En las pasadas elecciones a los políticos se les llenaba la boca hablando de la España vacía. Todos los líderes se fueron a los pueblos a hacerse fotos con gente a la que habían abandonado hace años y posar con tractores y corderillos recién nacidos. Pura foto. Pero el concepto de ‘la España vacía’ ha perdurado, ha quedado en el imaginario de la gente, y sí que muestra una realidad, y es la diferencia en los servicios entre un pueblo y las grandes urbes.

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En menor escala eso también se ha notado en el cine. La oferta de ocio por excelencia hace décadas ha dado paso a otras, y las antiguas salas dieron paso a grandes complejos en centros comerciales que hicieron cerrar a las empresas más pequeñas. Esto provocó que muchos pueblos de un tamaño más que considerable que tenían cines los perdieran en favor de estas multisalas para las que tenían que desplazarse en coche. Ese contexto favoreció también la rápida expansión del contenido en streaming con la llegada de Netflix. El cine en casa sin tener que viajar media hora para ver una película.

Las salas que resisten se han tenido que enfrentar, además, ha un proceso de digitalización que supuso un desembolso enorme de dinero en el peor momento posible, con la crisis azuzando y la subida de IVA lastrando su economía. Eso provocó una cerrada masiva de salas. Unas no eran rentables, otras, las pequeñas, no podían hacer frente a esa reconversión obligada. Los cines siguen cerrando, aunque en menor medida. En 2018, y según el estudio presentado por la Federación de Exhibidores Cinematográficos (FECE), quedan 3.518 pantallas en nuestro país. Son 100 menos que el año pasado (según el informe del ICAA), pero supone un bajón de 500 desde aquel 2008 cuando la crisis sólo asomaba la patita y se llegaron a 4.140.

Para FECE lo peor ha pasado, y destacan que “todas las provincias tienen salas de cine”, y actualmente se están “abriendo nuevas salas en poblaciones que estaban desapareciendo para que no se reduzcan”. Otro de los datos ofrecidos por el informe es que esa España vacía de cines se divide en dos, los que acuden a las salas y los que no lo hacen. Un 54% van al menos una vez al año, pero un 46% no lo hacen. Las dos españas eran esto.

Para los exhibidores hay dos públicos que muestran más fidelidad, los menores de 25 y los mayores de 45, dejando una franja entre medias que creen que es el espectador al que tienen que recuperar con actividades como la Fiesta del Cine. Un dato que desmonta mitos como que los jóvenes no van al cine, ya que no sólo lo hacen, sino que también son los que más contenido online consumen.

En la presentación también se ha abordado el tema del streaming y, cómo no, la guerra con Netflix. Una guerra en la que no dan el brazo a torcer, y creen que la empresa debe “adaptarse” a las ventanas de exhibición en nuestro país, destacando que si hubiera sido así Roma seguro que hubiera tenido un mejor resultado en salas llegando a más personas.

Eso sí, dejan claro que el streaming no es el enemigo (mientras respete las normas), y por ello consideran que la llegada de las plataformas de Disney etcétera son buenas, porque se adaptan y además promueven un espectador cinéfilo que también acudirá a las salas. Ese es otro de los datos destacables del informe de 2018, la convergencia de un espectador que se pensaba que era diferente, pero que finalmente se trataba del mismo.

El precio de la entrada sigue estable, y en 2018 -año de la bajada del IVA- se ha quedado en los 5,99 euros, por debajo del de países como Italia, donde el curso pasado estuvo en 6,47 euros o Francia, con 6,58. Alemania y Reino Unido son los lugares donde la entrada es más cara con 8,53 y 8,21 euros respectivamente. En el lado negativo de la balanza la cuota de pantalla de nuestro cine. España se ha mantenido en un 17,5%, pero es la más baja de los países pujantes de Europa. Italia y Alemania están en el 23%, y la envidiada Francia llega hasta el 39,3%. Muchos deberes para que la asistencia no caiga, se creen más salas y el cine vuelva a su edad dorada en la que llenaba el paisaje español.