Matt Damon y Julianne Moore en Suburbicon.

Matt Damon y Julianne Moore en Suburbicon.

Cine Crítica de Suburbicon

George Clooney se ríe de Donald Trump

Los hermanos Coen firman el guión de una afilada comedia negra sobre el racismo, la estupidez y la ignorancia en la América de los años cincuenta.

Pasa algo curioso con Suburbicon, la comedia negra –de alta carga política– dirigida por George Clooney según un guión (muy Coen) de los hermanos Coen. La cosa es que resulta difícil saber si funciona por milimétricamente estudiada o por puro accidente. Ambientada a finales de los 50 en la imaginaria Suburbicon, una idílica ciudad residencial de Estados Unidos, la película de Clooney tarda en arrancar, está totalmente desajustada de tono, a ratos se despista y parece perder de vista lo que quiere contar y suelta unos cuantos exabruptos. Y, sin embargo, sean voluntarios o no, esos desarreglos y esas salidas de madre son lo que hacen que la película avance, funcione como un tiro y cumpla su objetivo: destilar en toda su contundencia, su furia y su histeria la miseria moral, el fanatismo y la ignorancia de los protagonistas de una historia del pasado que resuena todo el rato en el presente.

Suburbicon parece por muchas razones una película de los hermanos Coen, quienes escribieron en los 90 un guión al que Clooney y Grant Heslov han dado ahora un meneo (lo firman los cuatro, pero es difícil saber cuánto queda en el guión del texto original). Esta crónica de la progresiva descomposición de una casa de muñecas es otra de las afiladas radiografías que los Coen vienen haciendo desde hace décadas de los Estados Unidos más turbios y mezquinos. Es otra de sus historias sobre personajes abocados a la tragedia por su profunda estupidez, en este caso un formal padre de familia (Matt Damon) al que se le tuerce un plan maestro que nada tiene que envidiar al de Sangre fácil (1984).

Es otro relato donde la violencia y el crimen se cuelan por las grietas de lo cotidiano hasta acabar con todo. Y el humor negro vuelve a presentarse como la mejor de las armas para destapar las miserias humanas. Sin embargo, Suburbicon se aleja del cine de los Coen, siempre preciso y ajustado, en sus envites imprevisibles y airados.

Quizá porque los paralelismos entre la América de Suburbicon y la de Donald Trump son demasiado evidentes (o precisamente para denunciar con dureza esas equivalencias), Clooney se revela en su nueva película más airado de lo que suelen mostrarse los Coen en las suyas. También más agitado y enfurecido que en sus anteriores trabajos como director. La excitación de su primera película, la extraordinaria Confesiones de una mente peligrosa (2002), era diferente; estaba en los personajes y en el mecanismo de la narración, no en su disposición tras las cámaras. Y sus dos filmes más conocidos, Buenas noches, y buena suerte (2005) y Los idus de marzo (2011) se distinguen precisamente por su aplomo.

El enfado de Clooney en Suburbicon podría ser malo, pues un exceso de indignación puede enmarañar las ideas y generar una caricatura barata. Sin embargo, de forma casi milagrosa, Clooney mantiene el pulso de su afilada sátira lanzándose de cabeza a la exageración y saltando de forma despiadada de la comedia negra a un cine de terror sorprendentemente violento.

Fotograma de Suburbicon.

Fotograma de Suburbicon.

Suburbicon alterna dos historias. La principal, la historia de codicia, mezquindad y error del protagonista, su cómplice (Julianne Moore) y las víctimas que dejan en el camino. Otra, inspirada en un suceso real ocurrido en Levittown, Pennsylvania, en 1957, la de los nuevos vecinos del protagonista, una familia afroamericana que sufrirá los desprecios y las agresiones de una comunidad blanca racista y profundamente ignorante. Ambas están predestinadas a un crescendo de violencia y de locura, pero la de la familia negra se expone en unos códigos más realistas que la historia principal.

Es una decisión interesante que permite a Clooney desvariar en el relato central sin que la sátira se le vaya de las manos, sin perder de vista la tremenda realidad que denuncia y, por desgracia, cruza la historia de Estados Unidos. Pero desvaría, sí. Donde la inmensa Déjame salir (Jordan Peele, 2017), la gran sátira política del año, era todo idea y sofisticación, la película de Clooney es impulso y pura rabia. Aceptar sus códigos sin enojarse por su deliberada y escandalosa obviedad, sin obsesionarse con su suspensión de la credibilidad, es disfrutar de una insólita comedia negra que entra con decisión en el jardín de lo salvaje, lo grotesco y el delirio sin perder de vista el motivo (real) de su cabreo.