Opinión

No han creído en la Democracia

4 mayo, 2018 21:41

La trifulca artificiosa (por interesada, miedosa, repugnante y que siguió a la zaga el posterior posicionamiento de Margarita Robles defendiéndolo y justificándolo, parece mentira viniendo de juristas) que el ministro de Justicia, Rafael Catalá Polo, sostuvo con toda la judicatura tras confundir un análisis técnico de -lo que era un voto particular de una sentencia- con la esfera personal y profesional de su autor, ratificó -si teníamos alguna duda- que ni el PP ni el PSOE han creído nunca en la separación de los poderes que debería conformar un Estado que precie de calificarse como demócrata. Y siempre con el bipartidismo a cuestas que presume día sí y día también de una democracia perfecta.

 La famosa 'Ley Guerra', corría el año 85 cuando la Ley Orgánica del Poder Judicial entraba en vigor, meses después, en ese año, se leía en prensa o escuchaba en radio y televisión la frase que el vicepresidente del Gobierno sin ningún tipo de vergüenza espetó: “Montesquieu ha muerto”.

Profusos eran estos matando a filósofos franceses, cinco años después se cargarán a Rousseau y su educación libre con la LOGSE del año 90 y como no hay dos sin tres se cargaron de paso a Emilio… y de rebote a John Locke.

Es que gustaban más de aplicar la filosofía política de la revolución rusa y, a España, con ello, no la conocería ni la madre que la parió, así tan descamisado como a quien no le importa nada o más bien nada ajeno.

Los más legos en aquellos incipientes años democráticos, en los que ya comenzó a desfallecer el espíritu de la transición, demasiado tarde hoy para darnos cuenta, irían rápidamente a las enciclopedias -no había internet- para saber quién era Montesquieu y qué suponía para él 'El Derecho del Estado', el derecho de cada ciudadano, la pérdida de la separación de poderes.

Para los expertos, los profesionales del Derecho, esa separación (disuelta en tan famosa y no menos nefasta frase) tendría un análisis mucho más técnico, es una necesidad para su profesión, ejercerla con seguridad y garantías jurídicas para sí y sus clientes.

Han pasado treinta y dos años, parece que fue ayer, el Gobierno que la promulgó y el político que denigró una teoría tan importante para el Derecho siguen vivos y dando lecciones sobre la ética y moral en el Derecho y la política actual. Y cuando ya sabemos que hasta el rabo todo es toro entendemos cuál era el fin de que en España no hubiese una nítida separación de poderes entre el ejecutivo, legislativo y el judicial.

Corrupción, judicialización exclusiva y todo el proceso -de haberlo-  oculto, tapado, disimulado, velado, secreto, es decir aforado.

Entienden ahora porque no quieren desprenderse de esos privilegios, judicialización personalizada y el aforamiento que Ciudadanos reclama desaparezca de la política.

Nunca han creído en la democracia, solo en sus intereses.