“Nos pasamos el tiempo perdiendo ‘amigos”. La frase, pronunciada en alguna ocasión por Marín Quemada, revela la incómoda posición en la que se encuentra a diario Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), el órgano supervisor de la competencia y encargado de balancear a las grandes empresas y la Administración. De ahí que ni al poder político, ni al económico les guste demasiado alguien que les ha sacado los colores a unos y a otros desde que hace tres años tomó posesión del superregulador. Es el terror de los oligopolios y la persona capaz, por ejemplo, de enfrentarse a todo un gigante como Telefónica, multándole, publicitar la sanción y obligarle a liberalizar el mercado de fibra óptica en España. También ha sido capaz de plantarse ante el Gobierno y distintas administraciones advirtiéndole de sus interferencias sobre la economía.

Flemático, tranquilo, cercano y reflexivo, José María Marín Quemada (Madrid, 1948) tiene auténtica devoción por la difícil tarea que tiene encomendada: acabar con la economía clientelar en España o lo que coloquialmente se conoce como 'capitalismo de amiguetes', es decir, la manera de hacer negocios basada en el compadreo entre empresas y funcionarios. Desde 2013, este catedrático de Economía aplicada dirige los designios de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), el superregulador encargado de velar por la competencia e iluminar los más oscuros rincones de la economía: aquellos que están dominados por los cárteles empresariales y los acuerdos dirigidos a controlar un mercado. Bajo su mandato se han emitido multas a petroleras, a la mayoría de fabricantes de coches, a Telefónica y se ha puesto el punto de mira en sectores considerados intocables como el de las televisiones o la banca, a raíz de la guerra de las comisiones en los cajeros de 2015.

Durante estos casi tres años -le quedan otros tres- está dirigiendo la fusión de los reguladores -CNE, CMT, Competencia, entre otras- e impulsando toda una revolución en la manera de supervisar los mercados, a la vanguardia europea. Esta misma semana ha vuelto a ocupar los titulares de los medios de comunicación con la última operación de la CNMC: el desmantelamiento de un cártel de fabricantes de pañales para adultos que llevaba cerca de quince años elevando los precios artificialmente y defraudando a la sanidad pública.

La multa de 128 millones de euros a los implicados revela el alcance del negocio detrás de las prácticas anticompetitivas que habían permanecido ocultas hasta que el organismo que preside ha tomado cartas en el asunto. Es la segunda mayor multa del organismo tras la impuesta en 2015 a los fabricantes de coches (171 millones). La gran novedad es que, por primera vez, la CNMC ha publicado y multado a los directivos implicados en el amaño. Se trata de una decisión que ha levantado ampollas no sólo entre las empresas protagonistas, sino a lo largo y ancho del poder empresarial y político en España y que ha colocado a Marín en el ojo del huracán por enésima vez.

Pero las presiones e intentos por influir en las decisiones de la CNMC no han podido con él, ni podrán. Marín considera intolerables los intentos de interferir y exigir al regulador que se emiten desde las propias empresas o desde algunos ámbitos políticos. Y así se lo ha hecho saber a aquellos que se han atrevido a hacerlo. “La experiencia que tiene es fundamental para lidiar con esto”, aseguran quienes le conocen bien. Y es algo que tiene de sobra. Marín Quemada, de 68 años, accedió a la CNMC tras pasar una década en el Banco de España. Antes había hecho carrera en la petrolera Cepsa y también en Iberia, pero si en algo se le destaca es en su vertiente académica como catedrático y profesor de Economía Aplicada. “Con la tiza en la mano se transforma. Es un gran comunicador y tiene una gran capacidad para lanzar mensajes”, dice alguien cercano que asegura haber aprendido mucho con él.

Marín es un lector empedernido, no sólo de literatura técnica o económica, también autores como Kapuscinski o Umberto Eco. Le gusta la poesía y es más de infusiones que de café. Entre sus aficiones más notables se encuentra la jardinería. Le encanta pasear por el campo y visitar el País Vasco, tierra natal de su mujer, en especial, San Sebastián; o Cantabria -de donde es natural su familia paterna-, donde ha pasado largas temporadas de su vida. De familia militar, suele decir que “no nos han enseñado, nos han instruido”, según uno de sus colaboradores más cercanos que destaca su capacidad de trabajo, su incombustibilidad y su energía para trabajar de sol a sol entre Madrid y Barcelona.

Porque la CNMC tiene sede y subsedes entre ambas capitales. En la primera trabajan unas 400 personas y unas 100 en la segunda, donde tiene su sede el regulador 'teleco' CMT. El 60% son funcionarios y el 40% empleados, lo que ha provocado todo un choque en la cultura de trabajo dentro de la organización. Sin embargo, es un secreto a voces que la CNMC está desbordada y no cuenta con los recursos necesarios para todas las competencias que ha ido asumiendo desde la creación del superregulador. A la falta de presupuesto se le unen las graves deficiencias a la hora de contratar, retener talento o configurar sus órganos de gobierno.

La pesadilla de los oligopolios

Algo ha cambiado desde la llegada de Marín al supervisor de la competencia. “Se acabó que en las leyes haya enmiendas de determinadas empresas”. Es el mensaje que repite una y otra vez Marín a quien quiera escucharle, según cuentan fuentes parlamentarias. Precisamente, en el Parlamento reside la independencia del organismo, que no pertenece al Gobierno, sino que está adscrito a la Comisión de Economía del Congreso, una circunstancia que no ha sido precisamente una ventaja por el parón político que ha provocado la repetición de elecciones generales.

Precisamente, el Tribunal de Cuentas ha criticado este mismo viernes la falta de personal en la CNMC y el retraso -va camino de ocho meses- en la renovación de su consejo, principal preocupación de Marín, que ha tenido no pocas tensiones con el resto de miembros. Además del presidente lo forman la vicepresidenta María Fernández, ocho consejeros -Eduardo García Matilla, Josep María Guinart, Clotilde de la Higuera, María Ortiz, Diego Rodríguez, Fernando Torremocha, Benigno Valdés e Idoia Zenarrutzabeitia; además del secretario y el vicesecretario, Tomás Suárez-Inclán y Miguel Sánchez, respectivamente. Según la ley de creación de la CNMC, sus altos cargos son nombrados por seis años improrrogables, con renovaciones parciales cada dos años. En la primera tanda de renovaciones los afectados son García Matilla, Rodríguez y Ortiz, aunque no todos ellos tendrían por qué abandonar obligatoriamente la CNMC, ya que el Gobierno puede ampliar su mandato por cuatro años. Las siguientes salidas, dentro de año y medio, afectarán a Zenarrutzabeitia, Guinart y Torremocha. Esto es, la mitad del consejo está pendiente de renovación.

Entre sus principales aportaciones bajo su presidente se encuentra el registro de los grupos de interés (lobbys), un elemento disuasorio y en pro de la transparencia para las actividades del regulador. También la publicación de las sanciones a los directivos -medida que ha debutado esta semana- y de las empresas, algunas de ellas innombrables en el registro de sanciones de Competencia hasta la llegada de Marín. “Hay que ser muy valiente para esto”, dicen de él. Marín Quemada se apoyó en los presidentes anteriores para llevar adelante algunas de sus medidas. Una de las más llamativas fue el paragüas de protección para los técnicos que elaboran los informes y expedientes para el supervisor.

Les dijeron a los nuevos rectores de la CNMC que, a veces, existía manipulación de los técnicos que elaboraban los informes y estos se quejaban. Lo que se hizo fue una copia del whistleblower (soplón o informador anónimo) de sistema americano. El técnico puede acudir a un buzón de denuncias y poner en conocimiento de la dirección del regulador que está siendo manipulado o presionado: es una especie de buzón de denuncias interno y algo que ha sido importantísimo para que los técnicos se sientan seguros en sus actuaciones. Lleva el sello de Marín Quemada, como otras tantas medidas adoptadas por la CNMC. Entre ellas una que promete levantar todavía más revuelo, enfados y críticas que ninguna otra: aquellas empresas sancionadas por prácticas de monopolio serán inhabilitadas para licitar o contratar con el Estado y otras administraciones públicas.

Marín lidera el ‘basta ya’ a la economía clienterlar y la regeneración del sistema económico en España, un mercado con multinacionales muy arraigadas -los antiguos monopolios públicos con cuotas de mercado mayoritarias- en el que los reguladores estaban capturados, no se publicitaban las sanciones -por ejemplo a Telefónica- “y la mejor manera que hay para la limpieza de un mercado es la transparencia todo el proceso de sanción y expedientes”. Por eso Marín ha convertido la transparencia en su bandera y ha sido el primer presidente en publicar su agenda o en crear un registro de lobbys. Durante 2015 se batió el récord de sanciones impuestas por infracciones de la normativa de competencia con 549 millones de euros. Entre sus planes para este año se encuentran “vigilar estrechamente”, la actividad de los mercados de telecomunicaciones y TV de pago; los derechos del fútbol; el sector agrícola; la economía digital; las profesiones colegiadas; la colaboración en materia de propiedad intelectual y hasta el sector financiero, donde colaborará con el Banco de España.

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