Cuando uno cuenta que se dedica al periodismo cinematográfico siempre alguien suelta la frase: ‘jo, qué bien, ver películas todo el rato, menudo morro’. Da igual que les expliques una y otra vez que ver una película iraní de tres horas a las 10 de la mañana no se lo recomiendas ni a tu peor enemigo porque siempre se piensa en una vida de lujo y diversión. El efecto se multiplica cuando uno cuenta que va al Festival de Cannes. Ahí la imaginación vuela y todo el mundo piensa que vas a un hotel de lujo, a codearte con las estrellas y a estar en todas las fiestas de La Croissette. Error.

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La vida de un periodista en un festival de cine es tan maravillosa como vertiginosa. Maravillosa porque uno puede ver la mejor cosecha del año meses antes, escuchar a sus directores y vivir su acogida en un marco único. Cannes es el evento cinematográfico más importante y estar aquí es como un regalo para los que aman el séptimo arte. Eso sí, hay que llegar sabiendo que esto significa diez días de jornadas maratonianas de dormir poco, correr mucho y trabajar demasiado.

La jornada empieza tan pronto como uno quiere. Este año Cannes ha cambiado el sistema de proyecciones, y mientras que otros años la primera era a las 8:00 obligando a la gente a despertarse a las 6:30, esta vez han optado por poner un pase de prensa a las 22:00 horas que hace que los periodistas salgan del Palais a las 00:00 horas, sumando el tiempo que uno tarde en terminar sus textos y preparar cosas coloca el reloj en las 2:00 para irse a dormir.

El viernes 17 de mayo, tocaba madrugar, y despertarse a las 8:00 (un día más). Por delante estaba una jornada marcada por la presentación de Dolor y Gloria a los medios. Tener entrevista en Cannes rompe completamente el horario planeado, ya que impide acudir a la rutina de pases que uno tiene establecida. Tras un desayuno rápido y dejar el piso patera -el 99% de los periodistas comparte un AirBnb con otros colegas- es el momento de dirigirse hacia el Palais, el centro neurálgico del Festival.

A las 9:30 entras por primera vez. Pero no se entra sin más. Hay que pasar un control de seguridad como el de los aeropuertos y, en esta ocasión, un cacheo porque la chaqueta decidió pitar en el arco. Tras ello, aprovechar las primeras horas en la sala de prensa. Un sitio tan ‘cuco’ como pequeño para todos los periodistas acreditados donde, eso sí, te dan café, zumo y agua para estar hidratado. En dos horas hay que dejar escrito la crónica del día anterior, donde Ken Loach optaba a su tercera Palma de Oro, y preparar las entrevistas con Almodóvar, Penélope Cruz y Antonio Banderas.

Dos horas más tarde acudimos al hotel Marriott, uno de los más lujosos para hacer en su terraza el encuentro de los artistas con la prensa. A las 11:55 el jefe de prensa llama preguntando dónde estas, mientras tú estás perdido por un hotel inmenso y lleno de escaparate de joyas de Chopard. A las 11:58, dos minutos antes, se llega al punto de encuentro, y comienzan las ‘round table’, es decir una mesa redonda con otros compañeros, con el equipo de Dolor y Gloria.

Sala de proyecciones en Cannes. Javier Zurro

13:20 horas y toca salir corriendo. Ir a las entrevistas ha significado sacrificar el pase de prensa de Rocketman, el biopic sobre Elton John, por lo que la única opción es recuperarla en el pase de repesca en la Soixantième, una sala que el festival coloca en una carpa y que cuando hace viento parece que va a salir volando. El pase empieza a las 14:00, pero la prioridad no es para prensa, por lo que hay que ir a hacer cola. Y aquí comienza otra de las aventuras del festival: las colas. En este caso la suerte nos sonríe. Bueno, quien lo hace no es la suerte, sino la acreditación rosa que te da un acceso mucho más sencillo que a otros compañeros o a quienes no tengan pase de prensa. La cola es corta, eso sí, hay que pasar otro control de seguridad con arco incluido.

La película acaba a las 16:00 horas, y en ese momento es cuando uno se percata que no ha comida nada desde las ocho de la mañana. Tampoco hay tiempo para ir a sentarse a una cafetería, así que un trozo de pizza del Monoprix, el supermercado que hace el agosto con Cannes, es más que suficiente para ser devorado de camino al piso patera. Allí, a las 16:30 empieza el proceso de escribano que termina a las 20:00 horas, con la entrevista a Almodóvar publicada y atento a las redes sociales y a lo que se cuece en la Alfombra Roja. El equipo español ha entrado radiante y la proyección acaba sobre las 22:00 horas con más de diez minutos de aplausos.

Tras cenar un poco más tranquilo surge siempre la misma duda entre los periodistas, ¿vamos al pase de las 22:00 horas o descansamos hoy? En esta ocasión optamos por lo segundo, el éxito del director español nos dio confianza para hacer pellas y, por un día, dormir más de seis horas.