Donald Trump, presidente electo de EEUU, en una conferencia de prensa

Donald Trump, presidente electo de EEUU, en una conferencia de prensa Mike Stone REUTERS

Economía LOS EEUU DE TRUMP, CAPÍTULO 3

Prosperidad inmediata, dudas e incertidumbre a largo plazo

Los analistas coinciden en que la economía de EEUU se acelera, pero les preocupa el proteccionismo comercial.

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“Las reformas que conocemos son perfectas para las crisis del pasado. Para las nuevas crisis necesitamos nuevas soluciones”. Con esta frase, Dominick Salvatore, profesor de la Fordham University de Nueva York, resumía el enorme desconcierto que Donald Trump provoca entre los economistas. Desconcierto que, a veces se mezcla con irritación, como en el caso de Edmund Phelps, profesor de la Universidad de Columbia, que no ha dudado en comparar los planes económicos de Trump con los de la Alemania nazi.

La visión económica de Trump gravita en torno a seis elementos que ha dado a conocer en el último año:

-Fuerte reducción de impuestos a las empresas y a las familias.

-Modernizar el marco regulatorio para aligerar su peso y el de la burocracia sobre la actividad económica.

-Política comercial proteccionista y nacionalista (America First).

-Una política que garantice la independencia energética del país subordinando si es necesario los requerimientos medioambientales a la eficacia económica.

-Reducción moderada del gasto público, excepto en Defensa.

-Impulso fiscal a través de un ambicioso plan de construcción de infraestructuras.

En términos generales, los economistas coinciden en que el arranque del gobierno de Trump será bueno para la economía norteamericana. Esta está acelerando desde hace varios meses y su mercado laboral está cerca de lo que se denomina pleno empleo (la tasa de desempleo estaba en diciembre de 2016 en el 4,7%). El FMI así lo ha confirmado y estima que crecerá un 2,3% en 2017 (una décima más que su predicción anterior) y un 2,5% en 2018.

Pro negocios, pero no pro mercado

Pero es en el medio y largo plazo donde las divergencias en los pronósticos aumentan. Phelps cree que tras una etapa de prosperidad, la economía se estancará y caerá en recesión. Piensa que el nacionalismo de Trump dejará de atraer talento a los EEUU y eso dañará la innovación que considera el elemento clave de la economía moderna (aquí lo explica). Otros firman por desequilibrios fiscales, como el profesor Kenneth Rogoff (aquí).  Pero nadie piensa que una política basada en el proteccionismo comercial tenga éxito a largo plazo.

Y la perspectiva de lo que haga Trump puede ser tranquilizadora para su país, pero no para China ni para el vecino México, país que junto con Brasil pueden ser los más afectados en Latinoamérica según el FMI.  

El programa económico y el planteamiento público de Trump tiene cinco características: es proteccionista, es enemigo del exceso de regulación, es partidario de los negocios (aunque eso no significa que sea partidario del mercado como argumenta aquí el economista Luigi Zingales), cree en el impulso más que en la disciplina fiscal y es propenso a adoptar soluciones o métodos no convencionales.

Otro factor llamativo, esta vez del equipo de Trump, es la constatación de que el presidente electo no tiene deudas con sectores concretos. Su equipo es su familia: Ivanka Trump y Jared Kushner, que serán el núcleo del poder. En el resto de su equipo no hay cuotas partidarias o sectoriales, ni economistas de postín, pero sí empresarios y militares acostumbrados a gestionar con eficacia. 

Política comercial intervencionista

En el centro de todos los análisis está la posición de Trump sobre el comercio. En Davos, Anthony Scaramucci, uno de los altos cargos de su equipo de transición, dijo que el presidente electo ha sido malinterpretado y que está comprometido con la globalización. A medida que Scaramucci se explicaba ante los periodistas, quedaba claro que la idea que Trump y los suyos tienen del libre comercio es muy distinta de la que ha existido hasta ahora. Según Scaramucci, Trump quiere acuerdos comerciales “simétricos”.

Anthony Scaramucci, miembro del equipo de transición de Trump.

Anthony Scaramucci, miembro del equipo de transición de Trump. Rubén Sprich REUTERS

“Cada uno de los acuerdos comerciales que EEUU ha tenido desde 1945 ha sido asimétrico. Porque hemos intentando ayudar a que esos otros países mejoren sus estándares de vida. Los hemos llamado acuerdos de libre comercio pero han sido libremente asimétricos. Ahora queremos crear más simetría”, dijo Scaramucci.

La voluntad reguladora de los flujos comerciales queda de manifiesto en las palabras del asesor, así como la idea de que los acuerdos comerciales han sido prácticamente programas de ayuda al desarrollo.

BAT, arma de destrucción masiva

Lo expresado por Scaramucci no descarta la implantación de la famosa Border Adjustment Tax (BAT, impuesto de ajuste en frontera), un sistema que consiste en gravar los bienes y servicios importados y subsidiar los que se exportan. En la práctica, BAT permitiría poner un impuesto a un coche fabricado en México hasta que su precio en EEUU sea equivalente al mismo coche “made in USA” y permitiría subsidiar el vehículo para su exportación hasta hacerlo competitivo en el mercado mexicano.

BAT supone romper con el principio económico que indica que las cosas deben producirse allí donde más eficaz resulte. Y la gran mayoría de los expertos cree que su aplicación desencadenará una guerra comercial que, cuando se disipe el humo, hará que el mundo crezca menos y la riqueza todavía se distribuya peor. Es una auténtica arma de destrucción masiva.

La posición de Trump sobre el comercio se ha forjado a través de medios no convencionales. Todo lo que se sabe de su política comercial surge de los mensajes que suele lanzar en Twitter. Ora contra una empresa que quiere llevar su producción a México o contra otra que quiere invertir menos en EEUU y más fuera. Tanto con México como con China, que parecen ser sus principales objetivos, Trump ha unido el aspecto comercial con el político o de seguridad. En el caso de China, telefoneando al gobierno de Taiwán y mencionando el conflicto sobre las islas del Mar de China y en el de México aludiendo a la construcción de un muro fronterizo contra la inmigración ilegal.

Envejecimiento, infraestructura y tipo de cambio 

La economía de EEUU está experimentando, además, otros fenómenos. Se estima que unos 10.000 miembros de la generación del baby boom (hasta 1964) se están jubilando cada día. Esto genera presión, por una parte, sobre los servicios sanitarios y relacionados con la vejez, pero por otro lado está provocando una situación en la que jóvenes egresados universitarios tienen 3 o 4 ofertas de trabajo antes de terminar su formación. Según el economista Walter Molano, de BCP Securities, esto provocará una subida de los salarios.

La política de inversión en infraestructuras puede resultar contraproducente. La mayoría de los analistas ha interpretado que estas inversiones pueden provocar un ensanchamiento del déficit fiscal. Otros, como el ex economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, cree que el tipo de proyectos, financiados a través de la cooperación pública y privada, pueden "no ser la inversión pública óptima". "El mantenimiento y los proyectos públicos más útiles pueden tener altos rendimientos sociales, pero es probable que tengan bajos retornos financieros", dice Blanchard.

Si hay déficit fiscal o continúa la política al alza de los tipos de interés, esto provocará un encarecimiento de la financiación en dólares para los países emergentes. Los emergentes experimentarán la política de diferente forma ya sean países manufactureros, como China o México, o productores de materias primas, como Chile o Argentina. Estos últimos sólo sufrirán los efectos en una segunda vuelta, después de que las restricciones de la demanda impactaran a los primeros.