Christopher Nolan realizó la mejor película de superhéroes imaginable, El caballero oscuro. Con ella consiguió que la gente se tomara en serio un tipo de cine que ya constituía un género en sí mismo y elevó a Batman y el Joker de Heath Ledger a la categoría de leyenda. Irónicamente, Nolan también fue lo peor que le pudo pasar a las adaptaciones cinematográficas de DC. Zack Snyder cogió las riendas para el reboot de su universo cinematográfico y apostó por el tono oscuro y grave del director de Memento.

Lo que en Nolan era trascendencia, en Snyder se convirtió en algo pretencioso, un discurso vacío envuelto en fuegos artificiales, héroes sin alma, momentos ridículos y tanto efecto especial que uno se perdía. Cada nuevo paso en la franquicia era un error aún más grande, y su apuesta llegó a lo más hondo con La liga de la justicia estrellándose, un popurrí de tonos y héroes con un filtro gris que ni el peor fin de semana otoñal en un barrio de Londres.

Las salidas de tono de DC siempre han sido recibidas como bocanadas de aire fresco. Ahí estaba Wonder Woman, divertida y competente, y Aquaman, que se abrazaba al delirio para desmarcarse del resto de héroes. Podían ser fallidas, pero al menos no escuchábamos el enésimo discurso sobre la responsabilidad del héroe, la pérdida y un mundo en decadencia que necesita un justiciero que le defienda.

Ha tenido que llegar el superhéroe menos conocido de la casa para demostrar que lo que faltaba es una película sin mayor pretensión que la de pasárselo bien. Su nombre es Shazam, y su historia-dirigida por David F. Sandberg- es la de un niño de 14 años que mientras busca a su madre y pasa de casa de acogida en casa de acogida recibe poderes de un mago milenario que le convierten en un superhéroe. Cada vez que dice la palabra que da título a la película se convierte en un señor de 30 años que vuela, tiene fuerza y velocidad sobrehumana y otras muchas capacidades.

El chaval se toma el regalo como lo haría cualquier crío de su edad, como un juego con el que fardar y divertirse. Y el espectador lo hace con él. Su aprendizaje de prueba y error es el momento en el que el filme coge carrerilla para no soltarla. ¡Shazam! es una película que es fácil de describir: Big en versión superhéroe. El clásico de Tom Hanks tiene hasta un guiño, porque es un título que bebe de esas obras noventeras juguetonas que hacían las delicias de los jóvenes.

El filme de Warner es la película más divertida de DC, y lo es porque es honesta en su trama, en su tono y en su puesta en escena. No hay 'colorinchis', ni tracas ni historias y giros rebuscados. Va de frente desde el primer minuto, también en su humor, blanco con un toque de pillería, como el de un adolescente que sabe que está haciendo algo prohibido pero no puede evitarlo.

Fotograma de Shazam.

Uno de los aciertos del filme es su carismático reparto. Zachary Levi es el héroe mayor, y se nota que se lo pasa pipa haciendo de adolescente atrapado en cuerpo de adulto. Su caracterización, tan exagerada como si se tratara de un dibujo animado es una metáfora de su propia actuación, su química (igual que la de su versión menor, el descubrimiento Asher Angel) con el robaescenas Jack Dylan Grazer sostienen la película y hacen que no sólo no decaiga cuando no hay acción, sino que uno quiera más momentos de ambos juntos descubriendo su adolescencia a golpe de gamberradas.

Hasta en su parte emotiva y su historia familiar, muy heredera de ese cine noventero del que bebe, se mantiene honesta, y prefiere nunca ser demasiado sentimental. Tiene discurso familiar, pero lo resuelve con un giro final que consigue mezclar el espectáculo y la parte más blandiblú. ¡Shazam! no es El caballero oscuro, pero lo bueno es que tiene claro que no quiere serlo, así que nunca intenta ser nada más que un entretenimiento de primera que sabe que no pasará a la historia del cine de superhéroes, pero que da sopas con hondas a la saga perpetrada por Zack Snyder. Ojalá la luz haya llegado a DC.