Los dos cofundadores de la empresa.

Los dos cofundadores de la empresa. Smartick

Empresas Smartick

La 'startup' que enamoró al MIT con sus lecciones online de matemáticas

La española Smartick espera cerrar el año con 2 millones de ventas para dar el salto a EEUU de la mano de la prestigiosa universidad.

Jesús Martínez

Enamoró a la segunda universidad más prestigiosa del mundo. Y lo hizo con su innovador sistema de enseñanza de matemáticas a través de internet. Tras más de cinco años de trayectoria y 7.000 alumnos en su plataforma, la española Smartick busca dar el salto definitivo con el apoyo del Instituto de Tecnología de Masachussetts (MIT). El objetivo es multiplicar un negocio que este 2015 superará los 2 millones de euros de ingresos. Estados Unidos y Latinoamérica son sus dos más preciados ‘tesoros’ para lograrlo.

Todo se introdujo en una coctelera. Dos excompañeros de la consultora Accenture, Javier Arroyo y Daniel González de Vega, con ansias de montar un negocio. Unos informes PISA con malos resultados para los estudiantes españoles. El descubrimiento accidental del sistema educativo japonés Kumon, con más de medio siglo de historia, 4 millones de alumnos en todo el mundo y millones de euros de negocio a su alrededor. Y una experiencia dentro del mundo del capital riesgo, que sirvió para descubrir las posibilidades de la tecnología en la enseñanza.

El resultado fue la puesta en marcha de una compañía que daba sus primeros pasos en 2010 con los niños de 4 a 14 años como su público objetivo. Y con la única financiación de los ahorros de sus fundadores y un préstamo de la empresa pública Enisa.

El reto: trasladar a la red un sistema ‘tradicional’ que tiene al papel (16.000 cuadernillos) como su principal y único soporte. Hasta ahora, han conseguido casi triplicar sus ingresos año tras año.

Reto: web frente a un modelo ‘tradicional’

El espejo en el que se miran es ese sistema japonés de enseñanza. Sus características: esfuerzos diarios, cortos e intensos (entre 15 y 20 minutos) de los alumnos con un contenido volcado en cuadernillos con ejercicios adaptados a las necesidades de cada alumno.

“Queríamos coger la mejor de las metodologías offline y poniéndole tecnología para crear un producto claramente superior”, explica Daniel González de Vega.

Su sistema tiene dos pilares fundamentales. Uno es el del contenido, desarrollado y actualizado continuamente por un equipo de ocho personas entre psicólogos, psicopedagogos y profesores.

Queríamos coger la mejor de las metodologías offline y poniéndole tecnología para crear un producto claramente superior

El otro es un algoritmo desarrollado por un grupo de técnicos que decide los ejercicios que aparecen al alumno en su pantalla y cuáles han de ser las prioridades. Siempre de acuerdo a todos los datos que recaban de la actividad de los usuarios. “En cambio, en Kumon entre 200 y 400 millones de cuadernillos resueltos diariamente por sus alumnos se van a la basura”, recuerda González de Vega.

Una pequeña ‘travesía en el desierto’

Como en cualquier aventura como esta, los comienzos no resultaron sencillos. Los dos fundadores optaron por no acudir a la financiación del capital riesgo, pese a la experiencia en este sector de González de Vega.

“Nos recomendaron que hiciéramos un piloto-beta del producto y a partir de ahí buscar cierta financiación”, explica. Y así lo hicieron. El primer año, todos los primeros desarrollos se completaron con fondos propios.

Esa beta, a finales de 2010, fue probada entre amigos y familiares del equipo inicial. En marzo de 2011 logran un programa piloto con 30 colegios de la Comunidad de Madrid. “El éxito es brutal”, recuerda el confundador.

Unos meses después lanzan de manera definitiva. Ese año apenas atrajeron a un centenar de usuarios de pago (una media de 30 euros al mes). “En esta época, si se apuntaban seis nuevos usuarios para la prueba de 15 días era un logro; ahora en un fin de semana hay hasta 1.000 registros”, resalta González de Vega.

Los colegios, una dificultad añadida

Su plataforma estaba (y aún hoy también) dirigida a particulares. Una de las razones es el currículum fijado por ley para los colegios. “Nuestro planteamiento es que si un alumno puede estar abarcando el temario más avanzado por qué lo vas a frenar”, explica Javier Arroyo.

A eso, suman otras tres razones: los colegios no están habituados a pagar por contenido (éste ha sido, incluso una fuente de financiación); los profesores que ‘convivan’ con Smartick o aplicaciones similares deben estar preparados para estar frente a una clase donde niños estudiarán en distintas áreas y niveles y, además, requiere una inversión tecnológica importante, tanto en tabletas como en conexión a internet.

Nuestro planteamiento es: si un alumno puede estar abarcando el temario más avanzado, ¿por qué lo vas a frenar?'

Pese a todo, a esa primera prueba en treinta centros se sumó otra en tres colegios. El caso más significativo tiene al barrio madrileño de San Blas como escenario. Más concretamente en el colegio Padre Coloma. “Con un 80% de inmigración, niños de más de 20 nacionalidades, dentro de un barrio complicado con familias desestructuradas”,  recuerda Arroyo.

El resultado se resume en una cifra: la nota media en matemáticas en ese centro pasó de 5,4 a 9,77. Sin embargo, la Comunidad de Madrid no ha renovado el programa. Los padres han hecho un “esfuerzo ímprobo” y pagan de su bolsillo este programa, a un precio más bajo.

'Números negros' y la aceleración definitiva

Mientras muchos de los colegios miraban hacia otro lado, los usuarios particulares no dejaban de crecer. De los 100 de ese primer año se pasaron a 470 en 2012. Tras dos años cubriendo los gastos de desarrollo “a pulmón”, decidieron hacer una primera ronda de financiación entre familiares y allegados de 25.000 euros, a los que se sumaban otros 50.000 de Enisa. Fue la situación más crítica: “En diciembre había pocos meses de optimismo y poco dinero en la caja”.

Aguantaron. Y el crecimiento se aceleró. Los usuarios particulares alcanzaron al año siguiente, en 2013, los 3.500. Doce meses después, cuando lograron enjugar por primera vez las pérdidas de su balance, ya sumaban más de 6.000. En este 2014 se cerró con casi 800.000 euros de ingresos, según su balance.

Ahora el panorama financiero cambia. Con la compañía en beneficios y con una previsión de ingresos de más de 2 millones de euros para este 2015 miran con buenos ojos al capital riesgo. Para acelerar su crecimiento, ahora que están encontrando la forma de invertir de manera mucho más eficiente en marketing online.

El ‘sueño’ americano de la mano del MIT

En España, ellos creen que aspiran a un mercado potencial de 100.000. Aún hay mucho margen de mejora. Pero con la empresa estabilizada y en una posición financiera buena, miran más allá de las fronteras. Por ahora, más del 90% de sus usuarios de pago están ubicados en España. El resto está repartido en más de 40 países. “No hemos hecho nada para que lleguen esos clientes”, explica González de Vega, quien recuerda que hay clientes de Nueva Zelanda, India, Etiopía o Finlandia.

En esta ambición por conquistar otros países han señalado al otro lado del océano: Latinoamérica y Estados Unidos. Para el primero esperan lanzar a principios del próximo año con un socio local. En esta batalla, ha llegado el ‘flechazo’ con Masachussetts Institute of Technology (MIT), la segunda universidad más prestigiosa del mundo. ¿Cómo se produjo? Smartick decidió postularse en el programa G-Lab, que ayudan a startups en su desembarco en Estados Unidos. Fue elegida junto con otras catorce más. Era la única española.

¿Qué permite este programa? Por un lado abrir la puerta de la prestigiosa universidad a una pequeña compañía para potenciales colaboraciones. Por el otro, cuatro alumnos serán los encargados de llevar a cabo un estudio sobre la demanda de un producto como el suyo en el mercado americano y sobre las ofertas competidoras. Será la base para el aterrizaje, que esperan materializarlo en el segundo trimestre del año. Con este horizonte los dos fundadores y su equipo esperan acelerar su crecimiento y llevar las matemáticas mucho más lejos. Y con el MIT como aliado.