En el corazón de las películas de Christopher Nolan -que estrena este miércoles 26 de agosto su nueva película- siempre se encuentra una carta de amor a un género cinematográfico. Dunkerque era su peculiar visión el cine bélico, como Origen lo era del cine de espías e Intetestellar de la ciencia ficción. Todo pasado por una de las obsesiones del director, la percepción y distorsión del tiempo, una constante de todas sus películas, desde Memento. Desde aquella película con la que saltó a la fama y al foco Hollywoodiense, el director ha ido construyendo su propio estilo, y lo ha hecho dentro del cine palomitero. Nolan no ha sacrificado sus inquietudes en pos de rodar superproducciones, sino que las ha incluido en ellas dignificando el blockbuster.

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En tiempos de taquillazos simplones, sin alma ni riesgo que responden a fórmulas ya vistas y repetidas, Christopher Nolan siempre ha preferido jugar al más difícil todavía. Esto le ha convertido en una marca por sí misma. Hay pocos directores cuyo apellido arrastre a gente a las salas, y Nolan es uno de esos. Hasta un filme tan seco y alejado de lo que el público espera de él como Dunkerque fue un éxito, significa que hay una legión de cinéfilos que le seguirán hasta el fin del mundo. Eso ha hecho que también sea uno de los realizadores más odiados por una cinefilia estirada a la que no le gustan sus delirios de grandeza. Sus juegos desde lo comercial.

Christopher Nolan hace películas de 200 millones de dólares y encima las complica, juega con el tiempo y el espacio, intenta ofrecer cosas nuevas al espectador al que trata como un ser que piensa. Sí, él se sabe más listo que todos, y puede que nosotros nos sintamos más inteligentes de lo que somos intentando descifrar cada recoveco y pista falsa que nos da. Porque en el fondo, como reconocía en El truco final, sus obras son trucos de magia. Algunos más complicados, otros que se ven a la legua.

Cada paso de Christopher Nolan se mira con lupa. Tanto sus fans para convertirle en el nuevo dios del cine, como sus detractores para buscar nuevas armas con las que atacarle. Para todos ellos llega Tenet, su nueva película, que dará más argumentos a todos ellos. Tenet es la sublimación del cine Nolaliano, de su estilo, de su gusto por retorcer el tiempo. Es, probablemente, la película más grande y ambiciosa que ha dado Hollywood en muchos, muchos años. Que un gran estudio haya puesto 200 millones para un filme tan complejo y endiabladamente retorcido narrativamente dice mucho de la confianza que tienen en él. La merece. Sólo arriesgarse a crear algo así merece que nos pongamos de rodillas ante alguien que dentro de la industria se arriesga a crear imágenes que nunca habíamos visto, y de esas hay muchas en Tenet.

Por supuesto hay una película clásica dentro de Tenet, una incluso sencilla. Esta es la película de James Bond que Nolan -fanático de la saga y el personaje- querría hacer y la franquicia nunca le hubiera dejado. Una película de espías, que bebe del cine noir, que viaja por innumerables países, con decorados lujosos, escenas de acción trepidantes y un héroe sin nombre -John David Washington- que tiene que evitar el fin del mundo de las manos de un villano malvadísimo -Kenneth Branagh paladeando cada exceso de su personaje-. Aquí el apocalipsis no llegará en forma de explosión nuclear, sino de explosión temporal. Boom. Nolanada elevada a la enésima potencia.

Alguien ha encontrado la forma de invertir el tiempo, de comunicar el futuro con el pasado y eso cambia las reglas de la guerra fría como la conocíamos hasta ahora. Intentar explicar algo más de Tenet sería un fracaso. Primero porque acabaría con las decenas de sorpresas que guarda su alambicada estructura con forma de palíndromo como su propio nombre indica; segundo porque es probable que el espectador tampoco las haya entendido al 100%, y aquí está una de las claves de la película: aquel que quiera analizar cada plano y línea para entenderla se verá arrollado por la película. Es una obra avasalladora, imposible de descifrar, tanto que hasta los personajes se esfuerzan en decir que no vale de nada, que lo importante no es comprenderlo sino sentirlo.

Fotograma de Tenet.

Y ahí es donde el filme vuela. Tenet es un viaje, una experiencia cinematográfica en toda su expresión. Es la película que te hace recordar el poder del cine y da la sala oscura. Esta película no se puede ver en casa. Nolan lo deja claro desde esa escena inicial, un atentado en una ópera donde la música de Ludwig Göransson y su talento para crear escenas de acción atruenan al espectador. Una vez este entienda que no puede entender todo se dejará llevar por dos horas y media de imágenes poderosísimas, de esas que darán que hablar y que se comentarán mucho tiempo. Dos horas y media en las que no molesta ni la mascarilla.

Cuando uno empieza a entender su mecanismo de inversión temporal, Nolan le regala una hora en la que parece que todas las piezas encajan en una sucesión de escenas de acción originales y divertidas que hacen que uno se plantee cómo alguien ha podido rodar eso. Uno hasta puede creer que a partir de entonces empieza a entender todo. No lo hará. Todo volverá a complicarse hasta llegar a un clímax que supone la escena de acción más potente, original, diferente, grande y ambiciosa que uno recuerda. Una suerte de cénit bélico en la que los episodios explotan y se reconstruyen. En la que la imaginación y recursos visuales son tan potentes que uno solo puede sentarse y disfrutar de una experiencia tan grande. Una tan grande que sólo se apreciará bien una sala, con la emoción compartida. Parafraseando a su Caballero Oscuro, pero invirtiendo la cita a lo Tenet, Christopher Nolan es el director que el cine postpandemia necesita.