Hokusai

La tecnología es como una ola de fuerza desmedida. Y no hay ola mejor que la de gran ola de Kanagawa, el grabado creado por el artista japonés Katsushika Hokusai y publicado entre 1830 y 1833. En este espacio dibujaré imágenes de este otro mundo flotante que nos nutre, nos muta, nos transporta y a veces, sólo a veces, nos destruye.

Bully, el videojuego que reflejaba la vida de un colegio... inglés.

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Las lecciones empresariales que aprendí del ‘bullying’

“tu que vas a levantar la voz si desde pqueño a ti y a tu hermano os ha hecho bulling todo estoril y agachabais la cabeza y tragabais. Ahora lo haces para conservar tu puesto en el panfleto”

Disculpad la ortografía, pero en los últimos días he recibido este tuit y quería mantener toda su esencia inalterada. Es, literalmente, un señor acusándome de tener problemas a la hora de expresarme o defender mis opiniones porque, de pequeño, me hacían bullying. Tremendo. Tiendo a pensar, por otros de sus tuits anteriores en los que ya hablaba de lo mismo, que probablemente este simpático señor anónimo tuvo algo que ver con los hechos reseñados. ¿No se nota un pequeño rastro de orgullo en sus palabras?

A su juicio, haber sido acosado de niño me habría convertido en una suerte de lacayo cobarde de mi director --concretamente, de Pedro J. Ramírez, considerado por The Guardian uno de los periodistas españoles más influyentes de los últimos 25 años--. Según da a entender, no soy sino el fruto amargo de una personalidad aplanada por el rodillo del abuso infantil. Angelito.

Haber sido víctima de bullying me convierte en una persona muy poco especial. Desgraciadamente, hemos sido muchos. Algunos amigos lo sufrieron de jóvenes y tampoco tienen reparos en recordarlo. Era el destino natural de los gafotas empollones, un colectivo al que siempre he pertenecido.

Es el caso del escritor de bestsellers, estrella radiofónica e influencer de lo friki Juan Gómez Jurado. Juan explicaba recientemente, en uno de sus recomendabilísimos Cinemascopazos, cómo fue un niño gordito y perseguido. Incluyo el enlace al vídeo porque los comentarios que hace, junto con Ignatius Farray y Arturo González Campos, con La Historia Interminable como telón de fondo, no tienen desperdicio.

Me gustó, especialmente, que no pusieran demasiado énfasis en el drama. En su día estos momentos tuvieron importancia para nosotros y nos marcaron, claro está. Me acuerdo de la parte que me tocó. Los tipos que atascaban el porterillo automático de mi casa con trozos de papel. Los empujones. Los golpes. Las risas. Los malos modos. Aún hoy reconozco que, si escucho risas y no sé a qué se deben, una parte muy pequeñita de mí cree que tienen que ver conmigo.

Pero ahora que me lavo el pelo con un champú que deja espuma azul, estoy bastante más preocupado por el futuro de mis hijos que por mi humilde pasado. Porque, como bien decía Farray, tampoco fuimos Oliver Twist. Ni nuestros abusadores, Henry Bowers. Pongamos un poco de perspectiva. Mis padres, aunque separados, me procuraron alimento, cobijo, amor, un hermano, un entorno libre de violencia doméstica y una educación.

Si atendemos a las palabras del tuitero anónimo, no deja de ser curioso que, siendo una persona tan floja y habiéndome acostumbrado a recibir tanta candela en el patio, me dedicase al periodismo. Una profesión que, básicamente, consiste en levantar la voz. Todo el rato. Cada día tengo que hablar en público; además lidero un pequeño (y fantástico) equipo y todo aquel que me conoce sabe que lo difícil no es que hable, sino que me calle. Mi mejor discurso de cada año no son palabras, son números. Los números premiados de la rifa de Tecnavidad, la fiesta benéfica que montamos hace ya un lustro varios amigos, a beneficio de organizaciones como Juegaterapia o Intheos, y que cuenta con el apoyo de algunas de las principales empresas tecnológicas de este país.

Frente a la opinión de que el bullying me hundió, diría todo lo contrario. Creo que tuvo ventajas para la formación de mi personalidad. Por ejemplo, fue una dosis de realidad. Soy un varón blanco heterosexual de 1,90 metros de estatura nacido en una familia unida con padres universitarios y de clase media que no tiene ningún defecto físico reseñable más allá de una vista muy pobre y ninguna facilidad para los deportes. El barrio en el que me crié era uno de los mejores de Móstoles -aunque haya gente que crea que es como elegir tu círculo favorito del infierno-, y recuerdo mi infancia y juventud con muchísimo cariño. Quizá fui un poquito víctima de niño, pero reconozco que todo el privilegio y el blindaje emocional y socioeconómico que me ofrecía todo lo demás han hecho que el resto del camino haya sido bastante llano.

Conozco a demasiadas personas que lo han pasado infinitamente peor que yo por cosas que no puedo ni imaginar y que difícilmente habría sabido afrontar. Eso te protege de cualquier intención de darte ninguna importancia. Hijos de familias destrozadas. Gente que ha sufrido la intolerancia, el racismo, la homofobia, el machismo, la guerra o la violencia de género. Víctimas de la obesidad, de la pobreza, de enfermedades de todo tipo que a mí me habrían hundido sin remedio…

El dolor de cualquier víctima de acosos sexuales como los que han aflorado en los últimos días me parece infinitamente más importante que el mío. Y no es que quiera quitar importancia a ninguna víctima. Mi mujer siempre dice que los problemas son como los gases: ocupan todo el espacio disponible. Cuando hablamos de este tipo de cosas, no hay problema menor. Pero es que lo mío, y esto sí puedo medirlo, no fue para tanto. Y no cambiaría mis años de bullying por una oferta de masaje de Harvey Weinstein.

La importancia de la resiliencia

Especialmente, porque yo tengo la capacidad de poner distancia. La cosa terminó. Fue cuestión de tiempo. Pero, diga lo que diga nuestro amigo tuitero, recuerdo que sí alcé la voz a mi manera. Hice lo que tantas y tantas víctimas. Salir de casa pese a que no quería hacerlo. No dejar de ir a la piscina a pesar de todo y a pesar de todos. Seguir jugando (mal) al fútbol. Sacar buenas notas. No dejar que me cambiase un puñado de cretinos. Esperar a que las cosas cambiasen. Tuve que hacer lo que hace un edificio moderno frente a un terremoto. Y eso mismo que hice por necesidad de niño, lo he tenido que hacer cada día como periodista. Fue una lección de resiliencia clave para sobrevivir en cualquier redacción, en cualquier empresa.

Además, más allá de mi familia, tuve mucha ayuda. Tuve a Bastian Baltasar Bux, tuve al Club de los Perdedores de Stephen King, tuve a Gretchen Sackmeier y a Peter Parker de mi lado. Y a mis amigos, claro está. Conservo a muchos de ellos. Y esa última lección ha sido importante en un mundo empresarial sumamente competitivo. Mantén el contacto con la gente buena, especialmente si les va mal, y trata siempre bien a la gente. Esto último es importante. En primer lugar, porque es lo correcto. Y además, porque nunca sabes con quién te encontrarás más adelante. No te la juegues con el karma.

Tampoco puedo olvidar que, incluso en mi entorno, hubo gente que sufrió mucho más que yo y que, para colmo, tenía peores situaciones de partida. A menudo he dicho que en nuestros tiempos al bullying se le llamaba "el recreo". A veces me pregunto si mi propio comportamiento fue tan correcto como quiero recordar en aquella época con olor a jabalí y caracola. Seguro que no.

Porque era, además, una sociedad mucho más violenta en la que nunca faltaba un simpático politoxicómano motorizado dispuesto a robarte todo lo que llevases encima. Una vez me tiraron por las escaleras de la Renfe de Embajadores para robarme una riñonera (eran los 90, disculpadme). Y muchos de quienes vivimos aquella época tenemos una anécdota similar. 

Bullying 2.0

También es de justicia reconocer que lo que hoy llamamos bullying es un mucho peor que el fenómeno que yo padecí porque la implicación de las redes sociales genera una huella mucho mayor en la sociedad y en las víctimas. Mi acoso escolar fue razonablemente privado. Lo recordamos cuatro tarados, algún amigo y yo mismo. El que se practica hoy se puede hacer viral y es un testimonio vivo y un recordatorio constante de situaciones dramáticas.

A día de hoy, un cuarto de siglo después, diría que el grado moderado de bullying que sufrí en mi infancia fue una forma como otra cualquiera de educarme, con el ejemplo, en cómo no ser un completo imbécil. Algo imbécil soy, no me cabe duda. Pero podía haber sido mucho peor. Al menos de aquella aprendí a respetar el espacio personal de los demás en el puesto de trabajo. O a hacer esfuerzos por no resultar nunca amenazante y desarrollar una autoridad basada en el respeto mutuo.

En estos días, en los que cada día conocemos casos de acoso sexual por parte de gente que ostenta el poder, me siento muy seguro de cómo he hecho las cosas hasta ahora y de cómo quiero hacerlas de aquí en adelante. Ayuda que nunca he tenido mucho “poder” del que abusar. Pero también que, de joven, aprendí bien las consecuencias de las burlas, del acoso o de hacer sentir a alguien como a una víctima sólo con una mirada o con un gesto.