Cannes

“La película original era desde el punto de vista del hombre”, dijo Sofía Coppola, “así que pensé que sería interesante rodarla desde el punto de vista de las mujeres”. A lo largo de la rueda de prensa de presentación de The Beguiled, Coppola procuró no decir el nombre de Don Siegel, director de la fascinante El seductor, la “película original”, de principios de los setenta, en la que un soldado interpretado por Clint Eastwood permanecía encerrado en un internado para chicas, herido en una pierna, acechado por las hormonas que flotan en el aire, metafóricamente castrado, y explícitamente amputado en una pierna. The Beguiled, la última película de Coppola, es un remake del filme de Siegel, que a su vez adaptaba la novela escrita por Thomas Cullian.

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Al final, Coppola dijo el nombre de Siegel. Y las consecuencias no fueron tan terribles como ella debía imaginar. Las diferencias entre ambas películas son notables. Así que comencemos con el juego de las diferencias. Sí, como decía Coppola, aquí se realza el punto de vista femenino, el del grupo de mujeres, de edades distintas, que permanecen recluidas en el internado, mientras, de fondo, resuenan los ecos de la Guerra Civil americana, mientras las bombas retumban como tambores.

“Nous sommes des filles”, proclama el conjunto de cuatro alumnas al unísono en la clase de francés. Desde la más pequeña a la mayor, las mujeres y niñas de la casa se disputarán el afecto del caporal (Colin Farrell). Ante la promesa de una visita nocturna del soldado, Edwina, la maestra interpretada por Kirsten Dunst, se viste con un camisón bordado. Coppola se fija en el detalle, en el gesto de la mujer, que desenvuelve el vestido de noche, preciosamente embalado en papel de seda. También se posa en el detalle de un lazo que recoge el pelo de una de las niñas, que se acicala para una velada junto a él. Y en las manos de la señora Martha, la directora del centro, encarnada por Nicole Kidman, mientras limpia, con un paño mojado, el cuerpo del soldado herido. Coppola se fija primero en el gesto de fregarle el cuello. Luego, los dedos. Luego, las piernas. Las gotas de agua se posan sobre la piel del soldado. Martha se para, contempla el paño que cubre el pene del paciente. Y así se dibuja el objeto de la discordia, escondido bajo un pedazo de ropa.

Nicole Kidman está muy bien, pero Kirsten Dunst está sencillamente excelente. Ella encarna el papel más complejo, callado y significativo de la película. En su rostro asoma uno de los temas que atraviesa la película: el de la represión como detonante del terror. Dunst, de hecho, fue quien mejor definió The Beguiled, como una película sobre lo que significa que un elemento externo irrumpa en un espacio cerrado. “Él desata todo lo que estaba encorsetado”, dijo Dunst, que se refirió también a la tradición de películas de internados. Kidman fue más tajante: “él llega y lo arruina todo, estábamos muy bien hasta entonces”. A lo que Colin Farrell, que interpreta al hombre, contestó con sorna que tuvo una novia que le llamaba “el arruinador”, y comenzó así a responder una serie de preguntas que iban dirigidas a sus compañeras, en un extraño ejercicio de mansplaining.

De lo sangriento a lo irónico

“Lo que no ves da más miedo”, dijo Coppola, en referencia a la escena en que la señora Martha, casi a cámara, pide que le traigan un libro de anatomía para proceder así con la amputación de la pierna del soldado herido. El plano se corta, y la pantalla se tiñe de negro. Es aquí donde emerge la ironía, el verdadero acierto de la versión de Coppola. Sin embargo, sería injusto pensar que la película de Siegel no juega con la sugerencia de lo violento. El director de El seductor decidió dejar la mutilación de la pierna en fuera de campo. Sí que quiso mostrar la operación, pero a partir del rostro sudoroso de Eastwood, de los aspavientos de las mujeres que lo contemplan. Mostró a la directora del centro reflejada en un espejo, que esconde cómo le corta la pierna al soldado, y muestra con expresionismo la sombra de la sierra sobre la pared. Es decir, se adentra en los dominios de la serie B, de aquello que está pero que queda medio oculto.

Colin Farrell junto al reparto femenino de la película de Sofía Coppola. EFE

Coppola ha esterilizado la película de Siegel, en una operación muy digna de nuestros tiempos. La sangre queda reducida a las manchas en la bata de Nicole Kidman, los flashbacks que narraban los traumas de la guerra desaparecen, y prescinde del trabajo sobre el cuerpo, cada vez más desintegrado, del protagonista. No es que esté necesariamente mal, sino que es aquí cuando se ve que The Beguiled es otra cosa: un juego irónico, y precioso, de seducción. A Coppola le interesa menos la sangre que a Siegel. Y a Siegel le debió interesar menos la ironía.

El acierto de Coppola a la hora de velar el relato de un tono gótico y de una perturbadora comicidad resulta interesante. De hecho, la propia premisa es irónica, es el forcejeo entre la violencia de una guerra llevada a cabo por hombres y la silente venganza de un grupo de mujeres. Es la vuelta de tuerca de una película que comienza con un hombre que se cree un seductor cuando en verdad está siendo seducido o, mejor aun, cautivado, pues se convierte en un tullido confinado en esa casa de la que no logra escapar.

El acierto de Coppola a la hora de velar el relato de un tono gótico y de una perturbadora comicidad resulta interesante

The Beguiled es la historia de un encierro. Vemos la llave en la cerradura de la habitación donde descansa, a cal y canto, el soldado. La verja de la puerta central nos indica que no va a ser fácil salir de ahí, ni para Farrell ni para el propio espectador, ni para las mujeres, que viven en su propio mundo de oraciones, de conocimiento y de música. En la película de Siegel también se ahondaba en el encierro, y se privilegiaba lo circular. El espacio de El seductor participaba de una materia fantástica, como si la casa a la que va a parar el soldado fuese un lugar intermedio entre la agonía y la muerte. Siegel oscurecía la atmósfera. Coppola realza los colores pastel de los vestidos de las chicas, rosados, celestes y crema, que rodean al caporal como una masa de gustosa seda, como una aparentemente ingenua tela de araña.

Kidman le echa un cable a Netflix

The Beguiled tiene una luminosidad tenue. Se envuelve en bruma, en agua, en una tierra todavía mojada, en la que crecen setas. La atmósfera de The Beguiled tiene que ver también con la textura de sus imágenes. “Me gusta haber filmado en 35mm”, dijo Coppola, y añadió que le gustaría verla en cine, entrando, quizá sin querer, en el debate estrella de esta edición de Cannes, el de Netflix versus la gran pantalla. Kidman, que estos días ha presentado tres películas –The Beguiled, The Killing of a Sacred Deer y How to Talk to Girls at Parties y una serie –Top of the Lake–, se mostró conciliadora: “he cumplido cincuenta este año y nunca he tenido tanto trabajo: hago televisión, películas para pequeños dispositivos y películas para el cine”. A la vez, puso el foco del debate en la forma: “En la serie Big Little Lies, el director sabía que dirigía para la pantalla pequeña, Coppola sabía que dirigía para el cine, y los dos rodaban y encuadraban en función de esto”.

Farrell, por su parte, siguió con sus bromas, aunque esta vez sí que hizo gracia. Imitó a David Lynch, que en un vídeo sobre el iPhone soltó una divertida proclama: “es triste que creas que has visto una película en tu jodido teléfono, ¡despierta!”. En cualquier caso, The Beguiled se verá seguro en el New Beverly, el cine que el cinéfago Quentin Tarantino tiene en Los Angeles. Se proyectará en una doble sesión con El seductor, la película que Sofia Coppola admira pero que no sabe si quiere recordar.