Cannes

“El mundo ha cambiado como no lo había hecho antes en la historia del ser humano”, decía Michael Haneke con motivo de las redes sociales. Era evidente que Haneke era uno de los nombres señalados a la hora de llevar al cine la podredumbre que a veces se desprende de las nuevas y epidémicas formas de comunicación. Autor de algunas de las mejores películas sobre el mal que provocan los medios, como Benny's Video o Funny Games, con Happy End, su última película, Haneke cambia los VHS por el smartphone, y se adentra fugazmente en las imágenes que pueblan nuestra contemporaneidad para revelar, una vez más, lo mal que está Europa y, en especial, su burguesía.

Haneke tiene razón cuando sugiere que estamos inmersos en una de las transformaciones más profundas y perturbadoras de la historia de la humanidad, sin embargo, esta es una pincelada dentro de una película excesivamente dispersa. “Espero que no haya un tema principal”, dijo Haneke. Esta ausencia de una línea central hace que Happy End parezca una acumulación de grandes éxitos del cineasta. La película retrata a una familia de clase alta, instalada al completo en un caserío, perfectamente asistida por un servicio formado por una pareja de inmigrantes. El abuelo, interpretado por un Jean-Louis Trintignant que parece retomar aquí su papel en Amour, está harto de la vida tras la muerte de su esposa. La hija, encarnada por Isabelle Huppert, tiene que lidiar con el desprendimiento de una obra en la empresa en la que trabaja. Su hermano (Mathieu Kassovitz) tiene un niño pequeño, una esposa, una amante, y una hija que se ha instalado con él a causa del ingreso en el hospital de la madre.

El equipo de Happy End en Cannes. EFE

Hay muchos más personajes, pero es sin duda la pequeña de la familia la que se lleva la palma de oro a la perversidad. Ella es quien sujeta el móvil con el que se abre la película, mientras se intercalan los títulos de crédito: primero vemos cómo espía a alguien que se lava los dientes y que se prepara para dormir; luego, cómo afirma estar harta de un hamster al que mata con una sobredosis de antidepresivos, cámara en mano; luego, nos dice que no soporta a su amiga; y finalmente... intuimos algo terrorífico, que dista mucho del final feliz que da título a la película. En apenas unos segundos, hemos visto una suerte de corto, realizado iPhone en mano, que sintetiza el cine de Haneke: una cotidianidad incómoda y el retrato, frontal o en fuera de campo, de la violencia.

Elogio a la perversión

El gusto por la perversidad no es nuevo en un festival que, en los últimos años, ha mostrado especial interés en un cine de la crueldad. Cannes encuentra placer en el mal rollo, algo que ya asomaba en The Square, la película de Ruben Östlund presentaba hace un par de días. Es el mismo goce que halla en The Killing of a Sacred Deer, del griego Yorgos Lanthimos. El director de Langosta y de Canino rehuye la dispersión de Happy End y plantea un conflicto claro, que avanza al ritmo de un demoledor crescendo y de una asfixiante banda sonora. De nuevo, la alta sociedad recibe una feroz reprimenda. Aquí, es un prestigioso cirujano interpretado por Colin Farrell el que se va hundiendo poco a poco en el lodo. No se salva nadie, en un retrato de tintes bíblicos, contundente y despiadado, trágico y quirúrgico.

Yorgos Lanthimos con Nicole Kidman en Cannes. EFE

Lanthimos flirtea con el género. Quizá por eso, en algunos momentos de The Killing of a Sacred Deer, asoma el recuerdo de Reencarnación, aquella película de Jonathan Glazer en la que un niño visitaba a Anna, interpretada por Nicole Kidman, y le decía que él era la reencarnación de su marido. Aquella también era una historia de perversión, que tenía su punto álgido en el instante, tímido y extremadamente enrarecido, en el que el niño besaba a la mujer. En The Killing of a Sacred Deer, Kidman encarna a otra Anna, la esposa del cirujano, obligada a lidiar con un extraño adolescente. De hecho, los mejores momentos de la película de Lanthimos son los que se posan sobre el rostro de Kidman, emotiva y fría, dispuesta a competirle el trono de reina del hielo a Isabelle Huppert.

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