Terele Pávez, durante la promoción de El bar

Terele Pávez, durante la promoción de El bar EP

Cine OBITUARIO

Terele Pávez, una actriz de las que “sólo se paren una vez”

La actriz bilbaína falleció este viernes a los 78 años de un derrame cerebral.

Hay actrices que con sólo una frase se comen la pantalla. La devoran. Da lo mismo que su papel conste de dos escenas, ellas las aprovechan y dejan claro de qué madera están hechas. Mujeres fuertes, con arrojo, ejemplos a seguir en tiempos de divas de portada de papel cuché. Terele Pávez era una de ellas. Una de esas intérpretes que con sólo abrir la boca hacían recordar la magia del cine. Su voz, ronca, única, es la voz de todo el cine español, de una historia que comenzó en 1954 y que hoy ha puesto su triste final. Terele Pávez fallecía este viernes por un derrame cerebral y dejaba conmocionado a todo el cine español y a todos los que tuvimos la oportunidad de acercarnos a ella aunque fuera en una entrevista.

Los que la conocieron y trabajaron con ella se referían a ella como su amiga, o como “su familia”, como la describía su representante Paco San José al hablar con EL ESPAÑOL todavía afectado por la noticia. “Es la persona más generosa que he conocido”, decía su compañero desde aquel 2002 en el que sus caminos se cruzaron en 800 balas de Álex de la Iglesia.

Terele Pávez tuvo que vivir toda su carrera bajo la maldición de la etiqueta ‘secundaria de lujo’, esa categoría para intérpretes de peso, tan solventes que nunca fallan una frase, pero a los que el destino o la mala suerte les ha dejado siempre un escalón por debajo de las estrellas. Pero Terele dignificó esa etiqueta, demostró que podía ser la estrella sólo con cuatro líneas de diálogo y que lo más recordado de una película fuera ella. Lo demostró con creces en Las brujas de Zugarramurdi, en la que a pesar de estar rodeada de Mario Casas y Hugo Silva el público se quedaba con una simple frase: “a mí no me dan miedo las brujas, lo que me da miedo son los hijos de puta”. La decía ella, con el pelo estropajoso y su voz cavernosa y el público moría de la risa. “En el cine no hay actores o actrices secundarios, hay actores y actrices, y algunos han tenido dos planos y se han llevado la película”, recordaba emocionado Paco San José.

Debutó a lo grande, como sólo ella podía, de la mano de Luis García Berlanga en Novio a la vista y desde entonces tuvo claro que la interpretación sería su vida. Era algo que estaba en su familia y que también notó su hermana Emma Penella (una de las inolvidables vecinas de Aquí no hay quien viva). El primer papel con el que llegó al corazón de los espectadores fue la Régula de Los santos inocentes, ese personaje que luchaba por la dignidad de los más desfavorecidos en la adaptación de Mario Camus de 1984. Ahí demostró que “era única”, como la recuerda Paco San José. “No había nadie como ella. Es una actriz como las que ya no hay, como Irene Papas o Anna Magnani, una actriz de las que sólo se paren una vez. El cine español no se entendería sin Terele Pávez”, comentaba su representante.

Terele estaba desprovista de ego, dispuesta a regalarle a sus personajes todo lo duro que la vida le tuvo reservado. Nunca fue fácil. No era una actriz para cualquier personaje, pero los personajes que eran para ella sólo ella podía hacerlos. Terele era la Sabina de los actores por la mala vida, la voz rota, tocada por el fondo. No hubo un director que se resistiera a ella. Sólo ella podía haber sido La Celestina en la adaptación de Gerardo Vera. Nadie quería ver a Calisto y Melibea, aunque sus rostros los pusieran unos Juan Diego Botto y Penélope Cruz en todo su esplendor, sólo tenían ojos para esa actriz de rostro indescifrable y tono cavernoso.

El cine español, siempre tan injusto, dejó de lado a Terele Pávez, que fue trabajando cada vez menos hasta casi desaparecer. Entonces apareció su ángel de la guarda, lo hizo en forma de joven vasco, con ganas de darle una patada a las películas que se hacían y demostrar que el riesgo cabía en una industria dominada por el cine social y la Ley Miró. Álex de la Iglesia había quedado prendado de Terele y decidió convertirla en su musa particular.

Su extraño romance comenzó en El día de la bestia, y se fue reforzando a cada película que rodaba. Llegaron La comunidad, 800 balas, Balada triste de trompeta y, por supuesto Las brujas de Zugarramurdi, con ella su primer y único Goya. Lo conseguía a la cuarta y el público se puso en pie para reconocer el trabajo de una de sus mejores colegas. Todavía tendría tiempo para optar al Goya una vez más por su papel en La puerta abierta junto a Carmen Machi. "Álex contactó conmigo en un momento en el que yo no trabajaba y nos caímos bien desde el principio: los dos somos zurdos y de Bilbao y tenemos sentido del humor. Siempre ha sido muy tierno conmigo, pero también es respetuoso con todo el mundo, algo que me gusta, eso es amor para mí", decía ella en una entrevista en 2016.

Siempre que tenía ocasión recordaba lo mucho que le debía a Álex de la Iglesia. Nada más recoger aquel premio que tanto se le resistía sólo podía balbucear su premio mientras pedía un asiento para recobrar el aliento y darse cuenta de que aquello era real. Terele Pávez tenía una máxima en la vida, una frase que su hijo ha recordado en un vídeo en el que da las gracias a todos por las condolencias y en el que pide una sonrisa para recordar a una actriz única: “Mamá se ha ido. Ha dejado muchísima felicidad y amor. Podría vivir tres vidas con todo lo que me ha querido. Y siempre me ha dicho que si no recuerdas a alguien con una sonrisa es que algo no ha quedado bien”.