George Saunders con un premio literario.

George Saunders con un premio literario. EFE

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Ahora sí: George Saunders es el mejor novelista del momento

El escritor llega a su cima con su novela 'Lincoln en el Bardo', en la que todo gira en torno a la muerte de Willie, de once años, hijo del presidente Abraham Lincoln.

No quiere que creas que lo que lees es como la vida o -en caso de ingenuidad extrema- que una novela es la vida. Quiere que creas en lo ficticio. No que te tragues la mentira, sino que creas en ella. Tú ya sabes lo que has comprado, sabes que es una novela, que es un artefacto construido desde la imaginación de un autor, quiere que disfrutes con su mentira y que no te sientas traicionado cuando descubras que todo era mentira, porque todo es mentira… salvo algunas cosas. Esto, Lincoln en el Bardo (Seix Barral), es una jodida novela y no un hilo de twitter.

Todo parte y gira en torno al 20 de febrero de 1862, con la muerte de Willie, de once años, hijo del presidente Abraham Lincoln, en las fechas que va a condenar a su país a una guerra civil. La muerte lo destroza y su hijo queda varado en el Bardo, nombre budista para el purgatorio, rodeado por ánimas y a la espera de que su padre lo deje marchar. Hasta en dos ocasiones acude el presidente al cementerio de Oak Hill (Washington) a despedirse de su hijo, en el féretro.

Por eso George Saunders (Texas, 1958) no trata de disimular sus pinceladas, porque no quiere disimular. No es arte camuflado para aparentar que no es arte, o sea, un artificio. No: esto es un artificio descarado y quiere que creas en su artificio. Es su mentira y pretende que te guste -aunque por momentos sea tediosa, paciencia-, simplemente, disfruta. Porque Saunders, a pesar de este experimento, reclama tu atención, le gusta que entiendas que esto no es un ejercicio de manierismo autorreflexivo en el que no pintas nada. No es una novela ahogada en un gesto creativo. Ha decidido lo contrario en tiempos del cinismo: tripas al aire, pincelada a la vista. No quiere disimular: “Esto es una novela y no pienso hacerte creer que no lo es”.

esto es un artificio descarado y quiere que creas en su artificio. Es su mentira y pretende que te guste -aunque por momentos sea tediosa, paciencia-, simplemente, disfruta

Tampoco importa si puede llegar a ser realidad todo lo que cuentan esas fuentes bibliográficas supuestamente reales y tan contradictorias las unas con las otras, que hacen avanzar la noche de marras. Realmente espectacular la cantidad de versiones que puede llegar a tener el mismo momento. La memoria y la verdad no entienden de ortodoxia. Prefiere la honestidad a la verdad, que es como preferir la ética a la moral.

Matices definitivos de una novela que plantea un reformismo del género, más que un revisionismo. En Las correcciones (2001), Franzen se decantó por lo último. Saunders es más radical. No es un novelista automático. De hecho, es un antinovelista. En 2017 -cuando apareció el libro, premiado con el Booker- escribir una novela de ficción es un anacronismo mortal. ¿Qué es la cultura contemporánea cuando todo puede ser carne de guion y todo lo que no lo sea es surimi de Netflix?

La lectura se reduce al máximo y la industria se empeña en reconvertirla al máximo, para adaptarse a la ingesta audiovisual bajo demanda. Pero a nuestro protagonista esto no parece preocuparle mucho. Ha escrito su primera novela con sesenta años -aunque es una de las esperanzas blancas de la narrativa norteamericana desde hace tres décadas- y ha escrito sin importarle lo que quiere leer el ciudadano que duerme, trabaja (ante un ordenador), mira la televisión y trastea en las redes sociales.

Parece lanzar este órdago: para creer en la novela, el novelista debe morir. Y lo mata. Sólo queda su rastro como compilador de voces, apenas un técnico de citas, que las cose

Y lo hace más allá de su madurez, en la edad crítica en la que los monstruos de la novela se relajan en sus ambiciones narrativas y acceden al top de la clasificación general de los más vendidos. A esa edad Thomas Pynchon publicó Mason & Dixon (1997), un pastelón comercial muy gordo comparado con Lincoln en el Bardo. Don DeLillo cumplía 61 cuando sacó al mercado Underworld (1997), otro producto de satisfacción mercantil automática de quien ha reinado borracho de reconocimiento y sediento de lectores. Saunders tampoco se va a inflar a vender con su Bardo budista de Syracuse.

Es radical en forma, pero cálida en intención. Esas casi 160 voces que cuentan cómo Abraham no quiere abandonar a Willie en el mausoleo, cómo la mente se libera del cuerpo y el ser humano es ser en pensamiento. Saunders ha hecho desaparecer la voz del narrador creador. Parece lanzar este órdago: para creer en la novela, el novelista debe morir. Y lo mata. Sólo queda su rastro como compilador de voces, apenas un técnico de citas, que las cose. Sabemos que está, pero en silencio mientras el coro de cientos habla hasta emborracharte, turbarte y -a veces, sobre todo, los fantasmas- hartarte. Muerte al autor de estilo tan directo como llano.

En Lincoln en el Bardo se pierde el rastro de la voz en la acción y de lo real en la ficción. Es más, con la ficción siempre al descubierto, acaba con toad esa patraña en la que se empecinan sus coetáneos para que lo que se traen entre manos parezca veraz. Que si móviles, correos electrónicos, etc… Ha construido la novela más contemporánea lejos de la contemporaneidad -con fantasmas y cosas sobrenaturales-, a partir de un personaje histórico que está en el ADN de los EEUU, para explicarte que no estás preparado para la vida, aunque seas humano.