A mediados de los años 80, España se familiarizó con nombres que hasta entonces no había escuchado nunca. Las niñas empezaron a llamarse Abigail, y de repente nombres como Carlos Alfredo no sonaban horteras, sino que tenían un extraño atractivo. Todo fue fruto de las telenovelas venezolanas que arrasaron en las sobremesas en un público mayoritariamente femenino. Productos como La dama de rosa o Cristal se convirtieron en fenómenos, y crearon un star system con actrices y actores que hasta entonces eran auténticos desconocidos como Catherine Fulop o Fernando Carrillo.

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El éxito provocó que se trajeran productos de otros muchos países sudamericanos, como María Mercedes, de México con Thalía de protagonista, Agujetas de color de rosa, del mismo país, o Café con aroma de mujer, de Colombia. Con el cambio de milenio las cadenas empezaron a apostar por los seriales hechos en casa, y así Amar en tiempos revueltos (2005), o a rehacer otras que ya habían arrasado, como la versión diaria de Betty la fea, llamada aquí Yo soy Bea.

Desde entonces parecía que todo estaba calmado hasta que el año pasado otro nombre extraño se coló en nuestras televisiones. Se trataba de Fatmagül, una novela turca que arrasó en su emisión en Nova y comenzó un fenómeno que desde entonces ha provocado el desembarco de innumerables telenovelas del mismo país, que se han mostrado infalibles en sus pases en Nova, canal de Atresmedia que suele emitirlas y que con Fatmagül llegó a tener un 6,3% de share, su récord absoluto con casi un millón de espectadores.

Fotograma de Medcezir.

Tras ella legaron Amor de contrabando, Medcezir y ahora Madre, con la que vuelven a reventar las previsiones y confirman que el fenómeno de la novela turca tiene cuerda para rato, pero, ¿de dónde viene esta ficción y cuándo comenzó su conquista de la televisión en España? Lorenzo Mejino, crítico de series de El Diario Vasco se remonta a comienzo de este siglo, cuando en Turquía empiezan a producir este formato “para consumo interno”, pero es tres años después cuando empieza a viajar. “En 2003 entraron en el entorno, en Grecia y Bulgaria, y poco a poco llegaron también a Sudamérica, donde triunfaron porque allí el formato estaba anquilosado”, cuenta Mejino.

Para explicar su llegada a España recurre al “síndrome del camello”. “Te venden una serie muy barata, y si funciona ya negociamos. En Antena 3 la primera llega casi regalada, a muy buen precio, y la pusieron a una hora en la que las mujeres de mediana edad se enganchan a unos ambientes lujosos con mansiones y tramas sórdidas. Aquí matan más gente que en Puente Viejo”. El primer éxito fue Fatmagül, que llevaba más de media década triunfando fuera, como recuerda Concepción Cascajosa, Profesora de Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid.

La gente las ve porque son diferentes a las sudamericanas. Son más sórdidas, tienen venganzas, violaciones, menos sexo pero son más violentas y virulentas, y eso es un cambio, además no son tan largas

Casacajosa cree que el género de la telenovela es tan clásico como infalible. “Es uno de los géneros más tradicionales de la TV, y además uno que procede de la tradición radiofónica. Creo que ofrece historias con las que emocionarse y empatizar a lo largo de periodos largo del tiempo, y precisamente por ello son grandes constructores de fidelidad. Por otro lado, beben de materiales con un gran peso cultural, como los cuentos de hadas. En lo que pueden ser aspiracionales es el retrato de mujeres que se enfrentan a conflictos y tragedias, a través de catarsis. Su público tiende a ser femenino, y ese elemento de identificación es fundamental”, apunta a este periódico y añade que una de sus elementos clave es “que existe un fuerte de componente de sublimación de las grandes tragedias y miserias de la vida cotidiana”.

Para el crítico de El Diario Vasco el éxito de las novelas turcas tiene otro componente: la sordidez. “La gente las ve porque son diferentes a las sudamericanas. Son más sórdidas, tienen venganzas, violaciones, menos sexo pero son más violentas y virulentas, y eso es un cambio, además no son tan largas, se acaban en tres meses, no son como aquellas interminables de 150 o 200 capítulos, sino que tienen principio y final. La trama va a grandes velocidades, son 40 capitulos de 90 minutos que aquí se han convertido en 80 de 45, y eso les permite ir muy rápido”.

Estas historias muestran patrones relacionados con la migración, sobre todo del campo a la ciudad

Las producciones turcas utilizan “actores de gran atractivo y rasgos caucásicos” para conectar con el extranjero, como analiza Concepción Casacajosa, algo en lo que coincide con Mejino, que añade que las telenovelas eliminan cualquier rasgo de la sociedad musulmana del país. “La gente que va a Turquía ve zocos y chilabas, y aquí eso desaparece por completo, parece que están en Pedralbes o en La Moraleja, es alto standing para que la gente sueñe”, subraya.

Hay dos factores que los académicos turcos destacan sobre el fenómeno, y que los recoge Cascajosa: “El primero es que muchas de estas historias muestran patrones relacionados con la migración, sobre todo del campo a la ciudad, y eso les permite conectar en sociedad con migraciones altas de salida o recepción. La segunda es que las series turcas con muy conservadoras en sus planteamientos, y ofrecen representaciones de las mujeres muy diferentes de la que podemos ver en series locales: las mujeres están muy sexualizadas, y tienden a ser víctimas o villanas, con caracterizaciones pobres y dentro de estereotipos ya superados. Sin duda, apelan a valores sociales accesibles por un lado y tradicionales por otro”.

Para el futuro el fenómeno no va a parar. Actualmente, apunta Mejino, hay una producción de seis o siete cadenas turcas haciendo telenovelas, y el filón de ventas internacionales no para. La entrada de Netflix sólo ha potenciado otras ficciones turcas “de gama alta” que muestran un país que ha encontrado su gallina de los huevos de oro.