Dani Olmo, con el FC Barcelona

Dani Olmo, con el FC Barcelona Europa Press

Fútbol

Dani Olmo, futbolista: "Nos fuimos mi madre y yo a Croacia, estábamos solos. Se le cae una lágrima cuando lo recordamos"

El futbolista del Barcelona recuerda lo difíciles que fueron sus primeros años en el fútbol, cuando tuvo que marcharse a Zagreb para jugar con el Dinamo.

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A. M.
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Dani Olmo lleva toda la vida entendiendo el fútbol como un asunto de familia. Creció viendo a su padre, Miquel, vivir el juego primero como futbolista y después como entrenador, y desde muy pequeño asumió que en casa las opiniones iban en serio.

"Nunca tuve problemas en escuchar tanto lo bueno como lo malo que tuviera que decirme mi padre", explicó hace tiempo en la revista ICON, con la naturalidad de quien ha crecido entre charlas tácticas, correcciones constantes y una confianza absoluta en quien le señalaba tanto los aciertos como los errores.

Esa mezcla de exigencia y apoyo, con su madre siempre de fondo sosteniendo el día a día, fue encajando en la cabeza de un niño que solo se imaginaba con un balón en los pies.

Dani Olmo celebra su gol contra el Slavia Praga.

Dani Olmo celebra su gol contra el Slavia Praga. REUTERS

La primera gran ruptura con esa zona de confort familiar llega muy pronto. A los 16 años, cuando muchos compañeros todavía están pensando en si seguir estudiando ciencias o letras, él toma la decisión que marcará su carrera: dejar el Barça y marcharse al Dinamo de Zagreb.

Lo cuenta sin adornos: "Era un cambio grande y poco común, pero el Dinamo había demostrado que quería apostar por mí y tenía el ejemplo de muchos jugadores que habían salido de allí y que son referentes a nivel mundial". No era solo un cambio de club; era otro país, otra liga y una forma distinta de entender el fútbol, asumida a una edad en la que la mayoría ni siquiera ha salido de casa.

En ese salto, el papel de su madre fue determinante. Mientras el padre y el hermano se quedaban en Terrassa, ella hizo las maletas y se fue con él a Croacia, compartiendo miedos, soledad y aprendizaje. Olmo recuerda aquella etapa con cariño y crudeza a la vez.

"Hubo momentos complicados, porque significaba salir de la zona de confort. Estábamos un poco solos, mi madre y yo. Bueno, si hablas con ella seguro que podrá contarte muchas cosas, pero todas serán positivas. Siempre que hablamos de aquello, se le escapa alguna lagrimilla", comentó.

Entre entrenamientos, un idioma nuevo y una ciudad extraña, la familia se redujo a ese pequeño núcleo de dos personas que se apoyaban para que todo lo demás funcionara.

El contexto tampoco ayudaba a ir despacio. El Dinamo, un club acostumbrado a sacar talento y venderlo al máximo nivel, le empujó a acelerar todos los procesos. Rodeado de futbolistas que habían jugado Mundiales y Eurocopas o que apuntaban a hacerlo, Olmo se vio obligado a dar el salto emocional que muchos posponen varios años.

"Tuve que aprender y madurar más rápido de lo habitual", admite ahora, consciente de que aquella presión temprana le hizo "hacerse un hombre" antes de tiempo, parafraseando otras entrevistas. Esa madurez exprés no se explica solo por el fútbol, sino también por la sensación constante de estar representando el esfuerzo de toda una familia a varios miles de kilómetros de casa.

Quizá por eso, pese al éxito, Olmo ha protegido siempre un círculo muy pequeño a su alrededor. Lejos de los focos y del ruido, sigue apoyándose en los amigos de siempre y en las mismas voces que le han acompañado desde las categorías inferiores.

Él mismo lo describe así: "Hay mucha gente que puede acercarse por interés. Mi grupo de amigos es muy pequeño. Conoces a gente nueva, te mueves... pero el círculo sigue siendo muy cerrado. Al final, te presentan a muchas personas, pero los de siempre son los que van a estar".

Entre la educación recibida en casa, el golpe de realidad de Zagreb y el recorrido posterior por grandes clubes y grandes torneos, Dani Olmo ha terminado construyendo un relato muy simple y muy sólido: el talento abre puertas, pero son la familia, las decisiones valientes y la capacidad de escuchar -sobre todo cuando duelen las palabras- las que sostienen una carrera entera.