad urbana pierda a Uber y Cabify, Garrido (Madrid, 1964) ha manejado la situación con mano izquierda y dotes de gestor de altura. Suya fue la oferta al Taxi de que el Ayuntamiento de Manuela Carmena quien se ocupase de la regulación -una pequeña victoria para los huelguistas-, suya fue también la determinación de no ceder a la extorsión y el secuestro de la capital.

En plena inauguración de Fitur y con los Reyes obligados a acceder a los pabellones de Ifema por una puerta lateral, el presidente madrileño se mantuvo firme con el apoyo de la Delegación de Gobierno. Fue él quien empujó a desalojar el bloqueo que los taxistas plantearon en el Paseo de la Castellana con nocturnidad y alevosía. Y ahí descubrieron los taxistas que Madrid no era el salvaje oeste de los CDR catalanes y que Garrido no estaba de paso.

Garrido se sentía totalmente apoyado por dos de las personas de confianza de Pablo Casado, Teodoro García Egea y Daniel Lacalle. Todos vieron que la actitud de los taxistas y el apoyo recibido por los independistas les habían hecho perder el apoyo de la calle. Cuando tuvo lugar la última reunión entre taxistas y Comunidad, Garrido fue mucho más duro que en la primera, les dejó claro el mensaje de que no estaba dispuesto a asesinar a un sector para premiar el vandalismo de otro y se limitó a convocar una negociación en la que también participasen las VTC.

Además sabía que el tiempo corría de su parte. Los taxistas querían legislación y el periodo de sesiones está a punto de concluir. Después de dos semanas perdiendo dinero, la firmeza del muro del PP hizo que los taxistas abandonasen temporalmente sus pretensiones y quizá, sólo quizá, Casado se haya preguntado si no ha hecho mal dejando ir a un candidato que se ha revalorizado mucho y por sorpresa.

Gestor eficaz

La solución inicial del conflicto del Taxi -no, esto no ha acabado- ha confirmado el perfil gestor de Garrido, su figura de político de perfil bajo y soluciones de altura. Así fue cuando ocupaba el puesto de consejero de Cristina Cifuentes y así lo ha sido durante su tiempo al frente de la Comunidad de Madrid. Discreto, comedido en sus comentarios y poco habitual de televisiones y resto de tertulias políticas, en parte por su carácter, en parte porque en el Partido Popular nunca le vieron con el cártel de candidato a nada, la etiqueta que mejor le define ahora mismo es la de tecnócrata.

Sin hacer ruido ha dado carpetazo a la parte más salvaje de una huelga en la que llegó a haber hasta disparos a varios VTCs en la A3, lo que le da la fuerza del negociador que consigue resultados, un Sr. Lobo que soluciona problemas y que se encuentra muy por encima en esos aspectos de dos candidatos noveles como son José Luis Martínez-Almeida e Isabel Díaz Ayuso -esta ni siquiera ha hecho labores de oposición en la Asamblea-.

¿Habría planteado Casado una opción diferente para el candidato a la Comunidad tras esta gestión? Probablemente no, ya que Garrido no es una persona de su línea dentro del partido ni responde a la política agresiva que el nuevo líder del PP ha buscado en Díaz Ayuso para contrarrestar el meteórico ascenso de Vox en la capital. Eso deja otra duda en el aire: ¿tratará Garrido de rentabilizar políticamente su gestión de la guerra del Taxi?

Con un horizonte electoral más que dudoso para el grupo popular tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad, Garrido podría intentar garantizarse alguna consejería en ese hipotético futuro, aunque, desde luego, sería desde una negociación sosegada y en segundo plano. Su elegancia en el traspaso de poderes tras la salida de Cristina Cifuentes y su silencio respetuoso una vez Casado optó por dos candidatos novatos por delante de su experiencia probada dejan claro que, primero, es un hombre de partido; segundo, es un valor a tener en cuenta por el PP; y, tercero, probablemente, no sea un problema, al menos no público. Así lo hacen los buenos gestores.